03/01/2017
Tengo una caja llena de fotos viejas que estuve revisando por la noche.
De todas las fotos que encontré, me provocó escribir sobre una en particular.
Siempre me gustó esta foto.
No sé bien en qué año fue tomada, supongo que a mediados de los noventa. En la foto aparecemos los que entonces, formábamos una pequeña pandilla de amigos adolescentes. Durante el invierno nos juntábamos en algún parque o alguna casa con padres sumamente dadivosos o despistados; y en el verano, en las playas de Asia, cuando a p***s existía una sola discoteca construida a base de bambú, el emblemático Chifa Gigí y cuando los previos (que entonces no se llamaban así) se hacían en unas chinganas, a las que se llegaban cruzando a pie la carretera Panamericana (súper seguro, felizmente).
A la foto le faltan muchos integrantes, sobre todo chicas. En realidad esa foto era solo una muestra del grupete que formábamos. Debíamos ser treinta adolescentes (a veces más) que, echados en un gran círculo sobre la arena, empezaban a descubrir, quizás uno de los placeres más grandes de la vida: el de pertenecer a algo, o mejor aún, el de sentirse parte de algo.
Tengo recuerdos vagos de esa época. En realidad tengo vagos recuerdos sobre mi vida en general. Pero hoy, mirando esa foto con atención y sin detenerme en nadie en particular si no más bien en aquella banda de chiquillos belicosos, divertidos y un poco tontos, pude recordar un simple acto que quizás parezca pequeño, pero que hoy, abordada por la nostalgia, encuentro de tamaño gigante.
Me acordé de aquella última metida al mar, cuando ya el sol había caído y uno seguía con el cuerpo sucio por haberse echado con el cuerpo mojado sobre la arena seca. El ritual de meterse en tribu al mar, en patota, como si fuéramos paracaidistas saltando de un avión; había olvidado lo genial que era eso. Uno detrás del otro, como si al hacerlo nos liberáramos de algo. Los chicos se lanzaban sobre la espuma de las olas con la vehemencia que tiene un hombrecito de esa edad, con la urgencia de demostrar su hombría, su salvajismo; y las chicas en cambio, nos sumergíamos debajo del agua con un mayor cuidado, con una se*******ad de la seguramente ignorábamos o empezábamos a descubrir. Y entonces los juegos en el mar, las salpicadas, la arena mojada volando por los aires, los abrazos improvisados, disfrazados de llaves para hundirnos juntos bajo el agua. Y todo esto, cobijado por los colores de un sol ya ausente sobre el mar.
Suena cursi ¿no? No lo era, juro que no lo era. De hecho creo que fueron ellos unos de los episodios más refrescantes que de mi vida.
Ya con el cielo oscuro, la pandilla (mojada y sin cobijo) se dispersaba, como si fuéramos hojas en un día de otoño. Nadie se despedía de nadie, era una obviedad que nos volveríamos a encontrar más tarde, o al día siguiente. Sin Facebook, sin Whatsapp, las coordinaciones eran tácitas. La convicción de que aquello que estábamos viviendo estaba demasiado bueno, era suficiente para volvernos a ver. Y así funcionaba y así nos volvíamos a ver.