Una bicicleta, pero no cualquiera, esta bicicleta había sido restaurada por mi abuelo, para mí. Recuerdo aun cómo lucía la restauración, fue pensada en que tendría que ser indestructible; en la llanta de adelante tenía un caucho duro, sin cámara, un marcador de temperatura ambiental, una parrilla con un compartimiento para herramientas y frenos contra pedal. Se convirtió desde ese momento, sin dud
a, en mi caballo de metal, con el cual saldría a explorar nuevos barrios, conocer a nuevas amistades y muchas niñas. Paseaba a quien se aventuraba a subir a la parrilla trasera, frenaba en seco dejando impregnado el caucho de la llanta en la pista, aprendí a manejar sin manos. Con un globo de carnaval que le puse a los rayos, logré un sonido a motor, me lanzaba de la vereda a la pista. Un buen día, se descentró el aro y empezó a sonar; fue así como todo me llevó a contemplar a mi abuelo reparándola en su taller. Mi abuelo contaba que su padre tuvo un negocio de alquiler de bicicletas en Puno; fue así como el aprendió a restaurar. Lo recordaba como el mejor para hacer las cosas bien y así nunca tener que trabajar doble. Tenía muchas herramientas, las usaba a medida que desplazaba su mirada por mi bicicleta…
Pronto luego, en mi adolescencia, tenía un grupo de amigos con quienes solía despertarme de madrugara, nos lanzábamos piedritas a la ventana para sacar silenciosamente nuestras bicicletas y adentrarnos en un recorrido de nueve distritos hasta llegar al mar; nuestro destino, Barranco. Es memorable el disfrute del verano y la dicha de no tener ninguna preocupación más que el de nuestro rendimiento físico. Así de pronto, pasaron más años, y mientras terminaba una carrera de fotografía, también terminaba con una colección de tres bicicletas Clásicas para mi uso personal. Ya a inicios del 2009, tuve que viajar por un año a Buenos Aires por una especialización en fotografía publicitaria, lo cual me llevó a verme obligado de vender mis bicicletas clásicas. En Buenos Aires, viví en la ciudad de la plata, es una provincia pequeña y universitaria, con 17 facultades. Ahí todos se transportan en bicicleta, no pensé antes de comprarme una con cien pesos y nuevamente tenia la extensión de mis huesos, ella nuevamente me llevaría a conocer nuevos amigos, nuevas ciudades, nuevos centros culturales, nuevas galerías y nuevos bares. Una vez en Lima fui consciente de la necesidad de implementar la bicicleta a nuestra cotidianidad también aprendí a valorar más la alta calidad en las cosas simples, como en las bicicletas clásicas Asi fue que a mediados del 2010 cree mi fans page: Las bicicletas del garage, ahora convertida en Bicicletas Corcel.