20/05/2026
📖 El texto que les queremos compartir es ''Fragmentos de olvido'' de la autora Niurbis.
🖋 Samuel estaba en cada fotografía que alguien tomaba, desde los lugares más transitados hasta los rincones más solitarios. Su rostro, siempre inmóvil, era la pieza recurrente de un rompecabezas sin solución. En una ciudad donde las luces nunca se apagaban y las sombras parecían no tener dueño, caminaba sin pisar el suelo, apareciendo en todos los momentos que se detenían en el lente de una cámara.
La ciudad nunca dormía. Su bullicio y su vida vibrante eran constantes, pero Samuel parecía habitar un espacio intermedio, entre lo real y lo intangible. Nadie sabía cuándo había llegado ni por qué su presencia se limitaba solo a reflejos en el lente, a imágenes congeladas en el tiempo. Su existencia era un misterio: siempre estaba allí, pero nunca lo veías; y si lo veías, solo era en las fotos.
Al principio, algunos creyeron que era coincidencia —que tal vez había algo en su rostro común que lo hacía aparecer una y otra vez en los encuadres ajenos—. Pero no pasó mucho antes de que las fotografías de Samuel comenzaran a multiplicarse sin cesar. No importaba si era un grupo de amigos en un café o una familia paseando por el parque: siempre, en algún reflejo difuso, estaba él. Nadie lo saludaba, nadie lo conocía, pero todos reconocían su rostro, suspendido entre la indiferencia y la melancolía.
Con el paso de los días, los fotógrafos empezaron a compartir sus descubrimientos. A veces, aparecía al fondo de una escena; en otras, parecía solo una sombra de lo que pudo haber sido una persona real. Su extraña ausencia en la vida cotidiana comenzó a inquietar a quienes veían las imágenes. ¿Cómo podía estar en todas partes y, al mismo tiempo, no estar en ninguna?
Clara, una periodista con obsesión por lo inexplicable, comenzó a investigar el fenómeno. Revisó archivos fotográficos, habló con fotógrafos locales y recorrió la ciudad en busca de cualquier pista que explicara la presencia recurrente de Samuel. Pero en cada rincón, en cada esquina, solo encontraba más preguntas, más imágenes de su rostro y ninguna respuesta.
Una noche, cuando ya creía haber agotado todas las opciones, pasó frente a un café que parecía cerrado. La puerta entreabierta la invitó a entrar. Allí, entre el humo de una taza de café olvidada, estaba él.
Samuel estaba sentado, observando la ventana con una mirada que parecía haberla estado esperando. Pero cuando Clara se acercó, el aire se volvió denso, y él desapareció. Solo quedó la silla vacía, la taza de café a medio consumir y un eco de inquietud en su pecho.
Esa noche, al revisar las fotografías que había tomado, Clara notó algo que hasta entonces le había pasado desapercibido: Samuel no solo aparecía en las fotos recientes, sino también en aquellas tomadas años atrás, en el mismo lugar, con el mismo gesto.
Su rostro no cambiaba, no envejecía, no transitaba por el tiempo. Parecía haber estado allí desde siempre, tan imperturbable como las calles.
Finalmente comprendió: Samuel no era parte de la ciudad, no pertenecía a los recuerdos de las personas. Él no existía en la realidad, sino en los vestigios del pasado atrapados en las fotografías. Su vida era un eco, una repetición sin fin, una historia que solo se contaba a través del lente de una cámara.
En su última visita al café, tomó una fotografía más. Y en ese momento, cuando el flash iluminó la mesa vacía, vio a Samuel por última vez. Su mirada era tranquila, como si aceptara su destino de estar condenado a vivir solo en los recuerdos de los demás. En ese instante, desapareció para siempre.
Al día siguiente, Clara ya no estaba en la ciudad. Nadie la vio partir, pero en el café quedó una foto suya, tomada en su último día.
Samuel ya no aparecía en ella.