16/03/2026
Diría que la felicidad del bibliofilo, en cuanto coleccionista y lector (pero no así en su posible faceta de autor, editor, traductor...) tiene cuatro momentos: cuando busca un libro, cuando lo adquiere, cuando lo lee, cuando recuerda el proceso. Estos pueden no sucederse cronológicamente en el intervalo imaginado y, en muchas ocasiones, coinciden con el desarrollo de otras adquisiciones y lecturas (yo, al menos, no conozco a lectores tan disciplinados que no admitan injerencias... ¿quién no tiene varios libros abiertos al mismo tiempo, por ejemplo?).
En tanto que librero, uno imagina (e intenta construir dentro de sus posibilidades) la colección definitiva. ¿Qué títulos la conforman y cuáles son sus ediciones? Esta pregunta es pertinente cuando pensamos en adquirir ejemplares de otros países. Pondré varios ejemplos.
Todos sabemos que la Biblioteca Castro es, sin lugar a dudas, la referencia en la edición de clásicos españoles. Existe, al mismo tiempo, la Biblioteca Clásica de la RAE. La primera, exenta de notas a pie de página; la segunda, cuidadosamente explicada. Del mismo modo, Alma Mater (CSIC) y Biblioteca Clásica (Gredos) comparten el prestigio de ser las mejores colecciones de clásicos grecolatinos. Alma Clásica Maior (y su versión económica, Minus) cuenta con muchas de las mejores traducciones al castellano de autores ingleses y eslavos, entre otros. Igualmente, si pensamos en el ejemplo por excelencia de una biblioteca estudiantil, vendrán a nuestra memoria el Libro de Bolsillo (Alianza) y Letras Hispánicas / Universales (Cátedra).
Ahora bien. ¿Qué sucede con las ediciones extranjeras? Pienso en los sellos del Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos, por ejemplo. Si el librero quisiera acercar a sus clientes solo lo mejor de cada país, ¿existe, ciertamente, tal colección? ¿Qué criterio seguiría uno para elegirla y descartar el resto?
La tecnología ha democratizado el acceso a la información, aunque solo en apariencia, pues podemos obtener una respuesta erudita de ChatGPT, propia de un Mendel, pero aquella no nos convierte en el erudito cliente del café Gluck. Al impostor se le pilla pronto. Quiero decir que, en caso de duda, la IA nos puede allanar la búsqueda, pero ese es solo el primer paso. No basta ya con conocer la editorial ni la colección, ahora hay que leer los libros y compararlos con los de la competencia para sacar nuestras propias conclusiones.
Todo esto viene a cuento de que, con cierta frecuencia, algunas personas me preguntan si tenemos libros en otros idiomas. Bueno, siempre están Pasajes, Auryn, Booksellers, Librería Italiana... Siempre agradeceré la fidelidad de los clientes, sin la cual ningún negocio perdura, pero también les he compartido mi deseo de que vayan a otras librerías de vez en cuando y que, si coincidimos en ellas, con mucho gusto me alegrará saludarles y compartir unas palabras. Quien quiera una relación sana y feliz con los demás debe entenderlo así. Vale, pero pensemos en una breve y exclusiva selección de lo mejor. Qué se trae. También es pertinente la pregunta: ¿será rentable? Quiero creer que nuestros clientes no van a mirar el precio porque aprecian el valor de una librería física (otro día... otra batalla... ya hablaremos sobre los gigantes de venta online).
No recuerdo bien en este momento la anécdota que se cuenta en la universidad española acerca de tesis doctorales que se titulan humorísticamente EN QUÉ EMPLEÉ X AÑOS DE MI VIDA. Bueno, en esa tarea de criba editorial andamos enfrascados unos cuantos locos de los libros durante toda nuestra vida. A veces pasan los vecinos por la puerta de la librería y se sorprenden de ver luz a deshoras (el cristal del escaparate y la puerta no cuentan con la debida insonorización, les prevengo... y sé que funciona en los dos sentidos). Bueno, una cosa es el horario comercial y otra nuestro compromiso con el oficio. Cuando confundes trabajo y vida, una de dos: o eres un perfecto infeliz o has encontrado el equilibrio ideal. Doctorados en la búsqueda de la excelencia editorial, perseguimos el sueño borgiano de la infinitud. Yo hace años que ya casi solo leo catálogos. Tengo el ISBN en la cabeza. Volviendo al comienzo de la entrada, podría afirmar que, de un tiempo a esta parte, me encuentro más en el primer momento de ventura bibliófila; el segundo hay que costearlo, así que lo vivo con más angustia que satisfacción, y reconozco que, ocasionalmente, también disfruto de los otros dos.
Me da pena que España no despunte en el estudio de otros idiomas. Dedicamos muchas horas al inglés y lo hablamos con torpeza. El francés ha sido desplazado, y el alemán nunca fue ni remotamente un destino soñado por muchos. Por lo tanto, seleccionar algunas joyas de las exquisitas Manesse Bibliothek der Weltliteratur, Insel-Bücherei, Bibliothèque de la Pléiade, The Folio Society o la Everyman's Library puede conllevar la ruina económica del librero, de la que uno se recupera con suerte pasados varios meses.
Te invito, lector, a que busques en internet alguna de las citadas colecciones. Son una belleza. El espíritu de William Morris, Doré, Beatrix Potter, Arthur Rackham, N.C. Wyeth, Iván Bilibin, Spirin Gennadij, José Galván y tantos maravillosos genios que nos legaron obras inmortales no puede caer en el olvido de nuestro desdeñoso tiempo.
Y en esto invertí las últimas horas del domingo, 15 de marzo de 2026, y las primeras del lunes siguiente. Solo me resta desearte un buen comienzo de semana y una feliz lectura en libertad, derecho que unos desprecian con ánimo imprudente y aspiración por la que otros se juegan heroicamente la vida. Un toque de atención a los primeros, que probablemente nunca leerán estas palabras, y nuestras simpatías y apoyo a los segundos.
"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres" (Don Quijote de la Mancha, segunda parte, inicio del capítulo LVIII)