27/05/2023
“Salvador Andreu, mi abuelo. Así lo guardo en mi memoria.
Un vaso de cristal ardiendo, lleno de café, y sus ojos marrones luciendo detrás de él .
Por encima de unas gafas cuadradas, asoman sus cejas pobladas, arqueadas en una expresión alegre que reseñan los surcos alineados de su frente amplia. Quiero pensar que mis manos atesoran el tacto de esas arrugas tan suaves y ordenadas.
Salvador viene riéndose. Ese día, lleva puestos sus dientes. Con dos dedos de su mano diestra, sujeta con infulas de camarero experto
el vaso de cristal ardiendo, y antes de dejarlo sobre la mesa, mete la punta de su índice dentro para comprobar la temperatura por última vez. Al hacerlo, desbarata sin querer el humo sagrado del café, mezclándolo con lo anodino del aire, y agacha la cabeza para por fin soltarlo. Y entonces, me quedo cautivado de su pelo cano. Siempre cuidadosamente peinado hacia atrás. Quedo atrapado entre esos caminitos trazados por un peine de púas muy finas y muy juntas. Un peine verde oscuro de plástico. Sé en que cajón está guardado. He pasado mi dedo por esas púas una infinidad de veces.
Después, mete la mano en el bolsillo delantero de su camisa, deformado por el eterno paquete de tabaco, y busca el encendedor y un cigarro, mientras me apremia a beberme el café antes de que pueda enfriarse.
Siempre guarda ese temor.
Y aquí termina esta ensoñación.
Cuando me sirven un café templado, mi memoria desleída hierve en borbotones de recuerdos, y recompongo el gesto de su rostro. Aparecen su frente, sus cejas y sus ojos, como fogones. Y veo que le asoman los dientes, que mastican un mensaje grávido de sentencia en un brevísimo lenguaje:
“Así no está bueno el café”
Todavía le quiero, sin que me condicionen ni su dimensión ni su ausencia. Y sus cafés los más buenos.” Juan José Andreu Ortiz
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Precioso y personal relato de un gran amigo que he tenido la suerte de ilustrar… tú sigue escribiendo que yo pinto…❤️