25/05/2026
Fue necesario llegar al “imperio final de los decadentes” para que se comenzase a apreciar en su justa medida la obra del fabulador ma***to por excelencia, alabanzas y traducciones de Baudelaire mediante; pero aún hoy, admirado como cuentista, ensayista y poeta, el Edgar Allan Poe novelista permanece en la sombra, quizás por lo enrarecido de su única aportación al género, la Narración de Arthur Gordon Pym, obra tan escabrosa como contradictoria, un relato viajero con pretensiones iniciales de escrupuloso realismo que acaba zozobrando en las propias obsesiones de su hacedor: horror, pesadillas, sadismo, morbo, enigmas inescrutables…
“De modo que… ¡creía en la existencia de un manuscrito de Arthur Gordon Pym! Pero la novela de Edgar Poe no era más que ficción, una obra de imaginación del más prodigioso de nuestros escritores norteamericanos”.
Jules Verne, La esfinge de los hielos.
Pese a su escasa resonancia inicial entre el público, han sido los propios escritores los que han ensalzado esta desconcertante crónica marinera, de Bachelard y Wells a Cortázar y Borges (que le dedicó un memorable ensayo, El arte narrativo y la magia, en el que empareja el trayecto de Pym con el de Ismael en Moby Dick, hermanados ambos por la atracción/temor hacia el indescifrable pigmento de la blancura), llegando dos de los más fervientes admiradores del atormentado Poe a prolongar la navegación hacia las tierras glaciares allí donde su cronista inicial la interrumpió: Jules Verne, fiel creyente en el progreso y la tecnología, racionaliza en La esfinge de los hielos el delirio de Poe exponiéndolo a la pragmática luz de sus Viajes Extraordinarios; por contra, H. P. Lovecraft (ese “escritor de «science fiction» que murió perseguido por seres invisibles”, apostillará Joan Perucho) abisma a Pym en Las montañas de la locura hacia los horrores del caos primigenio, donde incompresibles seres tentaculares regurgitan una maldad viscosa, protoplasmática.
“...fuentes insospechadas y prohibidas que Poe pudo consultar cuando escribió su Arthur Gordon Pym hace ya un siglo. Se recordará que en esta fantástica narración hay una palabra de significado desconocido, pero temible y prodigiosa, una palabra relacionada con la Antártida y que gritan las gigantescas aves de fantasmal blancura en el centro de esa malévola región. «¡Tekeli-li!», «¡Tekeli-li!». Eso fue exactamente lo que nos pareció articulaba aquel repentino ruido tras la blanca neblina que avanzaba, aquel insidioso silbido musical…”.
H. P. Lovecraft, En las montañas de la locura.
Volver a navegar hacia el Antártico tras las estelas del Grampus y de la Jane Guy (y cruzar nuestro camino con una nave holandesa guiada por el albatros y emponzoñada por el hedor de lo putrefacto), flanqueados ahora por el positivismo trotamundos de Verne y por los terrores cósmicos de Lovecraft, constituye uno de los desafíos más excitantes a la par que ominosos de la literatura: quizás esta vez descifremos los misterios del Mar Blanco, o quizás este termine amortajándonos con su nívea, lechosa palidez.
“Aquella sustancia con consistencia de ceniza nos caía encima ahora continuamente y en grandes cantidades. La bruma que se veía al sur se había elevado en el horizonte de manera prodigiosa y comenzaba a adquirir una forma más definida. No puedo compararla con ninguna otra cosa aparte de una catarata infinita que desaguara ondulante y silenciosamente en el mar procedente de algún inmenso y distante barranco en el cielo. Aquel manto gigante cubría por completo el horizonte sur. No emitía sonido alguno”.
Edgar Allan Poe, La narración de Arthur Gordon Pym.
La narración de Arthur Gordon Pym, por E. A. Poe, La esfinge de los hielos, por Jules Verne, y En las montañas de locura, por H. P. Lovecraft: tres novelas reunidas en el volumen Trilogía de la Antártida. En versiones castellanas de Francisco Torres Oliver y Javier Torrente Malvido, por cortesía de editorial Valdemar.