05/06/2013
Ressenya del llibre recomenat de la setmana: La gata, de Colette.
No sé a cuántas personas menores de 40 años les debe sonar el nombre de Sidonie Gabrielle Colette. Sin duda es hoy un nombre que sabe a olvido. Y, sin embargo, Colette fue no sólo una gran escritora de principios del s. XX, sino también todo un personaje que conmocionó, escandalizó, y sedujo a partes iguales, dejando un auténtico legado para las futuras mujeres que, siguiendo su ejemplo, se atrevieron a desafiar a toda una sociedad que relegaba al s**o femenino a un simple papel ornamental (y eso en el mejor de los casos) y les negaba su capacidad para decidir sobre su futuro, su vocación, su profesión; su vida entera, en definitiva. Colette, la escritora, la actriz de vodevil, la “show woman” de los locos, loquísimos, años 20, la mujer que se atrevió a acusar a su marido –auténtico vampiro literario– de haber estado firmando durante mucho tiempo auténticos bestsellers con los que nutrió su desmedida hambre de éxito y dinero, obras que leyó y gozó todo París y que, en realidad, habían salido de la pluma de esa extraordinaria mujer que hoy casi nadie recuerda y que, por supuesto, está absolutamente exenta del famoso canon literario que se estudia en los programas universitarios de filología (cosas del canon y de los doctos varones y cómplices varios que aún siguen sustentándolo).
La gata es una novela un poco atípica. Colette nos tiene acostumbrados a temas más ligeros, más picantes: la niña precoz que descubre los dulces placeres del amor, sin hacer ningún tipo de distinción entre los s**os (riéte tú del postfeminismo), la mujer madura que tiene amantes que podrían ser sus hijos, la maestra que seduce a sus alumnas,… Sin embargo, como todo buen filólogo sabe (o tendría que saber) la ligereza del tema no es incompatible con la riqueza del estilo, y en eso sí que todas las novelas de Colette (incluida La gata) coinciden.
La gata trata un interesante triángulo amoroso: una pareja de novios burgueses, Camille y Alain, y la gata de éste: Sasha. Con esa increíble capacidad para convertir en metáforas tangibles complejos estados psicológocos, Colette hace de Sasha y sus comportamientos felinos todo un mundo de símbolos. Consigue perfilar, de este modo, dos campos semánticos que apuntan a direcciones distintas, incluso opuestas. Así, Sasha puede representar lo natural, la bondad intrínseca a lo salvaje irracional frente a la hipocresía y artificiosidad de la burguesía encarnada sobre todo en el personaje de Camille, mujer interesada y llena de dobleces que representa para Alain la angustia de la pérdida de la intimidad y de la libertad individual; pero también, desde la óptica del personaje más aparentemente negativo de la novela, esto es, Camille, Sasha también podría simbolizar esa mujer ideal, silenciosa, dócil y poco molesta a la que Alain, como paradigma del buen burgués misógino, aspira como modelo de esposa y que Camille, sin duda, no es. De ahí, su preferencia casi obsesiva por la gata y su aversión por la mujer. Con ese doble simbolismo que se desprende de la que es, sin duda, la verdadera protagonista de la novela, la gata, Colette consigue crear cierta confusión en el lector, llevándolo a ese estado deseable, que sólo logra la buena literatura, de que las cosas no siempre son lo que parecen y que una misma cosa puede significar otra, o incluso las dos a la vez. Ambigüedad en estado puro. Colette 100%