20/01/2025
¿Quién soy yo como arquitecta?
Es una pregunta que me realizo constantemente. Me pregunto si mis años de experiencia se reflejan en lo que plasmo cada día en proyectos, ideas y conceptos. Y, a menudo, no estoy segura. El síndrome del impostor ha estado presente en este tiempo, un fenómeno que afecta a nuestra generación, y que, al existir como concepto, lo hemos apoderado y definido en nuestras vidas.
En mi mundo no existe la fama, ni premios renombrados. Pero sé que he cambiado la vida de algunas personas. Y con que solo les haya encontrado una mejor forma de vivir, un espacio que cobije sus muebles, su rutina y su alma, siento que he cumplido mi propósito. No soy la mejor arquitecta, susurra el síndrome del impostor. Sin embargo, conociéndome después de 35 años, sé que tengo una fortaleza: escuchar.
Escucho a los demás, entiendo sus necesidades y sus sueños. Intento comprender el camino que han recorrido. Con 10 años de experiencia, unos lápices y un poco de suerte, llevo la arquitectura a un nivel sensible, a un diseño real que no nace de una revista ni de Pinterest, sino de esos trazos de ideas y sueños que todos tenemos.
No busco una arquitectura de moda o tendencia, sino una que resuene con el alma de quien la habita. Mi enfoque es crear espacios que sean auténticos y profundamente conectados con las personas. Y eso, para mí, es suficiente.