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La magia de la proyección.. detrás de la ciudad.
08/11/2025

La magia de la proyección.. detrás de la ciudad.

25/09/2022

Jaco Pastorius: gloria y ocaso del mejor bajista del mundo
Hace 35 años, tras recibir una golpiza, moría en un hospital de Fort Lauderdale el hombre que revolucionó las cuatro cuerdas con alma de jazz y espíritu punk. De la cima a la autodestrucción

Aquella noche del 11 de septiembre de 1987, Jaco Pastorius se compró algo de ropa nueva gracias a los 200 dólares que le había mandado Michael Knuckles, un viejo road manager de los tiempos de gira con Weather Report. El día anterior, una enigmática fan alemana de nombre Ute había pagado la fianza que lo sacó de la prisión de Pompano, Fort Lauderdale, donde estuvo un mes por conducir un auto robado por una vereda. Con la ropa limpia y nueva, Pastorius pergeñó un plan: telefoneó a su última expareja, Teresa Nagell, y la tentó con dos entradas (para ella y para su novio) para un show de Carlos Santana. Jaco quería impresionarla, tal vez hacer que lo invitaran a subir al escenario, tocar un solo deslumbrante y volver a conquistarla. Pero como ocurría seguido en los últimos años de su vida, Jaco saboteó todos sus planes. Completamente ebrio, intentó subir de prepo a escena y fue echado del Sunrise Music Theater. De allí fue a otro local, donde intentó de varias maneras interrumpir a la banda que tocaba, hasta que también fue retirado a la fuerza. La última estación del frenético recorrido culminó pasadas las 4 de la madrugada en el Midnight Bottle Club. A metros de la puerta, fue encontrado por la policía tirado sobre un charco de sangre. Jaco fallecería varios días después, el 21 de septiembre, en el Broward General Hospital: le diagnosticaron muerte cerebral y su familia dio el visto bueno para desconectarlo. Tenía 35 años. El mundo se quedaba sin su mejor bajista.

La investigación judicial demostró que Pastorius murió a causa de una paliza propinada por Luc Havan, encargado del Midnight Bottle Club, cinturón negro de karate, que fue condenado a 22 meses de prisión, aunque sólo cumplió cuatro. Lo que no cuentan los informes es que Jaco se pasó los últimos cinco años de su vida esquivando la muerte. La adicción a la co***na y –sobre todo– al alcohol profundizaba el síndrome maníaco-depresivo que tenía diagnosticado, por lo que se había convertido en una persona intratable e impredecible. Todos los que quisieron ayudarlo, y fueron muchísimos, huyeron espantados.

John Francis Pastorius III (rebautizado Jaco por su madre, para que no fuera llamado John como su abuelo o Jack como su padre) no inventó el bajo eléctrico, pero modificó para siempre su sonido, su uso y su rol dentro de la música contemporánea. Por técnica, actitud y dominio del instrumento, como ejecutante y compositor, como performer e innovador. La utilización provechosa de armónicos (esas notas escondidas), la resignificación del fretless (bajo sin trastes), el despliegue de sus dedos largos como raíces por todo el diapasón, la resistencia física (que impedía que el tempo decayera) y algo que pocos tienen: el innato dominio del tiempo. Para algunos incautos, Pastorius podría parecer un ejecutante pirotécnico, desbocado, incendiario. ¡Claro que lo era! Pero todo ello tenía como cimiento una técnica prodigiosa, un talento sobrenatural y una disciplina de base que lo permitía. Por ejemplo, realizó su estudio del instrumento a partir de partituras para violonchelo y una de sus premisas era tocar con el bajo todas las partes de una canción, no sólo la línea de base. Pastorius podía tocar las melodías de cualquier instrumento. Su impactante versión de Donna Lee, de Charlie Parker, incluida en su primer disco solista es una prueba de ello: la reinterpretación del bebop con cuatro cuerdas.

La influencia de su padre –cantante de jazz de grandes orquestas, a la manera de Sinatra o Tony Bennett– fue decisiva para que Jaco eligiera dedicarse a la música, primero como baterista, y más tarde, por causa de una lesión en la muñeca, como bajista. Jaco se propuso ser el mejor. A su gusto por lo clásico le sumó la pasión por el jazz, la admiración por el soul y la música negra, la influencia latina por su crianza en la península de la Florida y la actitud del rock. Entre el adolescente prodigio integrante de la orquesta de Wayne Cochran y los C.C. Riders y un fugaz proyecto con el aún desconocido guitarrista Pat Metheny, Jaco dictó clases de bajo en la Universidad de Miami, donde se lo recuerda como un mal profesor por una simple razón: les era imposible a los alumnos seguir al genio, incapaz de transmitir sus conocimientos. Para entonces había ocurrido lo que ya es leyenda. Una mañana encontró su contrabajo hecho pedazos por la humedad, simplemente había estallado la madera. Ante la imposibilidad de comprar otro, con un cuchillo quitó todos los trastes de su bajo eléctrico Fender Jazz Bass modelo 62, el mítico Bass of Doom, para intentar emular el sonido del contrabajo. Entonces nació el sonido fretless que lo transportaría a la cima.

Pastorius necesitaba llevar comida a la mesa porque se había casado a los 18 años con Tracy Lee, una camarera que no sólo fue el amor de la adolescencia: sería la gran mujer de su vida. Inmediatamente nació Mary y tres años después, John Francis IV. Con apenas 22 años, Pastorius tenía una familia que mantener.

La gran oportunidad llegó en 1975 de la mano de Bobby Colomby, baterista de la banda Blood, Sweat & Tears. El buen hombre intentó seducir a Tracy en el bar donde ella trabajaba, y recibió una respuesta más sutil que un rechazo: “Estoy casada con el mejor bajista del mundo”. Colomby lo tomó a broma y le contestó que quería verlo tocar. Jaco llegó descalzo, con el bajo y una pelota de básquet. Y se puso a tocar. “Los ojos se me salieron de las órbitas”, recuerda Colomby en la conmovedora biografía de Bill Milkowski Jaco Pastorius, La extraordinaria y trágica vida del mejor bajista del mundo.

Colomby se lo llevó a Nueva York y allí empezó todo. Le consiguió un contrato con el sello Epic, lo rodeó de un dream team (sesionistas de primera clase del jazz y de la música clásica, figuras del momento como Herbie Hancock) y lo hizo grabar su álbum debut, una obra fundamental.

A partir de allí empezaría a transitar su escalera a la fama: grabó con el rockero Ian Hunter, con Pat Metheny y con la cantante Joni Mitchell (que lo definió como “el bajista de mis sueños” y con la que vivió un fugaz romance), y recibió un llamado que esperaba desde hacía un año: el de Joe Zawinul, el líder de Weather Report. Nacido en Austria y partícipe de una de las etapas más revolucionarias en la carrera de Miles Davis (In a Silent Way, Bi***es Brew), Zawinul había conocido a Jaco en 1974, durante una gira de su grupo por Miami. Fue allí donde Pastorius recitó la arrogante carta de presentación que sería su marca registrada: “Señor Zawinul, mi nombre es John Francis Pastorius III y soy el mejor bajista del mundo”. A lo que Joe, de pocas pulgas, lo mandó literalmente al diablo. Al otro día, Pastorius le entregó un cassette con grabaciones propias, que Zawinul escuchó un año después, cuando se quedó sin bajista por la partida de Alphonso Johnson. En pleno auge del jazz fusión, Weather Report dio, con la incorporación de Jaco, un salto de calidad enorme. Poco a poco, Pastorius constituyó la juventud imberbe que hacía de contrapunto con la silenciosa solemnidad del saxofonista Wayne Shorter y la impronta de papá autoritario de Zawinul. Sobre todo con este último había en escena una notoria competencia que potenciaba a la banda. A medida que tomó confianza, Pastorius empezó a desplegar todas sus dotes de performer: además de sus solos y sus números exhibicionistas (como dejar el bajo en el piso distorsionando un loop, trepar al amplificador y caer de un salto para mutearlo), desperdigaba talco en el piso para poder deslizarse con sus pies descalzos con pasitos que emulaban a su admirado James Brown o aparecía con el rostro pintado como un guerrero.

Pero en el pico de popularidad, creatividad y talento, emergieron los jugadores que empezarían a propulsar su derrumbe emocional. Con espíritu de atleta, Pastorius siempre se había mantenido enfocado en la música y alejado de los excesos químicos. Con el alcohol y la co***na en escena, su personalidad megalómana y su hasta entonces agazapada tendencia a la bipolaridad dominaron su genio.

La de Pastorius es una de las historias de autodestrucción más impactantes del arte. Una vez que sus demonios salieron fue imposible controlarlos. Si 1978 fue el año cumbre a bordo de Weather Report, a partir de entonces comenzó a acentuar sus comportamientos extravagantes, que incrementaron las tensiones con Zawinul. Para ese momento, se produjo el divorcio con Tracy, hecho que muchos señalan como el puntapié inicial de su desvarío mental. Hay quienes afirman que Jaco nunca pudo superar la ruptura de su familia. Claro que mucho tuvo que ver su prolongada ausencia por las giras y haber conocido a Ingrid Hornmüller, una exótica mujer nacida en Sumatra que le daría más adelante dos hijos: los mellizos Felix y Julius. La relación con Ingrid a partir de la llegada de los niños cambió rotundamente, pues ella se dedicó a protegerlos de la degradación en la que se iba sumiendo Jaco. Y ese cerco a la relación profundizó los males del mejor bajista del mundo. En 1979 protagonizó un papelón en La Habana, durante un festival de jazz, cuando arruinó una actuación en trío con Tony Williams y John McLaughlin. A fines de 1981, dejó Weather Report (un año antes se habían presentado en Buenos Aires) y armó la banda de sus sueños, una big band a la que llamó Word of Mouth y con la que grabó un enorme disco. La compañía (Warner) dudó en apoyar el trabajo por la tozudez de Pastorius de abrir con Crisis, una anárquica (y poco comercial) pieza que remite a los tiempos libérrimos de Miles Davis.

Sin el ala protectora de Zawinul, a merced de sus propias debilidades, el mundo de Jaco entró en un camino sinuoso y de rumbo incierto. Una amistad tóxica con el guitarrista Mike Stern y el bar Grand 55 en el Soho neoyorquino como guarida fueron piezas clave de su deterioro mental. Jaco se pasaba los días deambulando totalmente borracho o pasado de dr**as, armando shows que luego él mismo se encargaba de sabotear. Llegaba mayormente descalzo, muchas veces sin remera, y podía pasar en cuestión de segundos del llanto a una postura ególatra. Tenía una energía desbordante y estaba permanentemente en movimiento; incluso podía estar varios días deambulando por Nueva York sin dormir. A fines de 1982, en una gira por Italia, su comportamiento errático provocó una batalla campal entre los 20.000 asistentes; en 1983, Warner rompió el vínculo por considerarlo una persona intratable; en 1984, en el Pl***oy Jazz Festival, apenas pudo tocar unas notas y terminó abucheado por el público. Una constante en los últimos años fue que, cuando su estado le impedía coordinar y tocar el repertorio, subía al máximo el volumen de su amplificador Acoustic 360 y, totalmente distorsionado, arremetía con una versión de Purple Haze, de Jimi Hendrix.

En 1984 entró en su vida Teresa Nagell, una belleza exótica que, a diferencia de sus otras mujeres, lo acompañaba en las giras y trataba de estabilizarlo en sus momentos de frenesí. Sin embargo, sus peleas eran salvajes.

De repente, sus viejos compañeros de aventuras comenzaron a ingresar en centros de rehabilitación y sus colegas evitaban tocar con él porque nunca sabían en qué podía terminar la aventura. Los que intentaban ayudarlo finalmente desistían. Jaco quedó solo con sus demonios. Por entonces, había adoptado una costumbre: se metía en conciertos ajenos e intentaba subir a escena sin previa invitación. Casi siempre era sacado a la rastra. También solía entrar en disquerías y llevarse corriendo todos los discos en los que aparecía (al grito de “son míos”) y regalarlos a extraños en la calle. Y como no podía recomponerse para que lo tomaran en serio, cada rechazo le provocaba mayor daño. Como cuando no quisieron recibirlo en el sello Blue Note, se quitó la ropa y empezó a correr desnudo por el vestíbulo del edificio.

En 1986, su hermano Gregory lo persuadió de que ingresara en un hospital psiquiátrico. Allí finalmente le diagnosticaron la enfermedad mental que básicamente le provocaba actividad frenética, verborragia, visiones fantásticas, exceso de autoestima, desatención, insomnio, tendencia a la autodestrucción a través de alcohol, dr**as y atracción por situaciones de riesgo físico. Sin embargo, cuando tiempo después volvió a la calle, nada había cambiado. Pastorius nunca admitió su enfermedad.

Cuando Nueva York le dio la espalda y se convirtió en persona non grata en todos los sitios nocturnos, decidió volver a Fort Lauderdale, donde los bares poco a poco también le fueron cerrando las puertas por su comportamiento impredecible. Para esa época lo convocaron a grabar un video en el que era entrevistado por su colega Jerry Jemmott, una especie de clínica de bajo eléctrico. Jemmott lo introduce con una catarata de elogios, como un panegírico. Pastorius, los ojos inyectados en sangre, la mirada perdida y el rostro de alguien diez años mayor, sólo atina a contestar: “¡Conseguime un show!”. Era la gran paradoja: el mejor bajista del mundo no tenía dónde tocar ni dónde caerse mu**to. Su única compañía eran los vagabundos, los sin techo, a quienes podía impresionar con el bajo o con sus dotes para el básquetbol en alguna plaza pública, donde Jaco solía pasar muchas noches durmiendo. En una de esas ocasiones, desapareció su legendario bajo (recuperado y devuelto a la familia en 2006 por el bajista de Metallica, Robert Trujillo, autor de un documental sobre la vida de Jaco).

Así como Charlie Parker con el saxo alto o Jimi Hendrix con la guitarra eléctrica, la misión de Jaco Pastorius en el universo de la música fue revolucionar el rol de un instrumento durante mucho tiempo infravalorado como el bajo eléctrico. “Para mí, Jaco fue el Sid Vicious del jazz”, sentenció Stanley Clarke, virtuoso bajista estadounidense. Nada más falaz que esa definición (Sid Vicious era un pésimo bajista, al que le apagaban el equipo en vivo porque no acertaba una nota). La vida salvaje y el instinto rebelde de Jaco no tapan la génesis de un genio, de un virtuoso. En su caso, condimentan la leyenda de una figura irrepetible.

Por Diego Mazzei en La Nación
Jaco Pastorius by Mal Bray

Un genio nunca muere ...su obra lo resucita cada siglo.
18/09/2022

Un genio nunca muere ...su obra lo resucita cada siglo.

Hoy hace 52 años, nos dejaba Jimmi Hendrix, considerado el mejor guitarrista de la historia del Rock

Dr**as, alcohol, novias en simultáneo y una fama aplastante: el súbito ascenso y final repentino de Jimi Hendrix
Le bastaron cuatro años para demostrar que era el mejor guitarrista del mundo y tras su muerte fue venerado por las generaciones siguientes. Su talento era extraordinario pero sus excesos terminaron con su vida. Su trágica muerte y el “Club de los 27 "

Fue el mejor guitarrista no solo de su época, sino de la historia. Jimi Hendrix, en tan solo cuatro años, desde 1966 hasta su prematura muerte en 1970, demostró un talento descomunal. Su legado continúa vivo porque lo tenía todo: distorsión y melodía, psicodelia y rock, lirismo y potencia, rock y blues, s**o y espiritualidad, virtuosismo y pasión.

Podía tocar un tema propio, un cover de una canción folk como Hey Joe o Star-Splanged Banner, el himno norteamericano, como en el cierre de su set en Woodstock. El resultado siempre era deslumbrante y novedoso. Iba desde lo dúctil a lo atronador, como si ningún registro le fuera ajeno. En vida publicó tres álbumes definitivos y revolucionarios. Luego de su irrupción, ya nada volvió a ser lo mismo. Cada uno de los guitarristas de rock posteriores (y también la mayoría de sus contemporáneos) son deudores de Hendrix. Su música logra algo poco frecuente. Es cabal representante de una época y al mismo tiempo mantiene la atemporalidad de los clásicos.

Con Jimi pasa como con los grandes cracks del fútbol. Por más que alguien se quiera endilgar el mérito del descubrimiento, su genio era tan evidente que era imposible que no su momento no llegara. El Maradona de 12 años era muy superior al resto de los chicos (aún varios años mayores que él) que jugaban al fútbol; lo mismo ocurría con el Hendrix de veinte años y los demás guitarristas. Marcianos ejerciendo (marcianamente) actividades humanas.

El mito fundacional establece que fue llevado a Inglaterra por Chas Chandler, el ex bajista de los Animals. Hendrix aceptó viajar a Europa pero exigió tocar con Cream, el primer súper grupo. Eric Clapton, Ginger Baker, Jack Bruce. Cream tocaba música que nadie hacía en esos años. Clapton era inalcanzable, el apodo que le habían puesto definía sus poderes: Dios. Era inconcebible compartir el escenario con esos monstruos. Sin embargo, Hendrix sabía que estaba a la altura del desafío. Clapton eligió Killing Floor, una canción muy complicada. La actuación de Hendrix fue deslumbrante. Dicen que Eric Clapton salió del escenario y le dijo a uno de los allegados: “Nadie me dijo que este tipo era tan bueno”. Esa noche Jimi Hendrix inició su leyenda y se convirtió en deicida. Fue la noche en que Hendrix mató a Dios.

Después vendrían los tres discos, el trío, la Band of Gypsies, los shows, los grandes festivales

Su habilidad con la guitarra le permitía gestos exhibicionistas, piruetas y trucos que disgustaban a algunos puristas. Tocar por detrás de la cabeza, con los dientes, la guitarra prendida fuego sobre el escenario. Esta última es una imagen que hace demasiada burda la metáfora de lo que sucedía en los momentos más álgidos de sus interpretaciones. Jimi Hendrix era una fuerza de la naturaleza.

A fines de agosto del 70, apenas tres semanas antes de su muerte, tuvo una gran noche en pleno Nueva York. Muchos músicos importantes fueron a su casa, a su nueva casa. Mick Fleetwood, Johnny Winter y Yoko Ono, brindaban y paseaban por los diferentes ambientes de Electric Lady Studios, el estudio de grabación que Jimi había construido. Era toda una novedad para su tiempo: la primera gran estrella que construía un gran estudio profesional con su dinero (invirtió alrededor de un millón de dólares de la época). Además de posibilitar que otros artistas grabaran sus discos, ese sería el laboratorio en que el guitarrista experimentaría, en el que buscaría sus nuevos caminos e innovaciones, que a esa altura parecían inevitables. Es difícil predecir lo que nunca sucedió pero las búsquedas artísticas que Hendrix había emprendido en esos últimos meses (y su inquietud congénita) parecen indicar eso.

Lo que siempre había soñado, en un punto, se convirtió en su condena. La presión de los medios, el éxito, el público, los shows uno detrás del otro. Pasó sus últimos tres años en una especie de gira permanente. En su infancia y adolescencia anhelaba ser músico. Lo había conseguido pero estaba envuelto en una trama de contratos y exigencias que lo iba minando. Lo mismo ocurría con la fama, súbita, brutal y aplastante. ”No quiero ser más una estrella de rock, no quiero ser un payaso”, llegó a declarar. De ahí su búsqueda y la intención de que su carrera tomara un nuevo giro. “Voy a formar una banda grande, ya no más un trío. Explorar por dónde me lleva eso”, le dijo a un periodista inglés en agosto de 1970.

Después de la fiesta de inauguración de su estudio, Hendrix viajó a Londres. En Europa lo esperaban actuaciones en un par de festivales, una gira escandinava y shows en Londres, la ciudad en la que se dio a conocer al mundo.

Cientos de miles de personas (el número según quien lo brinda oscila entre los 300 y los 600 mil) lo escucharon en el Festival de la Isla de Wight. El elenco era impactante: The Doors, Joni Mitchell, Leonard Cohen, Sly and The Family Stone. Tocó muy tarde -casi una costumbre suya- y el show presentó varios problemas, entre ellos de sonido.

En Suecia y Dinamarca era adorado. Allí hizo varias presentaciones. Luego, un nuevo festival. Esta vez en Alemania, en la Isla de Fehmarn. Otra vez la demora hasta la madrugada. Un diluvio y la tardanza hizo que el público lo abucheara y lanzara cosas al escenario. Hay que tener en cuenta que en esos festivales multitudinarios de fines de los sesenta, cada minuto que se atrasara un artista provocaba varios colapsos por exceso de alucinógenos y otras dr**as. “Si me van a silbar y abuchear, por lo menos háganlo afinado”, pidió con sorna el guitarrista. Ya en el escenario, ya con la música echada a correr, la magia se apoderó del lugar. Ese fue su último show en vivo.

En la medianoche del 18 de septiembre de 1970 subió al escenario para acompañar a War y a su líder Eric Burdon. Fue ovacionado como siempre. Tomó mucho alcohol y consumió algunas dr**as rodeado de hermosas mujeres, también, como siempre. En algún momento, lo rescató -o lo monopolizó Monika Dannemann-. Ella era una de las varias novias que el músico tenía en simultáneo. Bien entrada la madrugada fueron al hotel en el que ella se alojaba en la capital inglesa, el Samerkand. Ella le preparó un sandwich de atún, conversaron y tomaron vino. Pese al cansancio y la hora, Hendrix no podía dormirse. Le dijo a Monika que iba a tomar algo para hacerlo. Ya eran casi las 7 de la mañana. Ella casi enseguida concilió el sueño. De ahí en adelante, los hechos (o el relato de ellos) se vuelve impreciso.

Monika asegura que ella se despertó tres horas después y que al verlo dormido, decidió bajar a comprar ci*******os. Recién cuando regresó, notó que, acostado, boca arriba, un delgado hilo de vomito se deslizaba por sus labios. Intentó despertarlo y al no obtener respuesta pidió ayuda. Esta es una de las versiones que dio la mujer (mu**ta en 1996 cuando tenía 50 años presuntamente por suicidio). Se contradijo varias veces en los siguientes días. En algún momento dijo que apenas se despertó vio el cuadro que la preocupó y que se desesperó al no poder despertarlo.

Otras versiones dicen que ella se asustó y llamó a Eric Burdon, con quien habían estado hasta hacía unas horas. Él le dijo que llamara de inmediato una ambulancia, pero ella repuso que eso era imposible: la prensa se enteraría y había demasiadas dr**as en la habitación. Burdon le pidió que llamara a emergencias y que tirara las dr**as por el inodoro. La ambulancia llegó rápido al hotel pero permaneció un buen rato en él. Más de media hora. Las hipótesis son varias: algunos sostienen que Monika demoró en abrirles varios minutos porque estaba eliminando las sustancias incriminatorias; otros dicen que los que lo retuvo fue que ahí mismo le hicieron las maniobras de resucitación pero que todo fue infructuoso; mientras están los que creen que en ese tiempo trataron de estabilizar sus signos vitales.

Los relatos contradictorios continúan. Hay testigos que sostienen que a la ambulancia subió con vida; otros juran que era llevado con la cabeza colgando para atrás -empeorando la situación de ahogo-. Uno de los médicos afirma que el guitarrista llegó mu**to, mientras otro declaró que el deceso se produjo en la guardia hospitalaria.

Los años en vez de aportar claridad, sólo profundizaron las versiones encontradas y las sospechas. Se habló de muerte accidental, de suicidio y hasta de homicidio (en ese caso las sospechas siempre apuntaron a Monika pero como instrumento de la CIA o el FBI por el nexo entre Jimi y las Panteras Negras: una teoría nada verosímil). Cada uno de los que enarbolan una teoría la defienden enfáticamente.

Lo que se determinó fue que Hendrix había tomado entre 8 y 9 Vesperax, un somnífero fuerte. Lo habitual para cualquier persona era tomar una pastilla o una mitad. Pero entre sus habituales mezclas de dr**as y alcohol y el uso casi cotidiano de este medicamento, una sola pastilla no hacía efecto en Hendrix, quien se quiso asegurar dormir una buena cantidad de horas. Según uno de los doctores tenía tanto vino en el cuerpo que “Parecía como si hubiesen volcado una botella en su garganta”. El informe final determinó que la causa de muerte fue “inhalación de vómito debida a una intoxicación con barbitúricos”.

La racha, ese año, había empezado 15 días antes y terminaría un mes después. El 3 de septiembre en unas colinas que quedaban detrás de la casa de uno de sus compañeros de banda, fue encontrado mu**to por sobredosis Alan Wilson, líder del grupo de blues Canned Heat: su desaparición fue opacada por las dos que le siguieron. Un mes y un día después, la que murió fue Janis Joplin. En el medio de ellos, Hendrix. Los tres además de ser músicos tenían 27 años.

Eran tiempos salvajes, de excesos. Pero la coincidencia de la edad hizo que se hablara del Club de los 27, edad que muchos grandes de la música no pudieron superar. La lista es profusa: el pionero fue Robert Johnson, luego en 1969, Brian Jones. Después de la tríada de 1970, a mediados del año siguiente fue el turno de Jim Morrison. Y más acá en el tiempo se agregaron a la macabra lista Kurt Cobain y Amy Winehouse, entre otros.

Después de la muerte de Jimi Hendrix siguieron apareciendo discos suyos. Inéditos, descartes, shows en vivo. Se publicaron más de 50 álbumes con su música. Medio siglo después de su muerte su música sigue viva. Unas semanas antes de morir había declarado: “La expresión volar la cabeza es válida. Pero vamos a darle a la gente algo que le va a volar la cabeza, pero mientras se la esté volando, va a haber algo que le va a llenar ese hueco. Va ser una música absoluta”. El tiempo confirma que lo consiguió.
Por Matías Bauso en Infobae

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