Las aventuras de Sebastian

Las aventuras de Sebastian Sebastian es un personaje que va viviendo distintas aventuras, va (de alguna forma) reproduciendo mi vida mediante un relato semifantastico y semireal.

31/05/2016

El día de la sombra
Por Augusto L. Martínez

Un cuchillo. ¿Qué buen objeto no? Tantas cosas se pueden escribir con eso. Pero ¿una bicicleta? ¿Qué hago con la bicicleta? Sinceramente no se me ocurre nada. Bah, podría poner una historia que me contaron alguna vez.
Al personaje vamos a ponerle Gervacio. Un nombre raro para una historia rara. Físicamente imagínenlo ustedes. Si quieren les tiro algún detalle para hacer más fácil el juego. Morocho, estatura media, uno setenta y algo, barba, ojos comunes, cuerpo normal. Sencillísimo. De los que no atraían pero tampoco no gustaba.
La historia pasa en algún pueblo de la provincia. ¿De cuál provincia? No sé. Piensen en un lugar y esto pasa ahí. ¿El tiempo? Lindo, soleado. ¿La estación? Primavera de octubre. ¿La hora? Tarde, tardecita, entre las cuatro y las ocho. La calle estaba poblada. Los chicos habían disfrutado del sol y todavía no volvían a casa. Gerva andaba por ahí en su bicicleta. Disfrutar, para él, era eso. Pasear con si bici por el pueblo que, como de costumbre, estaba tranquilo, sin mucho tránsito.
Había salido ya un par de horas antes. Y por eso no se había enterado de lo que pasaba en el centro de aquel poblado. Bueno, no solo él. Muchos no sabían. Al parecer el primero fue don Carlos. El tipo de anciano que saca la silla de mimbre a la vereda para disfrutar del aire y la tranquilidad. Aunque ese día no alcanzo ni a sacar la silla.
Después se esparció por el resto del lugar. Uno a uno. O en grupos. De a dos. Cruzado. En sus casas. En la calle. En el almacén o en el kiosco de Fermín. Donde estuvieran en ese momento. Todo se enloqueció. ¿Cómo escapar de eso? Gervacio parecía tener el secreto. Asombrado de la tranquilidad que venia del pueblo, decidió volver a su casa antes que regresen los padres de aquel viaje que hacía unos días habían empezado.
Mientras bajaba de la bici para abrir el portillo de la humilde casa, noto que adentro pasaba algo. O había alguien. Y no se percató de que él, no tenía sombra. Pero entro hasta el galpón. Dejo la bicicleta y pensó que quizás los viejos habían llegado antes y eran ellos quienes estaban dentro de la casa. Así que cruzo el corredor y entro, como siempre, por la puerta de atrás. La casa estaba idéntica a cuando él había salido. Nada había cambiado. Bueno casi. El cuchillo carnicero con el que la madre cortaba las milanesas no estaba en su lugar. Una pena que el joven no lo notara. Y que tampoco notara el silencio general.
Recordó haber dejado la cantimplora en el galpón, así que fue a buscarla. Esta vez, su sombre iba detrás, caminando en puntas de pie. Cuando llego a la mitad del galpón, la bici ahí delante. ¿Detrás de él? Su sombra clavándole el cuchillo carnicero en la cabeza. Y así, como todo el pueblo, fue masacrado por el enemigo de la infancia. Algo de lo que no podemos correr. Ni Gervacio, que sin querer gambeteo aquel cuchillo por horas por andar en bicicleta.

25/05/2016

Dedicatoria abierta (por León Martínez)

No importa quién sos. Dónde estés, cómo te llames, ni si lees esto o no. Tampoco importa que lo compartas, que le des me gusta o si lo ignoras. Porque no me importa nada más que esto sea para vos. Porque te amo. Sí, a vos. Porque te deje entrar en mí aún si conocerte, por eso no importa quién seas. Como no me importó.
A vos te abrí y te abro todo lo que soy. Probame, saboréame como un plato que al final viene lo mejor. Porque primero te voy a dar la amargura de mi costado agotador. De mi peor lado, el más oscuro. Te voy a hacer dormir con mis monstruos rondándote y te voy a dejar así. Pero también te voy a cuidar en cualquier lugar, por eso no me importa dónde estés.
Voy a robarme tu nombre para imaginarlo de mil maneras en mi cabeza. Te voy a llamar de mil formas al hablar. Rara vez gastaré tu nombre, porque eso es para después. Entonces en una cuchara, junto a cómo me llamo, la dulzura te daré. Y conocerás mi mejor costado, o lo mejor que que puedo ser. Y seguiré sin usar tu nombre, porque te voy a bautizar con apodos que muestren cuanto te querré. Por eso, no me importa cómo te llames.
Y cuando entiendas todo eso, me dejare dormirme con mis brazos abrazándote. Entre mis sueños te voy a escribir cosas que sin que las sepas te las pienso leer. Y cada vez que despiertes, tendrás en tu mente una historia con alguien que puede nunca llegues a conocer. Voy a gastar mi voz cada noche para hacerte querer. Por eso no me importa si lees esto o no.
Voy a colarme por un costado a tu corazón para que sientas que me podes echar pero algo mío siempre va a quedar. Voy a poner en un rincón este papelito, para que lo olvides ahí y yo saber que te llego. Escribirlo en una red social, para que todos sientan que son especial. Por eso no importa que lo compartas, que le des me gusta o si lo ignoras. Sigue siendo para vos.
Porque habrás notado que esto es para vos. Y que aunque creas que lo hice para alguien más, sería imposible, porque sos vos quién lo está leyendo. Sos vos, como siempre sos vos. Pensaras “que tonto, dice que puede sentirme con amor”. Pero es el momento que deje la pena y empiece a abrir mi corazón. Así que, sí, a vos, te lo dedico a vos.

09/05/2016

Sentencia (por León Martínez)

Te hablo de libertad. De la libertad de elegirnos sin compromiso. Sin contratos que nos obliguen a elegirnos. Sin papeles. De la libertad de que pase el tiempo y ser libre de elegirnos el uno al otro sin sumar el tiempo que nos venimos eligiendo. Ser libres de vivir cada día como el primero, para tener la certeza que la libertad de elegirte hoy, y de que me elijas mañana, sigue estando ahí sin importar lo que elegimos ayer. Tampoco elegir por la sana costumbre de elegir una rutina a tu lado. Ni tomar al otro porque tantas veces me ha tomado.
Ser libre de encerrarte en mi corazón como un recuerdo nuevo cada día, y que tu alma quede libre de mi. Porque no es libre el ave que puede volar los cielos, es libre aquella que puede volar elegiendo. Quiero ser libre de estar atado a tu corazón. Te estoy hablando de esa libertad. De una elección a ser libres. A vivir dos vidas juntos. A no imponerte que me escojas entre todos.
Saber cada día que el beso que me das es para mí porque así lo queres, y abandonar el miedo a que beses a otro también. Libertad de confiar en vos. De que confies en mí. De que te separes por horas, que te alejes de mi lado, y mañana con tu libertad vuelvas y me tomes la mano, diciendo que soy libre a decirte que no. Porque vos también entendiste, como entendes, que yo quiero volar eligiendo. Y entre mis elecciones, quiero ser libre de escoger, entre todos los nidos, el que me da tu corazón.

24/04/2016

Aroma a obsesión
(Augusto León Martínez)
Los aromas eran su obsesión. Para él todo significaba según el olor de las cosas. Las personas a su alrededor, eran fragancias de colores. Por ejemplo, el amarillo de la anciana que vivía en frente de su departamento, o el verde del vagabundo que dormía en la puerta del banco, y su aliento violeta por el alcohol, sin olvidar el aroma de la nena de vestidito naranja y fragancia rosa que jugaba en el almacén donde él compraba a diario la comida para la cena.
Levantarse por la mañana y oler su ropa, para identificar su color del día era común para él. Todo era común en realidad. Excepto que un mal olor podía provocarle pesadillas o a veces, insomnio. El identificaba esos olores con el color negro. Color que sentía cada vez que estaba cerca del cura de la iglesia del pueblo. Esa era la razón por la que había dejado de participar en las misas del domingo, e incluso hacia que intentara esquivar al Padre Jorge cuando lo cruzaba en la calle. Él se llevaba bien con el párroco, pero al llegar la noche, el perfume del señor de aroma negro, parecía atacarlo en los sueños.
Un día de aromas opacos, donde las flores perfuman de un celeste pálido y los cafés se olvidan su fragancia energizarte, de camino al trabajo, se cruzo con el Padre Jorge, quien iba camino a la iglesia. Como era de costumbre, el aroma negro llego a su nariz y lo envolvió en una serie de preguntas de porque lo sentía así. Para su suerte la despedida llegó pronto y pudo seguir camino al trabajo solo, poniendo colores a cada persona que pasara a su lado.
Al terminar el día, se sentó en la mesa listo para disfrutar la comida que había comprado en el almacén de la señora de fragancia turquesa, que lo esperaba todas las noches con su pedido listo en la puerta del negocio junto con su hija, la nena de vestidito naranja y aroma rosa. Mientras cenaba recordaba todos los colores nuevos que había descubierto ese día, incluso antes de cada bocado, olía el tenedor y la porción que recogía con este. Después de comer, ordeno todo como de costumbre, y reviso una vez más, todo lo que debía hacer al día siguiente. Y mientras apoyaba su cabeza en la almohada, la olía, y pensaba en la fragancia del cura mientras pedía al cielo que esa noche no tuviera pesadillas con el olor del hombre de dios.
Pero las pesadillas no entienden de rezos y plegarias, y esa noche lo acompañaron insomnicamente. Como si les divirtiera mostrarle en los sueños al Padre Jorge rezando arrodillado frente a una cruz. Esto no tenía nada de raro, pero si lo tenía el aroma que emergía de él, era una nube negra que de repente se tornaba en un color rojo fuerte. Pero cuando se quiso acercar a hablar con él, el despertador sonó.
Mientras desayunaba el té de aroma naranja, pensaba en aquella pesadilla. El silencio matutino se detuvo en la voz de la radio cuando escucho la trágica noticia. El Padre Jorge, había sido encontrado mu**to por las monjas que pasaban para abrir las puertas de la iglesia. Al igual que el resto del pueblo, él estaba horrorizado por la noticia.
Al salir de su casa se encontró con un pueblo envuelto en un perfume gris. Sin embargo, él se sentía calmo, incluso su fragancia se sentía un poco más azul que el día de ayer. Se preguntaba si esos colores que lo rodeaban tenían que ver con la extinción del olor negro. Y a su vez, se sentía culpable por aliviarse de eso. Su tranquilidad era todo lo contrario a lo que sentía la mujer de la despensa que ni bien lo vio pasar, corrió a consolarse en sus brazos. Cuando la mujer se acerco, notó que si nariz sentía un color más opaco, ya no era el turquesa de siempre.
Este trato se mantuvo por semanas, y aunque él estuviera cansado de escuchar los lamentos que la dama repetía por el Padre Jorge, seguía con esta rutina de color marrón. Entre sus lamentos, la mujer, también insistía en que él era, ahora, lo único que tenia, el único amigo. Él, sin embargo, seguía sin pronunciar palabra alguna sobre su vida.
Ya con el pasar de los meses, le molestaba tener que correr más de media hora su cena para poder hablar con la señora y su hijita de vestido naranja. Incluso lo irritaba no poder cenar dos días seguidos a una misma hora. Porque eso no lo dejaba organizar su día completa y exitosamente la noche antes. Durante esos meses los cambios en s rutina no fueron los únicos que sintió. También la mujer había abandonado su aroma turquesa por completo. Y ahora olía completamente en negro.
Durante la semana siguiente, volvieron las pesadillas. Cosa que lo irritaba aún más. En la octava noche, la pesadilla volvió a cambiar su final. Y ahí estaba la mujer en el almacén, dándole su cena, y su aroma negro de repente se torno rojo, y cuando él le quiso hablar, el despertador sonó.
Mientras desayunaba vio que la mañana olía a un verde claro, con pocas nubes en el cielo y el sol que perfumaba cálido entraba sin problemas por la ventana. En la radio no escucho noticias extrañas. Salió de su casa y al pasar por el almacén sintió un olor gris, pero siguió camino sin preocuparse, aunque no dejaba de pensar lo raro que era verlo aún cerrado. Quizás la señora estaba un poco retrasada levantando a su hijita.
Era ya la tarde, él estaba en su escritorio con sus libros ordenados alfabéticamente, la taza de café sobre la servilleta y sus lapiceras todas mirando al mismo lado en su lapicero perfectamente parado en el costado derecho de su computadora, cuando el comisario del pueblo se paro frente a él, junto a la nena de vestidito naranja. No pudo oír mucho más que la noticia de que encontraron mu**ta a la señora del almacén. Y que la nena de aroma rosa, pedía quedarse con él hasta que sus abuelos vinieran desde Capital a buscarla. El acepto, aunque su rutina tuviera que cambiar. Cosa que sabía, que lo irritaría.
Eran solo 15 días que la niña se quedaría con él. Al octavo día, el notó que aquel aroma rosa que la envolvía empezaba a desgastarse y cambiaba dentro de su gama, pero siempre en maneras más opacas. Así pasaron los siguientes 3 días, hasta que notó que el rosa de la nena ya no era rosa en absoluto.
Al decimo segundo día, todo fue casi normal. Excepto que él se sentía muy molesto y la nena ya no era un color. Ya no tenía fragancia. Eso le molestaba. No era nada si no tenía aroma, ¿Cómo iba a reconocerla sin una? Y eso, le traía pesadillas.
A lo noche siguiente, en su pesadilla, la nena poseía un aroma completamente rojo. Rojo como el in****no mismo. Al acercarse a ella y girarla para verla, el despertador sonó. Sin abrir del todo sus ojos, corrió hacia la habitación donde la nena dormía. Y entre la luz que dejaba entrar la persiana la vio, ahí, quieta, durmiendo pacíficamente, sana y salva. Respiro tranquilo y vivió su día como los vivió la última semana.
En la noche catorce, tuvo la misma pesadilla. El recorriendo su casa con la ropa de dormir, de noche. La nena sentada en su cama y de ella emergía un olor rojo. Él se acerco, la abrazo, y sintió que de a poco el rojo se pegaba en sus manos, en ese momento espero que el despertador sonara. Pero nunca sonó. Él ya no estaba durmiendo.

03/04/2016

EL AMOR EN TIEMPOS DE CORCHEAS. (León Martínez)

Esa noche. No. Mejor, esos dos días previos a esa noche, esa invitación. Ese encuentro casual, esa razón de verse por la tarde. El saludo, el “hola, cómo andas”, el beso tímido en el cachete. Y ahora sí, esa mañana, esa pregunta, ese “Después”, ese “te espero”. Y al fin, esa noche. Ese lugar, ese concierto, esa impuntualidad, ese mensaje que nunca llegó, ese llamado que él rápidamente atendió, esa voz, esa risa, ese acuerdo de encontrarse. Esa calle, esa música, esa canción. Todas las sensaciones, todas las emociones. La vuelta a casa.
Todo estaba medido, algo los iba acercando, todo era una coreografía de la vida muy bien ensayada, como si todo tuviera que salir de esa forma, la charla, las risas, los abrazos, la vecina quejándose por la bulla, irse del lugar, todo. La plaza, la confesión, el beso suyo en la mejilla de ella, el de ella en el suyo, el segundo de ella. La sonrisa, cantar juntos, acercarse en un segundo a su boca y besarla. Es un cuento de ficción, una historia que está programada desde el principio.
La intensidad que regala la noche, pero no cualquier noche, una noche de verano. El amor en los tiempos del s**o. El s**o como última opción. Solo un beso, un abrazo. Cada detalle estaba cuidado. La hora, los números, la sensación de que todo estaba mal, que no debían hacerlo. El romper esa regla. El hacerlo. La despedida. La caminata de vuelta a casa, una vez más. Todo había sido planeado por algo. Por la suerte quizás, por el destino. El sentir que se conocían, el no querer dejarse ir. El último beso. El ultimo abrazo. El “anda, me retan”. El mensaje en el camino. Él caminando solo. Ella durmiendo sola. El día terminando, el horario, nuevamente, perfecto. La puntualidad de la causalidad, el que todo pase por algo. El nuevo día empezando. La última vez que la vida se puso de acuerdo. La última vez que sus ojos se volverían a ver.

http://soyelmismopupi87.wix.com/sebastianvlogs dejo por acá, un enlace que los llevara a la pagina principal. Por ahora ...
24/03/2016

http://soyelmismopupi87.wix.com/sebastianvlogs dejo por acá, un enlace que los llevara a la pagina principal. Por ahora esta en estado Beta, con el tiempo mejoraremos y Sebas tendrá el lugar que se merece! Gracias por el apoyo y por compartir ;)

Pricipal

10/03/2016

Sombras (León Martínez)

Sebastián se despertó una madrugada y vio sombras en la pared. A decir verdad, no tuvo miedo, pero de todas formas se tapó hasta el cuello y de ahí en más, sólo esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. La poca luz que daba el foco de afuera, entraba por las hendijas de los postigos y chocaba contra la pared. Por suerte para Sebastián, la habitación no era muy grande. Quizás unos cuatro metros de ancho y unos diecisiete cerámicos de largo. Pero esa poca luz que entraba servía para dar un respiro a los ojos de Sebas, que se cansaban de rebotar en las paredes observando aquellas sombras. Así empieza esta historia.
Era invierno, casi fines de Julio, hacia frio, pero ya no esas friolentas noches de mitad de mes. La pieza seguía oscura, y Sebastián miraba al vacio, o quizás el techo, quizás la pared o quizás era la nada total, pero él notaba que las sombras estaban ahí. Según su imaginación, esperando atacarlo cuando él intentara prender la luz.
Trataba de imaginar alguna estrategia para hacerlo. Primero intento encontrar la ventana. Su luz le iba a permitir saber dónde estaba la puerta y donde la llave de la luz, para poder actuar rápido y efectivamente sin que las sombras llegaran antes a él. La ventana era una salvación pero a su vez un problema, porque se reflejaba exactamente en la pared de en frente. Ahora en lugar de tener una ventana, tenía dos.
Mientras elegía una ventana y las sombras se movían de aquí para allá, agazapándose en la oscuridad, esperando el momento para atacar, Sebastián pensaba en el resto de obstáculos que tendría hasta llegar al aplique de la luz.
Pensó rápido qué tenía a su derecha y qué a su izquierda. A su derecha, al lado de su cabeza, estaba la mesa de luz. Frente a ella, sobre el suelo, debían estar sus zapatillas. Aunque fue un pensamiento tonto, ya que ponérselas lo haría perder tiempo y las sombras podrían llegar a él. Siguió con su mapa mental. Las zapatillas debían estar apuntando a la pared donde no había ventana. Así que a unos tres pasos estaría la banqueta con la ropa. Al lado de la banqueta, algunas botellas vacías del festejo que había hecho para el cumpleaños de su amigo Franco. Al terminar la fila de botellas, el ropero, doblando la pared.
Sebastián miró a las sombras y les sonrió burlonamente. Ya tenía una parte de su mapa hecho. Pero sin perder el tiempo siguió planeando su corrida hacia la luz. A los pies de la cama estaba la mesa donde él ponía la ropa para la mañana siguiente. Aunque no sería útil vestirse. El pantalón corto que usaba para dormir y la camiseta de Estudiantes gastada serían suficiente armadura para llegar hasta su destino. Siempre y cuando fuera rápido.
A la izquierda, debía estar la banqueta con la computadora arriba. Además la ventana y debajo de la ventana, sobre la izquierda, el calefactor. Donde terminaba el calefactor, la pared. ¡BIEN! Ya casi había completado su plan.
Con la mayor parte del trayecto organizado, volvió a mirar las sombras. Seguían ahí, pero desesperadas, como si fueran a atacar las sábanas donde él se protegía. Sebastián cerró los ojos, y pensó rápido en completar su estrategia.
En frente de la mesa de la ropa, estaría la pared que él necesitaba. Así que repasó los detalles de ese lado. Contra el calefactor estaría la silla con la ropa húmeda secándose. Seguido a la silla, nada, pero a un paso debía estar la caja donde apoyaba el routter. Arriba y a la izquierda, estaría la perilla esperada. Y al lado de esta, la puerta, sin duda alguna. Solo tenía una oportunidad, todo debía salir bien.
Ya con el cuadrado de la habitación armado, pensó los últimos detalles. Debía recordar por donde pasaba el cable de la computadora que tenía sobre la banqueta al lado de su cama. Y también, donde había quedado la pelota con la que había jugado antes de acostarse. Además recordó que el bolso de viaje estaba armado y en algún lugar del suelo. Nervioso por el miedo a tropezar, miró a las sombras y éstas, ahora, se burlaban de él. A su vez, pensó en qué pasaría si hubiese otra sombra esperándolo debajo de la cama.
Quizás, con un salto, logre escapar de esa, se dijo a sí mismo, y siguió con su plan. Lo único que le faltaba era pensar en cómo sacarse las sábanas sin perder el tiempo. En como destaparse de un solo tirón y en el mismo movimiento coordinar para saltar y al tocar el suelo ya estar listo para correr.
Toda su estrategia estaba completa, así que miró por última vez a las sombras. Y ahí estaban, tomando carrera para ser tan rápidas como él. Sebastián abolló un poco de las cobijas en su mano izquierda, así destapaba su lado derecho y podía correr recto hacia la perilla. Cerró los ojos, los abrió, relojeó las sombras, apretó un poco más las cobijas, respiró profundo y tiró bien fuerte liberando su lado derecho por completo. Pegó un salto atlético y corrió como Usain. Saltó el bolso por instinto y estiró su mano, alcanzando la perilla mientas sentía la garra de una sombra agarrándolo. Cerró los ojos, y sintió el “clic” de la llave accionándose. Entonces se despertó. Era de madrugada y vio sombras en la pared…

12/04/2014

No sé porque, pero de chico me llamaban la atención las cosas de mis hermanos. TODAS. Pero de todas había una que me atraía más que las demás. Era una armónica de doble lengüeta que mi hermano mayor guardaba en la repisa de arriba, donde, por supuesto, yo no alcanzaba. O al menos, eso creía él.
Me gustaba tanto como para no sentir sueño a las 7.30 am. TANTO como para perderle el miedo a las alturas durante unos minutos y alcanzar ese tesoro metálico. El sabor a oxido que quedaba en mis labios por soplar el gastado instrumento era mi desayuno preferido. El olor a metal viejo y el aire caliente que devolvía cada nota aspirada, era el oxigeno matutino diario. Y entre intentos, sonidos, notas, y tonos, pasaba mis mañanas. Mis mejores momentos.
Para muchos no era más que un instrumento viejo, que no servía más. En fin, una armónica amarilla, con bordes de metal picado por el paso de los años, heredada por el mayor de los 3 hijos de su antiguo dueño. Pero para mí, era… no se… algo mágico. Algo que no sabría describir. Eran, 20 espacios donde mis labios rebotaban, eran 15 lengüetas vibrando de 3 en 3, de 2 en 2, de 1 en 1, o de 2 en 1, según la pirueta que mi lengua intentara hacer. Era el famoso “sueño del pibe”.
Extrañaba mucho a mi hermano, pero deseaba que volviera más tarde por alguna razón, no sé, que… la directora lo hubiera retardado un poco, que se quedara conversando con alguien un rato mas en alguna esquina de camino a casa, y así yo poder practicar un poco más. Pero eso nunca pasaba. Bueno, nunca, hasta que tuve mi propia armónica.
Me parece que veo a mi viejo entrando y pronunciando “fíjate, si te gusta te la quedas” y sacando del bolsillo una armónica azul de plástico, a la que bautice Carolina. ¡Qué alegría! ¡Dios! Ahora sí. Ya no tenía que andar a las escondidas, ya no necesitaba extrañar a mi hermano un rato más. Ahora podía estar todo el tiempo que quisiera, delante de quien sea, y en el lugar de mi casa que yo eligiera, con mi armónica propia.
Así paso el tiempo, y las cosas cambiaron bastante. Mi hermano termino la secundaria y hace 10 años que no vive en mi casa. Yo ahora sé distinguir los bending, de los neutros y he dejado de tocar solo en los rincones de la casa para tocar antes cientos de personas. La armónica de mi hermano, está guardada en una caja, junto a un montón de recuerdos más. Y Carolina… bueno Carolina es la primera de quince armónicas que hoy se hacen compañía en mi propia repisa…

21/03/2014

De chico odiaba el fútbol. Además era el típico gordito inútil al que mandaban al arco para que no estorbara en otro lado de la cancha. Era lento, torpe, y no tenia ni una misera pizca de garra para el ejercicio. Siempre era el último al que elegían. Y por lo general, me elegía mi mejor amigo, porque le daba lástima. Aunque a veces, ni él me elegía.
Esas cosas fueron las que desarrollaron en mi un tipo de rencor hacia el fútbol. Esas cosas y el pelotazo que me pego mi papá cuando era chico y mientras yo lloraba el me dijo "No fue tan fuerte, no llores, cuando pateen de verdad que haces? te corres?".
Así que SÍ, odiaba el fútbol.
Fui hincha de River Plate solo porque vivo en Argentina (acá todos tienen que ser hincha de alguien, al parecer) y ademas porque en mi casa lo eran todos. No significaba que me importaba serlo. Solo decía que lo era porque casi que me enseñaron eso como mi nombre.
Muchos años, a causa de esa falta de sentimiento hacia el club, por parte de mi padre (nuevamente) y mi hermano, sufrí una especie de castigo. Tenía que escucharlos diciéndome, repitiéndome e insinuándome, en cada oportunidad que tenían, que yo era HINCHA de Boca... Club que tampoco me interesaba.
En el 2006, en mi pueblo se re-inauguro el Club Atletico Independiente. Al que, obviamente, se anotaron todos mis amigos. Y yo. Me anote porque sino no los veía y tenía que pasar la tarde solo en casa. Pero me sentía mejor jugando a la pelota, y de a poco, empece a pasarla estupendo. Y tome el consejo del DT: Miren fútbol - decía- miren el jugador del puesto que juegan ustedes. Y así lo hice, como chico obediente que solía ser. Mire fútbol. Es ahí, donde la mística comienza.
Era un partido de la liga Argentina. Jugaban Estudiantes de La Plata y Banfield. En el que gano Estudiantes 2 a 1, o algo así. Y me gusto. MUCHO. Sobre todo me llamo la atención ese equipo de camiseta roja y blanca abastonada. Pero pasó. Miraba cuanto partido pudiera, pero me encantaba volver a mirar a ese equipo.
El torneo terminó, creo que lo gano Boca. Pero lo importante es el torneo que le siguió a ese. Me propuse mirarlo entero. Ademas había mirado el mundial de Alemania, y me encantaba mirar partidos a esa altura. En octubre, mas precisamente el 15 de Octubre, el Equipo de las remeras rojas y blancas a bastones vencía a su archienemigo por 7 a 0... DIOS! que lindo fue haber visto esos 90 minutos! completos... y si, ya amaba ese equipo. Si se preguntan por River, bueno, sinceramente, no si como iba en ese momento en la tabla.
La segunda prueba llego en la fecha 15 cuando se enfrentaba Estudiantes y River, donde ganó el pincha 3 a 1 con un gol de Alayes. UF, me sentía feliz, y mi viejo me quería comer porque se suponía que yo era de River. Unas fechas después Estudiantes llegaba a un desempate historico contra Boca. Vi tantas noticias, escuche tantas historias sobre lo que era Estudiantes de La Plata, que no pude resistirme a ver esa final.
Todavía me acuerdo del gol de tiro libre de Sosa, y el relato del Pollo al son del "se durmió Cahais, por arriba vale, por arriba vale" mientras Pavone ponía esa pose de León festejando. Ya con veintitres años de sed mu**tos por los dientes de este equipo campeón, vi a la bruja festejando con su papá, y pensé: Quiero eso, ser así.
No recuerdo si fue al año o en que momento pero escuche la canción "carta de un león al lobo" y me encantaba cantarla... Mas tarde, llego a mi la canción "El cielo nos queda muy chico" de un cantante llamado Iván Sadovsky. Y ahí dije, listo, esto es lo que quiero, alentar a un equipo así. No podia, ni puedo, evitar la piel de gallina mientras escucho ese tema. Fue ahi donde me dije a mi mismo y a mi familia, YO SOY PINCHA. Y lo soy por elección propia.
Después leí la historia del club, informes, noticias, todo. Incluso llegué a escribirle una canción, que años mas tardes, por culpa de un virus,perdí. Y toda la magia que salia de lo que leía, todas las coincidencias con mi vida, y las canciones de Iván, fueron transformándome, hasta ser un loco, amante del fútbol y de Estudiantes. Así que, gracias digo, nobleza obliga, a Iván por sus canciones, al Universo por poner ese primer partido delante mío y a Verón por regalarme tanta magia.

22/02/2014

En la quinta hoja del cuadernillo encontré una confesión que he hecho en algún momento, y que todavía sirve. Una especie de desnudamiento del alma, en el que, por supuesto, no miento ni juego. Un sentimiento escrito en forma de palabras mixtas sentimentalmente.
Nací con 17 años, debe ser por eso que mi personalidad acarrea muchas idas y venidas de animo, muchas tristezas. Incluso creo haber nacido con el propósito de ser el desahogo de alguien. Quizá ese alguien nació con el propósito de crear alguien para desahogarse. A los que no me conocen, quiero contarles algo sobre mi.
Yo soy de las personas que siempre les pasa algo. No soy de engañar a los demás diciéndoles que me siento bien si eso no es cierto. No soy de sonreír si algo no me hace dar ganas de hacerlo. Soy de los que les gusta ver el vaso medio vacío, para así, en algún momento, sorprenderme con la mitad llena. No tomo consejos hasta que no sienta por mi mismo, que ese consejo era útil y que me hubiera servido hace un tiempo. No soy solitario por elección, aunque a menudo, elijo estar solo. Digamos que tengo ese don de hacer que la gente se aleje de mi. No se porque, pero lo se.
No olvido ni supero, no me gusta eso. Soy el estilo de persona que carga todas las cosas a cuenta mía. Jamás me molesto saber que mis parejas tenían ex. Más aún, prefería saber que mis parejas contaban con un pasado, púes yo también tengo uno. Y uno del cual no estoy para nada orgulloso. Me cuesta empezar a hablar con alguien nuevo, pero a la vez que empiezo, no me gusta saber donde esta el final.
Por dentro llevo una furia como la de los vientos, por fuera la tristeza como el mar, y en el medio de todo eso, la calma, como el destino al pasar. Nunca me sentí a gusto en un grupo, no me siento aceptado por los demás. Quizá sea que primero debería aceptarme yo mismo. No lo se.
Soy hombre, pero a veces siento que no pienso como muchos de ellos. Otras veces siento que ELLOS no piensan como yo. LLoro. A veces mucho, otras veces lo que me queda por llorar. Sonrío, no muy seguido, pero si lo hago, lo hago de verdad.
Lo mas importante de mi, doy sin esperar que me den, pero cuando necesito, me desiluciona ver que nadie me va a dar nada como yo le dí. No olvido. No perdono. No culpo. No castigo. Solo vivo mi vida, esperando que algún día, en algún momento, todo vuelva a mi. Quizá ese día termine siendo elegido por mi. O quizá ese día solo llegue.
Prefiero imaginarme historias, porque soy muy cobarde para vivirlas. ¿Sera esa la razón por la que nací? Quizá soy las aventuras que alguien más no se anima a contar. Más allá de todo lo que sea, soy Sebatian. Soy las letras que a alguien mas representarán.

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Tandil
7311

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