09/06/2026
✨ Desde hace meses me asaltan dos citas. Una de Montaigne, casi un mantra personal. Dice que el ensayo es “una locura sin consecuencias que muere en mí”. La otra es de un poema de Bravo Varela, del que no recuerdo más que un verso suelto, “perdiendo la cabeza en ambientes controlados”. En ambas, la locura es una sombra recortada. El diálogo entre ellas habla más del estado del alma de quién escribe que de cualquier afinidad estilística.
Llevo tiempo tratando de desmenuzar esta unión. Preguntándome cómo el miedo a perder la cabeza se vuelve leitmotiv. Primero pensé que tenía algo que ver con ser mujer y las tareas de cuidado. Después esbocé algunas notas sobre la coyuntura local. Al final descarté todo y supuse que no era más que una entrada de diario. Entre tanto fracaso, un encuentro alegre, una revelación: esta novela.
En su primera escena, una voz inquietante ofrece “el regalo de una visión”: el narrador puede elegir entre lo más hermoso o lo más terrible que verá jamás. No contesta. Lo que queda por leer es el camino que lleva a uno u otro. No mucho después, una abuela como una bruja vuelve a partir el mundo en dos cuando le recorre al narrador la cara con un dedo y le señala que su rostro tiene un lado distinguido y un lado vulgar. Le pide que haga buen uso del que corresponde.
De ahí en más, la novela oscila entre la ficción más pura, la memoria urbana, la ensoñación total, el ensayo. El mundo narrativo, una y otra vez, se bifurca: entre ricos y pobres, cuerdos e insensatos, s**o y violencia, Barranquilla y Bogotá. A la vuelta de cualquier desvío, un mismo fantasma: una locura que acecha y determina. Quizá la de la abuela, desesperada por no parecer pobre aunque lo sea. Pero también la locura del padre, esta sí diagnosticada: la de un hombre que quiere ser presidente de Colombia y de Italia al mismo tiempo, que una tarde cualquiera llena la casa familiar de pájaros para protegerse de quién sabe qué.
Leí este libro casi de manera oracular: no porque haya contestado ninguna de las preguntas que ya masticaba, sino porque en su brutalidad y su ternura dio luz al camino que lleva a responderlas. Todavía no adivino si es el más hermoso o el más terrible.