23/06/2023
No podía reprocharle nada ni tenía razones o argumentos para salir al cruce de su actitud, de su silencio, de su distancia, una distancia que la salvaba de mis impulsos y de mis fuerzas porque ella defendía su honor, su dignidad, su respeto y aun apostaba a ese amor, su amor, un amor que la protegía de mi orgullo, de mi falta de decisión y de coraje; un amor que en el transcurrir del tiempo y en los pasos de mi destino me negaba a darle en toda su magnitud, en todo su esplendor.
Ella quería mirar dentro de mis ojos y descubrir para siempre la verdad, quería saber si la amaba, si era realidad la poesía que la nombraba, la poesía donde era la musa, la reina, una poesía que vivía dentro de sus latidos y emergía cual manantial de las montañas en su caudal llena de deseos, de placer y de pasión, una poesía que le daba vida y esperanzas de un horizonte a mi lado, un atardecer juntos de la mano, una noche en la que brillen las estrellas divinas en los suspiros de su cuerpo.
Estaba cansada de acostarse en su cama vacía en ese mundo de soledad, de clavar sus uñas en la almohada imaginando que como una fiera devoro su apetito y ponía una barrera para esconder del otro lado su corazón, un corazón que era mío, solo mío porque podía sentir cada uno de sus latidos, porque me llegaban a los dedos los rocíos de sus ganas, porque ella estaba adherida a mis alas, porque en mis pensamientos jamás habría lugar para otra mujer, porque seguía las huellas de su perfume y pronto estaría en sus brazos.