03/11/2021
Les presentamos "Sobre la mochila azul", el cuento de Martin Tallarico que resultó ganador del primer premio del concurso "Cuentos en la orilla". Que lo disfruten!
💥 Sobre la mochila azul
Con un sorbo grande terminé la última copa de la botella de vino tinto, sentado solo, esperando. Hacía mucho rato que esperaba. Hacía una botella que esperaba. Sólo eso, sólo esperaba y tomaba vino. Habíamos acordado encontrarnos ahí, en ese bar. Yo tenía lo que te había dicho que iba a traer, esperaba que fueras vos y trajeras lo mío.
Finalmente llegaste. Hacía una hora que te esperaba, tal vez más. Llegaste empapada. Había dejado de llover un rato antes de que vinieras, mucho rato. Llevabas un bolso azul oscuro grande, tal vez demasiado grande. No era tan grande lo que me tenías que llevar, tampoco era tan pesado, sin embargo el bolso azul parecía pesado. Lucía pesado.
No nos conocíamos aún pero el lugar estaba vacío, vos ibas a verme a mí, no cabía duda. Te sentaste conmigo, te pregunté si tomabas algo caliente, un café, o alguna otra cosa. Te tendría que haber saludado antes, pero se me pasó, te vi así empapada y se me pasó.
Daniela, me dijiste. Estiraste la mano como para saludarme. Julio -respondí- y también estiré la mano.
Tomaste el bolso azul, lo pusiste sobre tu regazo, abriste el cierre de la parte superior y comenzaste a revolver dentro, como si buscaras algo que supieras, te habías olvidado. Esperaba que buscaras la billetera o alguna otra cosa, no lo que habías ido a llevarme. No te lo voy a negar, me estaba preocupando un poco.
En un momento tu cara cambió. Encontraste lo que buscabas. No te das idea del alivio que sentí.
- Bueno, yo traje lo que tenía que traer. ¿Vos trajiste lo mío? - Preguntaste, con la seguridad de haber hecho lo que se esperaba.
- Por supuesto, para eso vinimos. ¿No?
- Es que, por un instante dudé, no podía encontrarlo. –Te sinceraste.
Pusiste un sobre sobre la mesa del bar. Yo atiné a agarrarlo, pero pusiste rápidamente tu mano sobre el sobre.
Agarré mi mochila y también busqué dentro. No me llevó tanto tiempo como a vos. No tuve la picardía de generar el mismo suspenso, no era mi fuerte.
Sin embargo hice lo mismo, saqué un sobre, más grande que el tuyo y de color marrón. Lo puse delante de mí, justo al lado del otro.
- Tomá, -te dije- es todo lo que pude encontrar.
- Gracias. -me contestaste.
Arrastraste por la mesa el que habías traído, en mi dirección y tomaste el que yo te alcanzaba. Lo guardaste en el bolso azul, sin abrirlo y te paraste.
- Pará, ¿no lo mirás? – te pregunté.
- Confío en vos.
Yo; para no ser menos, tampoco revisé dentro del sobre que me diste y lo guardé en mi mochila.
Nos saludamos cortésmente, y te fuiste. Nunca más nos volvimos a ver.
Después de tanta espera, la curiosidad me estaba matando. Saqué el sobre de la mochila y tratando de no romperlo lo abrí desesperadamente.
Estaban ahí, ¡al fin! Las guardé a la misma velocidad con la que las había sacado del sobre, controlando que nadie hubiera visto nada aunque el bar estaba vacío. Lo guardé en mi mochila, también azul. Pagué el vino y luego de un ratito, me fui. Estaba muy contento. Tenía una absurda sonrisa dibujada en mi cara.
Caminé por la vereda esquivando varias mesas de metal aún mojadas. El día continuaba gris y oscuro y se contrastaba con mi estado de ánimo. Me costaba creer que tenía en mi poder absolutamente todas. Tampoco te lo agradecí. Es probable que nunca llegues a saber que con ésa terminaba mi tarea. Ya no buscaría más. No esperaría a gente que no conozco, sentado solo en algún bar
El sobre blanco, impoluto, que me diste me había impregnado las manos con tu perfume. Creo que era tu perfume. ¿O habría pasado por varias personas antes que me lo des?
Cuando llegue a la esquina del pasaje doblé para ir a tomar el colectivo. Eran unas pocas paradas, pero los truenos me hacían pensar que tal vez vuelva a llover. Sentado en el segundo asiento hice memoria de cada una, de cómo las había ido a buscar. Mientras veía las gotas transparentes y espesas caer sobre el asfalto recordé cada día, cada bar, cada botella de vino y fue en ese momento que me di cuenta. De golpe la sonrisa desapareció. Corrí a la parte de atrás del colectivo y toqué reiteradas veces el timbre. El chofer me miró por el espejo, y haciendo un gesto de fastidio me abrió la puerta. Volví de nuevo al bar, bajo la lluvia intensa ahora, corriendo las diez cuadras que me había alejado.
Miré por la ventana antes de entrar. El mozo había limpiado la mesa en la que yo estuve. No sabía nada de mi mochila. Vino una chica, mojada, así como vos, me dijo. Pero ya se fue.