18/11/2017
¡Platos voladores en la Patagonia! – ¡Extraterrestres en Monserrat! – ¡Cómo saludar a un venusino! – ¡La rueca que hace reverencias! - ¡El demonio de los celos!
Revista Así nº 267, 20 de junio de 1968.
El 4 de junio de 1968 un escéptico abjuró de su escepticismo y se convirtió a la nueva fe ufológica. Se trataba de Ulises Alejo Tiviroli (55 años, casado, una hija), piloto de Aerolíneas Argentinas desde hacía 22 años. En un viaje hacia Punta Arenas (Chile), el piloto se topó con un objeto de indudable origen extraterrestre:
“El OVNI tenía la forma de un plato al revés, semejante a un huso alargado de gran luminosidad. Desprendía en su parte superior un resplandor azulado v desde abajo lo rodeaba un resplandor rojizo que se diluía en amarillo, como si se tratara de una maquinaria accionada con productos en combustión. Lo más fascinante resultaron las maniobras del aparato, que no tengo ninguna duda, estaba comandado por individuos de otros mundos. El aparato giró 90 grados a la izquierda y luego de recorrer un trecho efectuó otro giro de 90 grados. Ningún avión de los que conocemos puede realizar estas maniobras bruscas como las observadas. El plato era visible netamente y podían describirse sus formas sin mayor esfuerzo. Estimo que debería hallarse de unos 15 a 18 kilómetros de nuestro Avro, y en la zona de influencia del aeropuerto.”
Con el objetivo de profundizar en el tema, la revista Así entrevista a un experto, uno de los pioneros de la ufología argentina. Se trata del artista plástico, telépata y profeta Benjamín Solari Parravicini, sobrino del famoso actor Florencio Parravicini. El reportaje no tiene desperdicio. Porque Solari Parravicini no sólo vio un OVNI, sino que, afirma:
“—Yo viajé en un vehículo extraterrestre, recorrí la Tierra, hablé con seres de otros mundos, pasé por casi todos Ios continentes y, además, me alejé de nuestro planeta en un viaje sencillamente fantástico e indescriptible.”
Lo interesante es que los contactos con extraterrestres de Solari se realizan de la manera más anodina, no hace falta viajar hacia zonas remotas, sino que se dan en pleno centro porteño, a las cuatro de la mañana:
“—Fue en 1964, caminaba junto con Generoso (señala a su amigo que está presente) y otro compañero, Rómulo Bonfante. Era de noche y ya nos volvíamos a casa. La niebla, muy espesa, no permitía ver ni a tres metros, además ya eran como las cuatro de la mañana. De pronto, en la esquina de Chacabuco y Diagonal Sur un hombre nos interceptó el paso. Su aspecto era normal, solo que no se entendía nada de cuánto decía. Después notamos – acota Generoso Idarraga – que vestía muy extrañamente, con una chaqueta como de cristal que le traslucía el cuerpo. Después – retoma el relato Solari- nos hacía señas para que fuéramos con él. Su aspecto – reiteró – era normal, tenía el cabello rubio y en nada difería de un ser humano, excepto lo ya mencionado de Ia vestimenta y que sus ojos extremadamente claros color té con leche, eran inexpresivos, como los de un ciego. Seguía hablándonos y nosotros sin entender absolutamente nada. Entonces decidimos abandonarlo mientras Bonfante decía: “Miren, este hombre debe de ser un extranjero que está perdido, llevémoslo a una comisaría”. Pero la verdad es que estábamos un poco asustados. Entonces decidimos irnos. Habríamos hecho una media cuadra cuando luego de rápidas conjeturas deducimos; este hombre no es de otro país; es de otro mundo. Resolvimos apresuradamente volver para verlo otra vez, pero ya era tarde: se había marchado.”
No nos atrevemos a discutir la validez de la deducción final, sobre todo porque sólo fue el proemio un tanto bizarro de una experiencia de contacto extraterrestre más intensa que sucedería tiempo después, en circunstancias también bastante ordinarias:
“—Recuerdo que esa noche el tiempo era muy malo, arreciaba el temporal, y como estaba muy aburrido en casa, decidí ir a ver “My Fair Lady” en el teatro Nacional. Luego de la función fui a comer al restaurante “El Globo”, en Salta e Hipólito Yrigoyen. Allí me encontré con unos amigos...”
Adelantemos un poco, Solari es un poco demasiado pródigo en los detalles:
“Cuando caminaba por la intersección de la avenida 9 de Julio y Ia calle Alsina —recuerdo que no se veía un alma— apareció nuevamente el hombrecillo de noches atrás. Quedé anonadado, no sabía qué hacer, mientras que el extraño ser me hacía señas con los brazos, que elevaba constantemente como indicando algo hacia arriba. Bastante atemorizado, lo reconozco, apresuré el paso, pero de nada valió, a los pocos metros sentí un mareo tremendo y el cuerpo se me paralizó totalmente, después me desvanecí. Cuando recobré el conocimiento me encontré en una especie de barcaza de formato redondo, estaba apoyado en la baranda y a mi frente vi al mismo personaje de antes y dos muy parecidos a él que hablaban entre sí y en su idioma. Luego se dirigieron hacia mí y pusieron sus manos sobre mis hombros, a manera de saludo. Al observar hacia abajo noté que la luz del extremo del Obelisco estaba debajo nuestro.”
Curiosamente, Solari Parravicini, generoso en detalles anodinos, no da muchas precisiones sobre su viaje. Sólo cuenta que los visitantes venían de Venus y lo contactaron por sus habilidades de telépata, aunque no aprovecharon esa circunstancia favorable para transmitir demasiada información. El viaje consistió solamente en una vuelta tipo calesita a la Tierra, para ser devuelto, poco tiempo después, a pocas cuadras de su casa, en Belgrano y 9 de Julio.
Sin embargo, el contacto con extraterrestres no es el único fenómeno extraño que puebla la vida de Solari. Casi al final de la entrevista, cuenta esta simpática anécdota animista:
“Días después llegó de París un concertista amigo, Minglin. Como vino a visitarme aproveché la oportunidad para invitar a algunos amigos. En el transcurso de la reunión, Minglin, por rara coincidencia, también dio un concierto de Chopin. Fue magistral y todos aplaudimos. De pronto notamos que una vieja rueca que tengo en el hall se inclinó dos veces hacia adelante, como haciendo una reverencia, y quedó nuevamente estática. Todos quedamos estupefactos, el concertista estaba pálido y tardó en reaccionar.”
En otras páginas, el “demonio” de los celos obliga a un hombre a asesinar a su mujer.