15/07/2021
Pocos días después de inaugurar mi librería apareció un personaje que siempre tendrá un lugar de honor en mi memoria. Fue a la hora de la siesta, un día de media semana, bastante cálido para ser invierno. La puerta se abrió, y entró un tipo no muy alto, delgado, calvo y de bigotes, cuyo estilo de moverse, oblicuo y cadencioso, recordaba a la Pantera Rosa. Amable, con muy buena onda, me dijo que estaban buscando textos sobre vida extraterrestre. "Momento" me vas a decir. "Ahí hay un error de tipeo o de conjugación. Es él estaba, no él estaban" "De acuerdo" te diré yo. Pero no hay error: él dijo que estabaN, no que estaba. Él (o ellos) iba(n) y venía(n), se alejaba(n) uno o dos pasos del mostrador y volvía(n) a acercarse a él, abría(n) una carpeta con recortes de diarios y me mostraba(n), diciendo: "Estamos trabajando en seguridad planetaria, estamos haciendo una tesis, estamos en la Biblioteca del Congreso consultando material, nos escapamos un rato, pero enseguida tenemos que volver" Ese rato que se habían escapado duró una, dos, tres horas. Yo le daba charla, me mostraba interesado. Él (no es que yo no quisiera creerle, pero mi percepción era que estaba hablando con una sola persona) me hablaba con soltura de la seguridad planetaria; y el gran peligro de ser invadidos, cuyas evidencias me mostraba, no lo tomaba a la ligera, pero sí con la serenidad de un sabio. Yo mismo asentía con seriedad a cada cosa que decía, pero no me estaba burlando de él. Tampoco estaba "jugando su juego". Si del mundo de lo "raro" hay algo en lo que no creo y que no me interesa, eso son los extraterrestres, del pasado del presente y del futuro. Pero este tipo era demasiado copado. Lo que estaba bueno, para vivir ese momento, no sé si era creerle, pero sí dejarse llevar. Tenía tan buena onda que dijera lo que dijera, estuviera chapa o no, creyera ser uno o dos o cinco o un ejército de almas protegiendo el mundo de la avanzada de los aliens, daba gusto hablar con él. De pronto volvía a decir (y perdí la cuenta de cuántas veces lo dijo) "Estamos haciendo una tesis, estamos trabajando en seguridad planetaria" y volvía a abrir la carpeta y a mostrarme recortes, y de pronto se ponía a mirar otros libros y hablaba de cualquier otra cosa, elogiaba a Perón, guardaba un súbito silencio, señalaba a San Martín en la tapa de un libro y decía: "Aunque EL HOMBRE es éste" y yo asentía con profundo acuerdo. Y así transcurrió una hora, o dos, o tres. Al fin decidió (o decidieron) que era hora de volver a su investigación, me dejó reservado un libro sobre cómo jugar bien al tenis, prometió pasar por él, y se fue.
Nunca lo volví a ver. Y la verdad, me hubiera gustado que vuelva, él y sus amigos, o colegas, o camaradas de armas en la lucha contra los invasores del espacio. He tenido más de un cliente con los pitufos dando vueltas fuera de la aldea y, por lo general, no es agradable. Pero el especialista en seguridad planetaria era una de las personas más agradables que conocí. Flotaba a su alrededor un aura de paz. Hace un rato, en cambio, entró un tipo que no tiene pitufos en la aldea, ni jugadores en el área, ni los patitos en fila, y ladró durante un rato su paranoia invasiva, de la que no vale la pena hablar. Quizá este loco mala onda me hizo extrañar a aquel loco buena onda y recordé que hace tiempo quiero rescatar las anécdotas perdidas de la librería. Esta es la primera, y una de las más entrañables, de todas ellas. Hoy quiero brindar a la salud del especialista en Seguridad Planetaria, y (cómo dejarlos de lado) sus ilustres compañeros.