19/04/2026
Hay algo que me parece fascinante y un poco triste al mismo tiempo.
Somos la generación que más sabe sobre vínculos, sobre apego, sobre límites, sobre lo que merecemos. Tenemos el vocabulario, tenemos la terapia, tenemos el podcast. Y aun así, creo que nunca estuvimos tan lejos de dejarnos llevar de verdad.
Porque en algún momento aprendimos a llegar primero a la decepción. Antes de que pase nada, ya estamos ahí, con la distancia lista, con el chiste preparado por si algo sale mal. Como si anticipar el golpe lo hiciera menos golpe.
Y funciona. Te protege. Pero también te deja en un lugar muy raro, porque el guion cultural no cambió. La fantasía del amor romántico sigue ahí, intacta, moviéndose por abajo.
La seguimos buscando aunque nos burlemos de ella. La seguimos esperando aunque digamos que no creemos.
Entonces terminamos viviendo en esa paradoja incómoda de querer estar disponibles y protegidas al mismo tiempo.
De ser racionales e irónicos con el amor y al mismo tiempo seguir queriendo que nos desarme alguien.
Esa tensión es agotadora. Y la mayoría lo vive como un problema propio. Como si fuera algo que tenés que resolver con más terapia, con más autoconocimiento, con más trabajo personal.
Pero no es tuyo.
Es el mundo en el que vivís. Es una época que te pide que seas completamente autónoma y al mismo tiempo te vende la fantasía del amor romántico como si nada hubiera cambiado.
Y cuando entendés eso, algo se acomoda. No porque el amor deje de ser complicado, sino porque dejás de cargar sola con algo que nunca fue solo tuyo.
Eso es lo que hacemos en el Club DUL. Cada mes tomamos un libro, un tema, algo que te está pasando, y lo miramos desde ahí.
Desde lo estructural. Desde lo que el mundo produce en vos sin que te lo digan.
Y cuando salís, salís distinta. No con respuestas, con herramientas.
Comentá CAMBIO si querés saber de qué se trata.