01/04/2014
CORRIDO
(SEGUNDA PARTE Y FINAL)
--Oiga amigo, qué me mira.
--La vista es muy natural.
Tal parece que así se dijeron, sin hablar. La mirada lo estaba diciendo todo. Y ni un ai te va, ni un ai te viene. En la plaza que los vecinos dejaron desierta como adrede, la cosa iba a comenzar.
El chorro de agua, al mismo tiempo que el cántaro, los estaba llenando de ganas de pelear. Era lo único que estorbaba aquel silencio tan entero. La muchacha cerró la llave, dándose cuenta cuando ya el agua se derramaba. Se echó el cántaro al hombro, casi corriendo con susto.
Los que la quisieron estaban en el último suspenso, como los gallos todavía sin soltar, embebidos uno y otro en los puntos negros de sus ojos. Al subir la banqueta del otro lado, la muchacha dió un mal paso y el cántaro y el agua se hicieron trizas en el suelo.
Esa fué la merita señal. Uno con daga, pero así de grande, y otro con machete costeño. Y se dieron sus cuchillazos,sacándose el golpe un poco con el sarape. De la muchacha no quedó más que la mancha de agua, y allí están los dos peleando por los destrozos del cántaro.
Los dos eran buenos, y los dos se dieron en la madre. En aquella tarde que se iba y se detuvo. Los dos se quedaron allí bocarriba, quién degollado y quién con la cabeza partida. Como los gallos buenos, que no más a uno le queda tantito resuello.
Muchas gentes vinieron después, a la nochecita. Mujeres que se pusieron a rezar, y hombres que dizque iban a dar parte. Uno de los mu***os todavía alcanzó a decir algo: preguntó que si también al otro se lo había llevado la tiznada.
Después se supo que hubo una muchacha de por medio. Y la del cántaro quebrado se quedó con la mala fama del pleito. Dicen que ni siquiera se casó. Aunque se hubiera ido hasta Jilotrán de los Dolores, allá habría llegado con ella, a lo mejor antes que ella, su mal nombre de mancornadora.
CONFABULARIO
Juan Jose Arreola