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UN INTRUSO BIENVENIDO                                         G es un gato gris, metiche y parlanchín. M es una mujer ma...
25/04/2026

UN INTRUSO BIENVENIDO

G es un gato gris, metiche y parlanchín. M es una mujer mayor, ya jubilada.
Este fue el más reciente diálogo entre ellos.

-G:
Cuando entre giros rozo tus tobillos, suelo percibir olor a perro en el calzado que llevas puesto. Siendo que aquí no albergas a ningún can, me pregunto: ¿acaso te acercas a los perros de la calle?

-M:
Así es. Otras veces son ellos quienes se me arriman. Como vos últimamente.

-G:
¿Será porque percibimos angustiada y solitaria a una aliada que nos respeta y nos aprecia? ¿Te has planteado eso alguna vez?

-M:
Sí G, claro que lo he pensado en esos términos. Y estoy muy agradecida por ello; también por considerarme una aliada.
Mi madre solía decir: “ser crueles con los animales es una herejía”, ¡una herejía!, textual. Es probable que de allí provenga mi actitud para con ustedes.

-G:
¿Y por qué será que no todos los humanos son así? Muy por el contrario, la mayoría son por completo indiferentes, o peor, violentos y crueles con nosotros.

-M:
Supongo que quienes los maltratan son hombres y mujeres que, por una mezcla intrincada de causas, han devenido en seres insensibles, despiadados, a mi criterio condenables. De todos modos no me sorprende, ¡si hasta entre pares los humanos actúan de igual modo!: la cantidad de niños deambulando sin destino por las calles no es muy distinta a la de perros abandonados, y el número de abuelos y enfermos sin contención familiar no deja de crecer, son “depositados” en albergues como material descartable.
Eso de ayudarnos los unos a los otros ha quedado en el trágico olvido.
Te digo más: incluso entre quienes son tan bondadosos con ustedes existen personas denigrantes, manipuladoras, injustas e impiadosas con su prójimo.
Por último te advierto: no cometas el error de considerarme una persona ejemplar, es un categoría que no merezco; ¿quedó claro?

-G:
¡Vaya, vaya!…
Me has dejado tan sorprendido como confundido: mejor retomemos el asunto de tu angustia.
Ya sabes que los gatos somos intrusivos y curiosos incorregibles, no creo que esta consulta te suene invasiva: ¿de dónde provienen tanto agobio y tus desconsuelos?

-M:
Los humanos somos seres más complejos que el resto de los animales. Contamos con algo que llamamos conciencia. Allí guardamos, queramos o no, para bien o para mal, un “registro histórico” del pasado propio y, además, una “noción de futuro” que muchas veces nos aterra.

-G:
Entiendo muy apenas M… ¿por qué no vas derecho al punto?

-M:
En eso que tú llamas “el punto” están involucrados mi pasado -desde la adolescencia hasta el inmediato ayer- así como mi futuro, por ello la introducción. Ahora podré ser más directa.
He cometido demasiados errores “no forzados” en lo que va de mi vida, especialmente en el ámbito afectivo: respecto al vínculo con mis hijos y a mis relaciones de pareja.
De tantas malas decisiones y procederes, ahora me siento arrepentida. Y temo que, para subsanar las consecuencias de mis desaciertos, entre ellas mi soledad, se haya hecho irremediablemente tarde.
Finalmente, si hay algo de azar en nuestro destino, aseguraría que, en los llamados de la pasión, la suerte se tomó el trabajo imperecedero de contrariarme.
Sea como sea, estoy pagando cara la factura.

Tras esa confesión, G se acercó a M para obsequiarle un gesto solidario a su aliada. Luego, se dirigió a un cubo tapizado con terciopelo negro, su posada predilecta para dormir.
Terciopelos negro y gris quedaron combinados durante un par de horas. Las emociones de M hallaron unos minutos de sosiego.

Febrero de 2026

MA***TO AMOR          Su ADN lo tenía condenado. Apenas pasados sus setenta, los síntomas hicieron su aparición: por mom...
25/04/2026

MA***TO AMOR

Su ADN lo tenía condenado. Apenas pasados sus setenta, los síntomas hicieron su aparición: por momentos olvidaba en absoluto lo que había dicho o hecho pocas horas antes.
Hoy tendría 85 años, falleció a los 80. De calma breve, formación precaria y escaso interés por las cuestiones intelectuales, contaba con forzada habilidad para los asuntos de negocios y una marcada obstinación por su trabajo.

**El mal de Alzheimer no perdona. Heredado por línea materna, estaba en sus genes y, a lo largo de casi diez años, hizo estragos en su persona. Maldita enfermedad.

No fue un padre compañero. Tampoco cariñoso. Sus humores y sus tiempos no dejaron espacio para eso.
Mi viejo, llamado Segundo, fue uno de los tipos más nobles que he conocido y uno de los hombres que más he querido. Puedo jurar ambas cosas.

**La enfermedad de Alzheimer nos degrada. Primero los olvidos, luego episodios de desvarío, de sinrazón; el avance es irreversible, los signos se agudizan y se hacen permanentes. Maldita enfermedad.

El nombre de mi madre: Elvira. Para sus conocidos: T**i. Mi papá le decía vieja; mis dos hermanos y yo, mami.
Descendiente de italianos, nació en una morada de campesinos -trabajadores de la tierra, no terratenientes- y se crió junto a sus seis hermanos varones.
Desde niña, discípula de su padre; desde joven: católica, peronista de la vieja guardia, amante de los tangos de Darienzo, seguidora de la Legrand y de Sandrini, admiradora de Fangio y Favaloro.

**El Alzheimer nos degrada. Repetimos hasta el hartazgo las mismas preguntas; desconocemos hijos propios, nietos, esposa; perdemos la mirada, alucinamos; el caminar se dificulta, las funciones vitales también. Maldita enfermedad.

Entre ellos hubo muchas discusiones. A veces virulentas. De una virulencia verbal relativamente contenida, porque nunca llegaron al insulto descalificador, mucho menos a la violencia física. Aun así, esas viejas controversias suelen aquejar mi memoria.
Por otra parte, ya no como pareja sino en rol de padres, funcionaron en complemento. Seguramente sin proponérselos uno fue el contrapeso del otro.
Él: introvertido, voluntarioso, perseverante, honrado, respetuoso.
Ella: la palabra, el aliento, la escucha, el abrazo, la caricia, el beso.
Él, ejemplo silencioso. Ella, contención manifiesta.

**El Alzheimer nos degrada. Terminamos convertidos en bebés de 80 años: licuado en la boca, pañales, berrinches alocados y hasta violentos, horarios trastocados para el sueño, puertas con llave. Maldita enfermedad.

Mi infancia transcurrió en una especie de hogar-sanatorio.
Mi abuela paterna (como se deduce de lo ya mencionado) sujeta a los estropicios de su propio alzheimer. Mi otra abuela, también anciana, semipostrada por efectos de un ACV. Mi hermano Adrián, un niño con retraso mental severo.
De mi mamá los tres recibieron esmero y dedicación plenos. De ella, todos gozamos amor y amparo.
Mi vieja fue una mujer especial, créanme: coqueta, jovial, generosa, sensible, familiera, paciente, atenta.
De imaginarla profesional, yo la descubro enfermera: hubiera sido la más bella y buena enfermera jamás conocida. Creo que eso bien la pinta.
Tenía sus defectos, claro: exigente hasta el reproche, a menudo terca, por momentos celosa; entre otros.
También sus contradicciones: ante la realidad, en ocasiones se pronunciaba muy amplia, muy moderna, y en otros aspectos prejuiciosa, conservadora. ¿Pero quién entre nosotros tiene absoluta coherencia o una condición sin fisuras?
A pesar de sus largos pesares, considero que tuvo etapas de auténtica felicidad. Recordarlo, regocija mi corazón y alivia mi conciencia.
Me recomendaba dejar el ci******lo y habituarme a la oración, entre tantas sugerencias. Todavía no abandoné el tabaco, por confiesa imbecilidad. Y mi refugio en la oración es infrecuente. Lo cierto es que desde un tiempo, al rezar un Ave María, no elevo mis ruegos a la Virgen, sino a ella, a mi madre.

**El enfermo de Alzheimer acaba degradado. Y quien cuida de él, culmina desgarrado: el ánimo vencido, el humor impropio, la paciencia agotada, las entrañas en desorden, el cuerpo sin reservas. Maldita enfermedad.

Así terminaron ellos. Pues quien cuidó de él fue ella.
Por vocación y terquedad, nunca permitió que alguien la reemplazara o le asistiera. Durante esa década, lo atendió con infinita aplicación, como lo había hecho siempre.
Por amor reverencial hacia su hombre, ella entregó su vida: con sus defensas ausentes, una neumonía de Agosto se la llevó en seis días.
Murió unos meses antes que él. A los 75 años. Hoy tendría 81.
El destino acostumbra a traicionarnos con unos argumentos insondables, pero todo indica que la enfermedad de él también nos dejó sin ella. El Alzheimer de él y el amor sin atenuantes de ella. De lo contrario estaría aquí, con nosotros.
Maldita enfermedad. Ma***to Amor.
Sangre de longevos, costumbres saludables, actitud firme, pasión por la vida: era dueña de cuatro atributos que le auguraban una ancianidad lúcida y prolongada. Pero ganó el amor.
Yo seguiría teniendo su palabra de madre: guía y consuelo. Extraño eso: su palabra. A veces demasiado. Pero ganó el amor. El Ma***to Amor.

Octubre de 2013

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