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para que no digan que no los quiero 😘********La habitación quedó en silencio.Rhaenyra vio cómo Laenor fruncía el ceño. E...
08/22/2026

para que no digan que no los quiero 😘

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La habitación quedó en silencio.

Rhaenyra vio cómo Laenor fruncía el ceño. Elinda dejó de acomodar una de las mantas y apretó la tela entre las manos. Jacaerys dejó de jugar con Lucerys, mientras este miraba de uno a otro sin comprender completamente qué acababa de ocurrir. Incluso algunas de las mucamas se giraron discretamente hacia la cama.

—¿Ahora? —preguntó Rhaenyra con tranquilidad—. ¿En este momento?

La doncella pareció dudar apenas.
—Mi reina ha dicho que cuanto antes sea posible, mejor. Desea conocer su nombre y pedir por él en el septo, para que tenga una vida llena de felicidad y buena salud.

Rhaenyra sintió cómo Laenor se tensaba a su lado. Estuvo a punto de hablar, pero ella tomó su mano antes de que pudiera hacerlo y lo miró directamente, seria, mientras Joffrey dormitaba tranquilo sobre su otro brazo.

—Dile a la reina que agradezco sus palabras —respondió con una sonrisa suave—. Dile que iré.
Incluso Gerardys levantó la cabeza.

Laenor la miró como si hubiera perdido el juicio.
La doncella hizo otra reverencia antes de retirarse y la puerta volvió a cerrarse.

—No irás —declaró Laenor inmediatamente.
Rhaenyra bajó la mirada hacia Joffrey.

—Sabes que debo hacerlo.
—Rhaenyra, acabas de dar a luz.
—Princesa, yo recomiendo que…
Rhaenyra levantó la mirada hacia Gerardys.

—¿Qué recomienda, maestre? —preguntó con seriedad—. ¿Que no acate la petición de la reina? Es la esposa de mi padre y su palabra tiene autoridad.

—Nyra.
—La reina acaba de pedírmelo delante de una doncella, Laenor, y sabes perfectamente que todos hablarán.

Desvió discretamente la mirada hacia la servidumbre. Varias personas habían retomado su trabajo, aunque Rhaenyra sabía que cada palabra pronunciada en aquella habitación terminaría viajando por algún corredor antes del anochecer.

—No pienso darles una razón para inventar historias sobre por qué la princesa heredera se negó a presentar a su hijo ante la reina.
Respiró despacio y volvió la vista hacia las criadas.

—Salgan todos. Solo se quedan dos sirvientas.
Elinda eligió inmediatamente a las jóvenes que consideró necesarias y los demás abandonaron la habitación sin decir nada. Rhaenyra esperó hasta que la puerta volvió a cerrarse y llamó a su dama.

—Elinda.
—Alteza.
Le entregó a Joffrey con cuidado.

—Sosténlo un momento.
Elinda recibió al pequeño contra su pecho y Rhaenyra puso ambas manos sobre el colchón.
—Nyra —advirtió Laenor.

—Ayúdame.
Las dos sirvientas se acercaron para asistirla mientras Rhaenyra intentaba incorporarse. Apenas levantó el torso, el dolor le atravesó las caderas y la parte baja del vientre con tanta fuerza que tuvo que cerrar los ojos y contener el grito que quiso escapársele. Sus hijos estaban allí. No quería asustarlos más de lo necesario, aunque una parte de ella sabía que aquello también formaba parte de lo que necesitaba que ocurriera.

Laenor llegó a su lado inmediatamente y le sostuvo las piernas con cuidado mientras ella respiraba a través del dolor.
—Despacio, Laenor.
—Lo sé, lo sé.

—Poco a poco.
—Sí. —Rhaenyra respiró con dificultad y volvió la cabeza hacia el maestre—. Gerardys, si pudiera ayudarme...
—Sí, alteza.

El maestre se acercó de inmediato y tomó el lugar de una de las sirvientas, pasando un brazo con cuidado alrededor de su cintura para ayudarla a incorporarse. Rhaenyra apenas había conseguido sentarse en el borde de la cama cuando escuchó la voz de Jacaerys.

—Muña...
Giró la cabeza hacia él. Jace se había colocado junto a Elinda, con los ojos verdes enrojecidos, como si estuviera luchando con todas sus fuerzas para no llorar.

—¿A dónde vas?
Rhaenyra le sonrió, aunque la expresión le costó más de lo que habría querido.

—Tu madre tiene que hacer una visita rápida, mi amor.
—Pero el maestre Gerardys dijo que no podías levantarte de la cama.

—El trabajo de una madre nunca se acaba —respondió con suavidad—. Voy a descansar y guardar reposo cuando vuelva, ¿sí?

Lucerys se acercó a su hermano mayor y le tomó la mano. Miraba a los adultos sin entender del todo qué estaba pasando, pero en cuanto Rhaenyra intentó ponerse de pie y un gruñido fuerte se le escapó por el dolor, Luke se asustó y se escondió ligeramente detrás de Jacaerys.

El mundo pareció inclinarse sobre ella.
Rhaenyra cerró los ojos y jadeó mientras Gerardys y Laenor la sostenían con firmeza.

—¿Te vas a llevar a Joff? —preguntó Lucerys desde detrás de su hermano.
—Sí, mi cielo.

—Pero acaba de nacer.
Jacaerys rodeó a Luke con un brazo y Rhaenyra sintió una punzada de culpa al verlos así. Sus niños estaban preocupados, casi llorando, y aun así ella no podía detenerse. Había esperado aquello durante semanas. Solo que todo había resultado mucho peor de lo que había imaginado. El parto, la sangre, las horas perdidas. Aun así, ya había movido demasiadas piezas como para retroceder ahora.

Una de las criadas se acercó para ayudarla a quitarse el primer camisón. La tela estaba pegada a su piel por el sudor y, cuando finalmente lograron retirarla, la joven reparó en las manchas oscuras que cubrían la parte inferior.

—Princesa...
—No digas nada —murmuró Rhaenyra, apretando los labios mientras miraba de reojo a sus hijos—. Es una orden.
La muchacha tragó saliva.

—Sí, alteza.
—Madre, no vayas —susurró Jacaerys.

Rhaenyra volvió la cabeza hacia él. Lucerys tenía el rostro escondido contra Elinda, que sostenía a Joffrey con extremo cuidado.

—Muña, por favor —sollozó Luke.
Rhaenyra sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
—Mis niños...

—Quédate aquí, por favor —pidió Jacaerys. Sus ojos estaban húmedos, pero mantenía aquella expresión seria que siempre intentaba poner cuando quería parecer mayor de lo que era. Su valiente chico.

—Mamá tiene que hacerlo.
—Muña...
Laenor cerró los ojos durante un instante y volvió la cara hacia otro lado. Rhaenyra buscó su mano y la apretó. Él regresó la mirada hacia ella con la mandíbula tensa.

—Necesito que estés ahí, ¿entiendes?
—Claro que estaré.
—Bien. —Rhaenyra miró entonces a la sirvienta—. Dame el vestido.

—Princesa...
—Ahora.

La joven asintió y comenzó a ayudarla con un vestido limpio. El simple movimiento de levantar los brazos hizo que Rhaenyra maldijera entre dientes. Gerardys mantenía una mano firme alrededor de su cintura para sostenerla mientras Laenor vigilaba cada movimiento.

Cuando intentó acomodar la falda, una punzada mucho más fuerte le atravesó la parte baja del cuerpo.
Rhaenyra se quedó inmóvil.
Sintió humedad entre las piernas.

Otra vez.
—Mierda...
Bajó la mirada y vio cómo una nueva mancha comenzaba a extenderse sobre la tela limpia.

—Nyra, ya basta —murmuró Laenor.
—Dame un momento —respondió ella, jadeante. Sentía el cuerpo ardiendo.

—Necesitas descansar.
—Necesito ir, Laenor, y lo sabes.

No quiso decir nada más delante de las sirvientas, mucho menos delante de sus hijos. Laenor chasqueó la lengua y apretó la mandíbula antes de mirar a una de las muchachas.
—Trae otro vestido. Que esté abierto por delante y sea fácil de poner.

—Sí, alteza.
Lucerys soltó un pequeño sollozo. Rhaenyra no se atrevió a mirarlo. Sabía que si veía a Luke llorando iba a quebrarse, y no podía permitirse hacerlo todavía. Jacaerys estaba un poco más contenido, pero precisamente por eso dolía más verlo tan pálido y quieto.

Esto era por ellos.
Por Luke. Por Jace. Por Joffrey.

Rhaenyra permaneció inmóvil, respirando despacio mientras esperaba a que trajeran el otro vestido. Gerardys no había soltado su cintura y Laenor seguía a su lado, preparado para sostenerla si las piernas volvían a fallarle.

Entonces la puerta se abrió.
—Perdón por la tardanza, me costó encontrar esto —la voz de Viserys llenó la habitación—, pero lo encontré, hija. Lo...
La frase murió. Rhaenyra levantó la vista.

Su padre se había detenido en medio de la habitación con algo entre las manos, aunque ella ni siquiera alcanzó a reparar en qué era. Viserys permaneció inmóvil, mirando la escena frente a él.
Gerardys sosteniéndola por la cintura. Laenor a su lado. Una criada con otro vestido entre las manos. Elinda sosteniendo a Joffrey. Lucerys llorando junto a su hermano.

Jacaerys pálido, observando a su madre con unos ojos demasiado grandes. Y después la mirada de Viserys descendió. Hasta sus piernas. Hasta la sangre que volvía a manchar la tela.

Rhaenyra vio cómo el rostro de su padre perdía el color.
—¿Qué estás haciendo?

La voz de Viserys salió quebrada y Rhaenyra levantó la mirada hacia él.
—Padre… yo…

—¿Qué estás haciendo levantada? —repitió mientras dejaba sobre la mesa aquello que llevaba entre las manos y cruzaba la habitación en apenas un par de zancadas.
—Yo estaba…

—La reina solicitó conocer al nuevo príncipe, alteza —intervino Gerardys en voz baja.
Rhaenyra giró inmediatamente hacia él.
—Gerardys.

Viserys, en cambio, ya había vuelto la mirada hacia el maestre.
—¿Ahora?

Rhaenyra no respondió. Durante un instante pensó en decirle que no importaba, que podía hacerlo, que solo sería un momento, pero Laenor permanecía a su lado sosteniéndola por la cintura y el simple hecho de mantenerse de pie comenzaba a costarle demasiado.

—Ella solo quiere conocer a Joffrey cuanto antes —murmuró finalmente.

La mandíbula de Viserys se tensó. Rhaenyra sintió cómo cambiaba su aroma, más fuerte, agrio por la preocupación y el enojo, y el efecto fue inmediato. Una arcada le subió por la garganta y tuvo que bajar la cabeza. Laenor se acercó todavía más, sosteniéndola con firmeza mientras ella respiraba despacio. Las dos sirvientas parecieron encogerse bajo la presencia del rey.
—Vuelve a la cama.

—Padre, puedo…
—Rhaenyra, vuelve a la cama.

No había gritado, pero la autoridad en su voz fue suficiente. Rhaenyra soltó el aire con cansancio y dejó que Gerardys y Laenor la ayudaran a acostarse de nuevo. Apenas sintió el colchón bajo la espalda, su cuerpo se relajó un poco y un gruñido de alivio escapó de sus labios. Le colocaron otra bata limpia y acomodaron las mantas sobre sus piernas mientras ella intentaba recuperar el aliento.

Jacaerys y Lucerys corrieron hacia la cama de inmediato.
—Abuelo —Lucerys se aferró a los pantalones de Viserys y lo miró con los ojos húmedos—. Muña está enferma.

La expresión de su padre se suavizó al instante. Viserys bajó una mano y acarició el cabello del pequeño.
—Lo sé, pequeño. Lo sé.

Después levantó la mirada.
—Ser Erryk.
El capa blanca entró de inmediato.

—Majestad.
—Traiga de vuelta a la doncella de la reina.

Rhaenyra levantó la cabeza mientras Laenor le limpiaba el sudor de la frente y Gerardys le acercaba una infusión.
—Padre…

Viserys levantó una mano, indicándole que no discutiera, y terminó de acomodar una sábana limpia sobre sus piernas.
Viserys volvió la mirada hacia ella. Su voz fue baja, pero no había vacilación en ella.

—Casi mueres esta mañana. Mi nieto acaba de nacer y tus hijos están llorando porque creen que su madre va a hacerse daño caminando por el castillo. Si la reina quiere conocer a Joffrey, vendrá aquí. Ahora mismo.

Rhaenyra lo observó en silencio.
Su padre se acercó a la cama y le acomodó con cuidado uno de los mechones húmedos que se le habían pegado a la frente.
—Ser Erryk, haga lo que le ordené.

—Sí, majestad.
El capa blanca hizo una reverencia y salió de la habitación.
Viserys permaneció unos segundos junto a ella antes de volver hacia la mesa donde había dejado aquello que traía consigo. Solo entonces Rhaenyra reparó en lo que era.
Una manta.

Viserys la tomó con ambas manos y regresó hasta la cama. Era gruesa, confeccionada para resistir el viento, con el emblema de la Casa Targaryen bordado en dorado sobre la tela.

—Mandé hacer esto para Baelon hace años —explicó con una media sonrisa—. Pensé que Joffrey podría tenerla ahora. Es para cuando llegue el momento de volar.

Rhaenyra la tomó con cuidado. Pasó los dedos sobre el bordado y no pudo evitar sonreír.

—Me encanta. —Miró hacia Laenor. —Aunque tendremos que bordarle también el emblema Velaryon.
Laenor sonrió de inmediato.

—Eso se puede arreglar.
—Entonces ambos —decidió Viserys, y aquella simple respuesta hizo que Rhaenyra sonriera un poco más.

Jacaerys y Lucerys habían vuelto a apoyarse junto a la cama, con las caritas todavía preocupadas.
—Muña, ¿te duele? —preguntó Jacaerys, mirándola con los ojos enrojecidos.

Rhaenyra estiró una mano y acarició su mejilla.
—Solo un poco. Tu madre es fuerte.
—¡Muña!

Lucerys intentó trepar otra vez a la cama, pero esta vez fue Viserys quien lo levantó y lo acomodó con mucho cuidado junto a ella. Jacaerys subió después por su cuenta y se abrazó a su costado, procurando no tocarla donde pudiera dolerle.

—No te vayas —murmuró Luke contra su brazo.
Rhaenyra sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.
Rodeó a ambos con cuidado, inclinando la cabeza hasta besar primero el cabello de Lucerys y después el de Jacaerys.
—No lo haré, pequeño. Jamás.

Rhaenyra observó a su padre desde la cama. Viserys permanecía de pie con las manos enlazadas a la espalda, demasiado quieto para estar realmente tranquilo. Tenía la mandíbula apretada y la expresión endurecida por una rabia que ella pocas veces le había visto, como si estuviera esperando algo y se obligara a permanecer allí hasta tenerlo delante.

La puerta se abrió. Ser Erryk entró primero y, detrás de él, apareció la doncella de la reina. Rhaenyra reconoció enseguida la seguridad con la que la muchacha había abandonado la habitación minutos atrás; entró con aquella misma expresión satisfecha, pero esta desapareció apenas reparó en el rey de pie junto a la cama de su hija.

Bajó la mirada y se apresuró a hacer una reverencia. Jacaerys se pegó un poco más al costado de Rhaenyra y Lucerys hizo lo mismo, abrazándose a ella, mientras Laenor sostenía a Joffrey contra su pecho como si no tuviera intención de permitir que nadie se acercara demasiado al recién nacido. Rhaenyra dejó escapar un poco de su aroma para tranquilizar a sus hijos, pero ambos permanecieron pegados a ella.

—Majestad —saludó la doncella.

Viserys la observó durante varios segundos. Rhaenyra podía sentir desde donde estaba el cambio en el aroma de su padre, amargo por la furia contenida. Quizás conocía el nombre de la muchacha o la había visto antes acompañando a Alicent, pero en aquel momento parecía importarle muy poco quién era. Rhaenyra sabía qué seguía viendo su padre cuando la miraba: aquella mañana había entrado en esos aposentos embarazada y, horas después, él la había visto cubierta de sangre, rodeada de matronas, llorando y suplicando que no permitieran que muriera. Ella misma apenas recordaba partes de aquello.

El dolor, las manos sobre su cuerpo, las voces mezclándose, el miedo y después largos espacios vacíos que para ella habían parecido minutos, aunque habían sido horas.
—Mírame.

La doncella obedeció de inmediato. Viserys dio un par de pasos hacia ella.

—Quiero hacerte unas preguntas y quiero que me respondas con la verdad. ¿Fue la reina quien te ordenó venir hasta aquí y solicitar que la princesa Rhaenyra se presentara ante ella con el recién nacido?
Rhaenyra vio cómo el color comenzaba a abandonar lentamente el rostro de la joven.

—Su Majestad, yo...
—No te he preguntado por qué —la interrumpió Viserys—. Te he preguntado si recibiste esa orden de la reina.

La doncella bajó la mirada.
—Sí, majestad.
Viserys tomó aire por la nariz y Rhaenyra ladeó ligeramente la cabeza mientras lo observaba.

—¿La reina sabe que la princesa heredera dio a luz hoy?
—Sí, majestad.

—¿Sabe que el parto comenzó esta mañana?
—Sí, majestad.

—¿Y aun sabiendo eso te envió a buscarla?

La muchacha tragó saliva y clavó la vista en el suelo como si de repente hubiera encontrado algo fascinante entre las piedras. A Rhaenyra casi le habría gustado que fuera una de las manchas de sangre que las criadas no habían terminado de limpiar. Quizás así comprendería mejor qué estaba pidiendo Alicent cuando esperaba que una mujer recién parida atravesara el castillo con su hijo en brazos.
—Sí, majestad.

—Padre —intervino Rhaenyra desde la cama.
Viserys levantó una mano sin siquiera mirarla.

—No.
—Solo quiero...
—He dicho que no, Rhaenyra.

La dureza de su voz consiguió que ella guardara silencio. Incluso Jacaerys se encogió un poco contra su costado. Viserys debió notarlo porque se pasó aquella misma mano por el rostro y respiró profundamente antes de girarse hacia la cama.

Seguía molesto, su aroma todavía cargado de aquel amargor que comenzaba a incomodarla, pero cuando sus ojos encontraron los de ella, Rhaenyra no vio enojo dirigido hacia ella. Vio miedo todavía demasiado reciente.

—No vas a mediar en esto —dijo con más calma, aunque sin perder firmeza.

Rhaenyra sostuvo su mirada unos segundos. Parte de ella quería intervenir porque sabía perfectamente hacia dónde se dirigía aquello, pero también sabía que insistir solo conseguiría que su padre se enfureciera más. Soltó el aire y asintió mientras acariciaba el cabello de Lucerys.

—Quizás la reina no sabía cómo fue el parto —intentó Rhaenyra, aunque incluso a sus propios oídos la explicación sonó débil.

—Si tiene doncellas para mandar a buscarte, tiene esas mismas doncellas para averiguar cómo fue el parto y preguntar por tu estado —respondió Viserys.

Rhaenyra guardó silencio cuando su padre volvió la mirada hacia la joven.
—¿La reina preguntó por el estado de la princesa antes de enviarte?

La doncella vaciló. Fue apenas un instante, pero bastó. Rhaenyra vio cómo la expresión de su padre se endurecía todavía más.
—Responde.
—No, majestad.

Viserys apretó las manos. Rhaenyra no conocía por completo los pensamientos de su padre, pero sí lo conocía lo suficiente para saber que probablemente había estado esperando una explicación, cualquier cosa que pudiera convertir aquello en un malentendido desagradable: una orden dada sin suficiente información, una confusión entre criados, palabras mal transmitidas.

Sin embargo, no parecía haber nada que interpretar. Alicent sabía que Rhaenyra había dado a luz y había solicitado que se presentara ante ella con el niño sin siquiera preguntar cómo se encontraba. Aunque Rhaenyra tampoco podía ignorar su propia responsabilidad; había hecho todo lo posible para que la reina supiera lo menos posible sobre su estado hasta que llegara aquella petición que estaba segura de que llegaría. Había querido utilizarla a su favor. Simplemente no había previsto que el parto la dejaría en aquellas condiciones.

Sintió a Lucerys acomodarse mejor contra su costado y bajó la mirada hacia él. Sus ojos comenzaban a cerrarse mientras una pequeña mano continuaba aferrada a su camisón. Habían sido demasiadas emociones para un niño tan pequeño y seguramente se quedaría dormido pronto. Quizás fuera mejor así.

La cama que habían preparado para él y Jacaerys ya estaba lista y podrían llevarlos allí en cuanto se durmieran. Además, Rhaenyra comenzaba a sentir nuevamente la tela húmeda bajo su cuerpo.

Gerardys le dirigió una mirada discreta y supo que él también lo había notado. Podía mencionarlo, añadir todavía más leña al fuego que consumía a su padre, pero decidió no hacerlo. No había necesidad. Viserys ya parecía más molesto de lo que lo había visto en mucho tiempo.

—Padre —lo llamó Rhaenyra con cuidado—. Dale una oportunidad a la doncella. Si regresa con la reina y le explica la situación, quizás...

—Te dije que no —Viserys la miró con seriedad—. No vas a disculparte por no poder caminar cuando casi mueres hoy, Rhaenyra.

Aquello consiguió sorprenderla. Rhaenyra miró un momento a Laenor, que permanecía junto a ella con Joffrey protegido entre sus brazos. Su esposo estaba serio, mientras Jacaerys, apoyado contra ella, parecía tan agotado emocionalmente como su hermano.

—Mi rey, no estaba disculpándome. Solo...
—¿Estabas a punto de hacerlo por ella?

—Solo quiero evitar una discusión —respondió con calma mientras colocaba una mano sobre Jacaerys—. No quiero que esto se convierta en más de lo que ya es, padre.

—No es más ni menos. Es una sola cosa —respondió Viserys, manteniendo los ojos sobre ella—. Estuviste a punto de morir hoy y no voy a dejar que esto pase desapercibido. Si no quieres una discusión, bien. Entonces la discusión será mía. No de Laenor, no de Rhaenyra. Del rey. Y se acabó.

Rhaenyra no respondió. Vio a su padre acercarse a la cama y contemplar un momento a Joffrey, tan pequeño y envuelto entre las mantas que apenas podía distinguirse su rostro. Ella quería protegerlo de todo, del mismo modo que quería proteger a sus otros dos pequeños.

Ellos todavía no entendían de órdenes, reinas, cortes ni rumores; quería conservar esa parte de sus vidas mientras pudiera. Tal vez por eso seguía empeñada en controlar cada pieza, cada conversación y cada movimiento. El dolor de su otra vida todavía vivía allí, alimentando aquella necesidad de mover todos los hilos antes de que alguien pudiera arrebatárselos otra vez. Sin embargo, no podía hacerlo todo. Había cosas que tendría que permitir que sucedieran sin intervenir, aunque cada instinto dentro de ella le exigiera lo contrario.

Lucerys terminó por quedarse dormido contra su costado y Jacaerys no tardó mucho más, vencido también por el cansancio. Quizás fuera lo mejor después de todo lo que habían visto aquel día. Laenor continuaba junto a ella con Joffrey en brazos, tan cerca que Rhaenyra podía sentir el calor de su cuerpo. La gente podía decir cuanto quisiera de su matrimonio, pero aquel hombre era su mejor amigo, su esposo, su compañero y su confidente, y ese día se lo había demostrado una vez más. Cuando Viserys contempló a su hija rodeada por su marido y sus tres hijos, algo pareció aflojarse apenas en su expresión antes de retroceder un paso.

—Quédate aquí y descansa. No das un solo paso fuera de esta cama sin que el maestre Gerardys lo autorice. ¿Entendido, maestre?
—A sus órdenes, majestad.

—Descansarás y te quedarás con tu marido y tus hijos.
—Padre...

—Rhaenyra —la detuvo antes de que pudiera comenzar otra vez—. Yo me encargaré esta vez, ¿de acuerdo?

Rhaenyra lo observó en silencio. Su primer impulso fue negarse, buscar otra manera, intervenir antes de que aquella situación creciera fuera de su control. Sin embargo, Lucerys dormía pegado a ella, Jacaerys apenas mantenía los ojos abiertos y Laenor sostenía a Joffrey con una delicadeza que le calentaba el pecho. Por una vez, quizás podía quedarse allí.

—Está bien —aceptó finalmente, dejándose caer un poco más contra las almohadas.

Viserys asintió. Entonces volvió su atención hacia la doncella, que seguía con la cabeza inclinada. La muchacha tenía motivos para estar asustada. Su padre no era un hombre cruel, Rhaenyra lo sabía mejor que muchos, pero seguía siendo el rey y su palabra era ley. Además, había aprendido hacía mucho que Viserys podía ser severo cuando alguien conseguía empujarlo lo suficiente. Y aquella mañana lo había visto convencido de que su única hija iba a morir.

—Ser Erryk permanecerá resguardando esta puerta hasta que yo regrese. ¿Me entiende?

—A sus órdenes, majestad —respondió el capa blanca.
—Ser Harrold vendrá conmigo. Iremos a ver a la reina.

Viserys se acercó entonces a la doncella. La joven mantuvo la mirada baja hasta que él se detuvo frente a ella.
—Mírame, muchacha.

Ella levantó los ojos con evidente esfuerzo.
—Iremos a donde se encuentre la reina y tú misma confirmarás lo que acabas de decirme. Vas a repetir delante de ella exactamente qué orden recibiste y ruega a tus dioses que no hayas mentido ni inventado un chisme malintencionado. ¿Estamos de acuerdo?
La doncella negó rápidamente con la cabeza.

—No es mentira, mi rey, lo juro. Solo hice lo que la reina me pidió.
—Entonces vamos.

La muchacha se volvió hacia la puerta. Ser Erryk esperaba allí junto a Ser Harrold, quien permanecía serio y preparado para acompañar a su rey. Viserys comenzó a caminar tras ellos, pero Rhaenyra sintió una inquietud inmediata en el estómago que nada tenía que ver con el parto.
—Padre.

Viserys se detuvo y giró apenas la cabeza para verla por encima del hombro, antes de terminar por volverse un poco más hacia ella. Rhaenyra no cambió de posición; apenas podía hacerlo sin que algo le doliera. A un costado, vio cómo Laenor le entregaba a Joffrey a Elinda para poder tomar a Lucerys en brazos y llevarlo hasta la cama que habían preparado para los niños, separada de la suya por un pequeño biombo.

—No seas demasiado duro con ella. Quizás simplemente no lo sabía.

Viserys la contempló durante varios segundos. Su mirada pasó brevemente por Elinda, luego por Laenor, que todavía sostenía a Lucerys dormido contra su pecho, y finalmente por Gerardys. El maestre bajó la cabeza en señal de respeto, al igual que los demás, dejando a Rhaenyra como la única que sostuvo los ojos del rey.

No sabía si su padre había creído aquella defensa, pero esperaba que al menos la escuchara. No necesitaba que Alicent levantara todavía más sus muros; necesitaba que se sintiera lo bastante segura para dejar alguna abertura. Rhaenyra llevaba demasiado tiempo observando cómo la reina trepaba lentamente por las murallas de su padre, buscando un lugar desde donde hacerse fuerte. Ahora que había conseguido una ventaja, debía saber utilizarla sin empujarla demasiado lejos.

—Entonces tendrá la oportunidad de decírmelo ella misma.
Rhaenyra apretó los labios. Todo aquello había sido calculado, sí, pero la reacción de su padre era una variable que no había podido medir. Había esperado molestia, quizás una reprimenda hacia Alicent, pero no aquella furia contenida que todavía podía sentir en su aroma. Tendría que pensar con cuidado qué hacer una vez Viserys volviera a cruzar aquella puerta.

—Ya volveré.

Rhaenyra no añadió nada. Se limitó a asentir mientras el rey salía acompañado por Ser Harrold y la doncella, haciendo que todos inclinaran la cabeza a su paso. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, soltó lentamente el aire que había estado conteniendo y llamó al maestre con un pequeño movimiento de la mano.

—Me gustaría tomar un poco de agua, maestre —pidió mientras acariciaba el cabello de Jacaerys, todavía acurrucado contra ella. Al otro lado de la habitación, Laenor dejaba a Lucerys sobre la cama y comenzaba a desabrocharle el jubón para que pudiera dormir más fresco.

—Sí, princesa.

Gerardys se acercó a la mesa donde habían dejado una jarra y sirvió una copa. Mientras tanto, Laenor regresó por Jacaerys, aunque Rhaenyra ya había comenzado a abrirle las presillas del jubón para que pudiera descansar ligero junto a su hermano hasta la hora de la cena y el baño.

Laenor se detuvo frente a ella con una ceja levantada antes de ocupar su lugar y terminar de ayudarla. Entre ambos consiguieron quitarle el jubón sin despertarlo. Rhaenyra sostuvo a Jacaerys contra su pecho mientras pudo y, antes de entregárselo a su padre, besó la pequeña mano que descansaba sobre ella.

—¿Qué crees que haga el rey? —preguntó Laenor mientras acomodaba mejor a Jacaerys entre sus brazos.

Rhaenyra recibió la copa que Gerardys le ofrecía y bebió un largo trago. El agua fría le alivió la garganta reseca y casi terminó todo el contenido antes de apartarla.

—Sea lo que sea que haga, tendremos que aprovecharlo a nuestro favor.
Laenor la observó mientras llevaba a Jacaerys hacia la otra cama.
—Pensé que no se atrevería a hacerlo.

—Yo sabía que lo haría. Solo que no sabía cuándo.

Elinda, que permanecía cerca con Joffrey dormido entre los brazos, levantó ligeramente la mirada. Rhaenyra no se preocupó por guardar las palabras delante de ella ni de Gerardys; ambos pertenecían al reducido grupo de personas cuya lealtad no cuestionaba. Dio otro sorbo al agua y dejó descansar la copa sobre su vientre antes de mirar a su esposo con una media sonrisa.

—Dicen que los buitres rondan esperando la carroña.
Laenor terminó de cubrir a Jacaerys con una manta y volvió la cabeza hacia ella.

—Qué imagen tan agradable después de un parto.
Rhaenyra soltó una risa cansada que inmediatamente se convirtió en un pequeño gesto de dolor.

—No me hagas reír, id**ta, todavía me duele todo.
—Tú comenzaste hablando de cadáveres.

—No hablaba de cadáveres —replicó, acomodándose con cuidado entre las almohadas. Entonces su sonrisa perdió algo de humor mientras hacía girar lentamente la copa entre los dedos—. Hablaba de quienes llevan demasiado tiempo esperando uno.
Laenor dejó de sonreír.

Rhaenyra bajó los ojos hacia el agua. Durante demasiado tiempo habían esperado que se debilitara, que cometiera un error, que su padre dejara de mirarla como heredera y comenzara a verla como un problema que debía resolver. Cada embarazo, cada rumor sobre sus hijos, cada discusión con Alicent podía convertirse en otro pedazo arrancado de su posición. Había permitido demasiado en su otra vida y sabía exactamente dónde terminaba aquel camino.

Alzó nuevamente la mirada hacia Laenor.
—Pero todavía no se han dado cuenta de algo.
—¿De qué?

Rhaenyra sonrió apenas, cansada y adolorida, pero completamente despierta.

—De que el cuerpo que creían mu**to todavía respira fuego.
Laenor sostuvo su mirada durante unos segundos antes de sonreír y negar con la cabeza.

☀️

*******
con esta parte terminamos el pasado del nacimiento de Joffrey y diran "Pocket, y que paso con la arrastrada de Alicent? Muajajaja ya lo veran pero como estoy contando esto entre el pasado y el futuro, ya veran que mas hay 😘😁


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Bellezas de la creación, hemos actualizado FIREWALL en Wattpad y AO3. 💖Seguimos avanzando poquito a poquito con Daeron y...
08/22/2026

Bellezas de la creación, hemos actualizado FIREWALL en Wattpad y AO3. 💖

Seguimos avanzando poquito a poquito con Daeron y Joffrey, nuestros dos orgullosos profesionales que podrían solucionar muchas cosas hablando, pero aparentemente eso sería demasiado sencillo para ellos. 😂

Así que, si están siguiendo la historia por alguna de estas plataformas, ya tienen nuevo capítulo disponible:

AO3:
https://archiveofourown.org/works/87510666/chapters/242329816

Wattpad:
https://www.wattpad.com/1652521763-firewall-au-hod-capitulo-iv-busqueda

Y recuerden que si la impaciencia los consume, FIREWALL está mucho más adelantada en su álbum de Facebook. 👀

Disfruten mucho el capítulo, déjenme saber qué les pareció y nos vemos pronto, bellezas. 💖

Read CAPITULO IV - Busqueda from the story FIREWALL - AU HOD by Editorialpocket (Editorial Pocket) with 1 reads. mmro...

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