19/08/2026
En 1942, Stefan Zweig y su segunda esposa, Lotte Altmann, se suicidaron en un bungalow de Petrópolis, cerca de Río de Janeiro. Luego de escapar de la guerra en Europa y sus frustrados intentos de reinsertarse en Londres y Nueva York, la pareja llegó a Brasil con la ilusión de comenzar una nueva vida. No tuvieron éxito, y el 22 de febrero de aquel año ambos, abrumados por la desesperanza y el recuerdo del horror, bebieron un vaso de agua con veneno. Esta es una de las supuestas cuatro cartas de despedida que dejó el escritor austriaco:
«Antes de que yo, por libre voluntad y en plena posesión de mis sentidos, abandone la vida, me siento obligado a cumplir un último deber: agradecer desde lo más íntimo a este maravilloso país, Brasil, que nos haya ofrecido a mí y a mi obra un lugar tan magnífico y acogedor. Cada día pasado aquí ha contribuido a querer más este país, en ningún otro lugar hubiera deseado reconstruir mi vida de nuevo, después de que el mundo de mi propio idioma se derrumbó y mi hogar espiritual, Europa, se autodestruyó.
Pero tras cumplir los sesenta años hacen falta muchas fuerzas para comenzar de nuevo. Y mis fuerzan están agotadas luego de tantos años de errar sin patria. Por eso considero mejor cerrar a su debido tiempo y con actitud erguida una vida en la que el trabajo intelectual y la libertad personal me han otorgado las mayores alegrías y me parecen el más alto bien de esta tierra.
¡Saludo a todos mis amigos! ¡Ojalá lleguen a ver la aurora tras esta larga noche! Yo, muy impaciente, me adelanto a todos ellos».