30/03/2025
Enterré a papá en el desierto de Arizona. Habíamos caminado lo que anda un alma en pena sin encontrar consuelo. Comíamos lo que comen las bestias y bebido los líquidos agridulces de nuestros cuerpos. Los ojos verdes de papá se habían ido apagando a cada paso. Sus promesas de llegar a la tierra de tío Abundio se fueron apagando junto a sus energías. En mí sólo crecía la incertidumbre. Tenía 18 años y de continuo pensaba en mamá y su traición a papá. Desolado de ver al amor de su vida yéndose con el tendero a Guadalajara, fue un duro golpe a su amor propio. Entonces mamá nos dejó y papá dijo, Vámonos pal “Otro lao ”. Vendió los caballos, dejó el rancho encargado y despidió a los que le cuidaban el rodeo.
No sé cuánto pagó papá a Julio, un vecino nuestro ahí en Monclova para dejarnos en Ciudad Juárez. El camino hasta allá había sido tan largo que en el trayecto habíamos pasado desde diarreas hasta vómitos.
Hasta aquí los dejo, nos dijo Julio ya en los Estados Unidos. En total éramos como quince, pero ya ahí cada quién agarró su rumbo.
Alcé los ojos arriba y el sol se burlaba de mí, me lengüeteaba el lomo y picoteaba mi cabeza con sus dardos de fuego. Entonces le eché a papá el último montoncito de arena en sus ojos apagados. No lloré. Hacerlo sería tirar líquidos que me hacían falta, pero sí gemí, gemí mordiéndome la manga de mi camisa destrozada. ¿Qué harás mijo? Me decía mientras andábamos ¿algún día me perdonarás por haberte traído acá? Preguntas y preguntas que me había hecho se me acumulaban como comezones en la piel… nada qué perdonar, papá, ya no hables que se te secará hasta la lengua.
Caminé perdido hasta que me llegó otra noche. Entonces no supe más. Me desperté viendo un bonito techo de madera. Un gr**go, enemigo de su propio gobierno me había acogido en su rancho. Estaba en Phoenix y eso lo supe mucho tiempo después.
Mi vida con Mister Kay fue muy buena. Me afané en ser lo más útil que pude. Me encargué de cuidar de sus animales y su casa. Hablaba muy bien el español y lo más curioso, nunca me preguntó de dónde era ni a dónde iba.
A la llegada de la temporada de cosecha me envió a los sembradíos de papa, ajo verde y espárragos. Me entusiasmaba la idea. Ahí reconocí a Humberto Arriaga, de Ciudad Frontera. Era de mí edad y me alegró mucho porque ya no me sentiría tan sólo. Cuando le extendí la mano y una sonrisa, la primera se quedó esperando y la segunda se desvaneció al momento.
Eso les pasó por andar de mu***os de hambre-me dijo cuando le revelé que papá había mu**to en el desierto- y de una vez te digo, Tadeo, aquí no nos gustan los mexicanos que se vienen a hacer weyes. Aquí vienes a chambear o si no, yo me encargo de que la migra te regrese a tu cochino país.
Está bien Betico, le dije. Y frente a todos y sujetándome del cuello, me dijo, Mira piojoso, para ti y para todos aquí soy el Güero boss y ningún otro nombre tengo, ¿entendido?
No sé cuantas humillaciones recibí de manos del Güero boss, pero de continuo me azotaba, me obligaba a cargar los costales de papa largas distancias y sólo me daba una comida al día.
Un día Mr Kay me habló para ponerme al mando de sus caballos. Yo ya le había dicho que era bueno para eso. La suerte me sonrió y comencé a enviarle buen dinerito a tía Gloria a México pa que me los guardara. Al Güero boss no le pareció nada bien y al año me cayó la migra. No volví a saber nada del buen señor Kay.
Cuando todos hablaban de que el gobierno había mandado matar a unos escolares en Tlatelolco, me llegó al rancho que había comprado en Arteaga, el Güero boss. No me reconoció porque yo ya no pesaba 50 kilos, sino 120, estaba barbón y gracias a dios vestía bien.
Soy caporal, he trabajado con grandes patrones y creo que puedo con el puesto, me dijo. No podía creer que siendo tan grande el planeta ese hombre estuviera ahí, renqueando y sin perder su altivez. Veo que estuviste en Estados Unidos, tienes el tono de allá, le dije. Sí, estuve más de 30 años, pero nunca arreglé y me echaron… ahora no tengo nada, ni aquí, pero lo bueno es que estoy en mi bendito México, me dijo. Entonces recordé el modo tan despectivo que tenía antes para expresarse de este país. Lo miré. Estaba acabado, no sólo física, también emocionalmente. Lo de caporal me urge, le dije, pero te pondré a prueba. La paga irá subiendo según lo demuestres, ¿lo tomas? Y lo tomó. Se afanó. Ya lo veía en una cosa y en otra, nunca le escuchaba quejas y nada por el estilo. Nos veíamos poco, pero siempre estaba informado de lo que hacía. A los dos meses lo llamé caporal. A los tres lo pesqué hablándole de muy mal modo a Reynaldo, un anciano que por honorable y sabio, no se le debería ver ni a los ojos.
Al momento lo llamé a los corrales. Me siguió callado. Podía escuchar el leve arrastre de su pie enfermo. Apenas estuvimos solos me quité la camisa frente a él. Lo miré a los ojos y le señalé mi tetilla izquierda. Sin saber bien bien que le quería decir le pedí me observará. Atónito seguía enmudecido. Esta cicatriz me la hiciste en el rancho de Mr Kay hace años, ¿La ves? Acércate, cerciórate.
¿Tadeo? ¿Tadeo Gómez?, preguntó. El mismo, aunque desde que me vine a Arteaga nadie me conoce así. Tu eres Bético, y nunca más el Güero boss, no aquí, aquí no vale eso… aquí se viene a trabajar y el que dice qué manzana sirve y cuál no, soy yo, finalicé. El hombre quedó mirándome como si viera un aparecido. Entonces echo de lado su bastón, se puso de rodillas despaciosamente y comenzó a pedirme mil perdones. Me dediqué a oírlo, a tratar de encontrar qué tan sincero era. Por años me había dedicado a olvidar y a valorar mi patria, a no volver a tierras donde mi misma sangre me humillaba, y es que bien decía papá, no hay peor enemigo en los Estados Unidos que otro mexicano creyéndose príncipe y haciéndote la vida imposible. Entonces le di la mano y lo ayudé a levantarse. Ve con Reynaldo, pídele disculpas y prepárate, te conseguí cita en la clínica de Saltillo para tu prótesis. Verás que estarás mejor.
Betico fue mi caporal por cinco años más. Creo que terminó su vida siendo un buen hombre. Nunca más me volvió a ver a los ojos. La conciencia lo corroía y más cuando le daba beneficios que no creía merecer.
Papá murió en el desierto y nunca supe exactamente dónde. Volver a Estados Unidos, ni de compras. Odiar a alguien, jamás. No profeso religión alguna, pero por naturaleza y enseñanzas de papá, el ser belicoso, humillar a los demás o hacerlos menos, sólo te condena a terminar tu vida solitario y despreciado por todos.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO AREVALO
EL VIAJERO VINTAGE