26/02/2025
A pesar de los numerosos desafíos que se han presentado en el último año y medio de mi vida, es gracias a los dones de Jesucristo que puedo mantenerme agradecido y optimista en cuanto al futuro.
Estoy agradecido por la promesa de disfrutar de la vida eterna con mis seres queridos, lo cual es posible gracias al infinito sacrificio expiatorio de Cristo. Del mismo modo, estoy eternamente agradecido por la súplica de miles de personas que repetidamente buscaron la intervención del cielo a mi favor durante los meses de mi enfermedad y duelo.
Estoy agradecido por las mujeres de la Iglesia que han sido tan firmes como el monte Sinaí y tan compasivas como el monte de las Bienaventuranzas. Estoy agradecido por el ejército de maestros, oficiales, asesores y secretarios de la Iglesia, sin mencionar a quienes constantemente colocan y guardan las sillas.
Con demasiada frecuencia no he expresado agradecimiento por la fe y la bondad de tales personas en mi vida. Gracias a todos ustedes, maravillosos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días —y a las innumerables buenas personas que no son de nuestra fe— por demostrar cada día de su vida que el amor puro de Cristo “nunca deja de ser” (1 Corintios 13:8).
Aunque aún no me siento merecedor, le estoy eternamente agradecido a mi Salvador por todo lo que ha hecho y continúa haciendo por mí. Estoy muy agradecido por la promesa de que todo “el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado” (Doctrina y Convenios 78:19).