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Que opinan de que se termine el ciclo escolar el 5 de Junio?Están de Acuerdo?No están de Acuerdo?Afectará sus planes ?Va...
07/05/2026

Que opinan de que se termine el ciclo escolar el 5 de Junio?
Están de Acuerdo?
No están de Acuerdo?
Afectará sus planes ?
Van a ir a ver los partidos del Mundial ?

05/05/2026

La primera vez que alguien dijo “no entremos”… ya era demasiado tarde.



Eran cinco.

Cinco amigos de preparatoria que llevaban años prometiendo reunirse “como antes”, pero la vida siempre se atravesaba.

Hasta esa noche.

Marcos fue quien insistió.

—Es ahora o nunca —dijo en el chat—. Conseguí un lugar perfecto.

Mandó la ubicación.

Una casona vieja, a las afueras.

Aislada.

Silenciosa.

Perfecta… si ignorabas el hecho de que nadie vivía ahí desde hacía años.



Llegaron al anochecer.

El camino era de tierra.

Sin luces.

Sin señal.

El portón estaba abierto.

Error número uno.



—¿Seguro que nos la prestaron? —preguntó Laura, mirando la fachada descuidada.

—Sí, es de un tío lejano —respondió Marcos, demasiado rápido.

Nadie insistió.

Error número dos.



Entraron.

El aire era pesado.

Polvo acumulado.

Olor a humedad.

Y algo más…

algo que ninguno supo describir, pero todos sintieron.

Como si alguien hubiera estado ahí… no hace mucho.



—Esto está creepy —dijo Sofía, riendo nerviosa.

—Relájate —respondió Diego—. Es una casa vieja, nada más.

Nada más.



Exploraron.

Dos pisos.

Pasillos largos.

Puertas cerradas.

Un sótano… con la puerta entreabierta.



—Ni de broma bajo ahí —dijo Laura.

—Nadie dijo que bajaras —contestó Marcos, sonriendo.

Pero la miró raro.

Muy raro.



La noche avanzó.

Sacaron bebidas.

Música desde un celular.

Risas forzadas que intentaban llenar un silencio que siempre regresaba.



Hasta que pasó.

El primer ruido.

Un golpe seco.

Arriba.



Todos se quedaron quietos.

—¿Escucharon eso? —susurró Sofía.

—Seguramente algo cayó —dijo Diego.

Pero no se levantó.

Nadie se levantó.



Segundo ruido.

Más fuerte.

Como si alguien caminara.

Lento.

Pesado.

Arrastrando los pies.



—Hay alguien arriba —dijo Laura.

Esta vez nadie se rió.



—Voy a ver —dijo Marcos.

—Ni loco —respondió Diego—. Vamos todos o nadie.

Subieron.

Los cinco.

Error número tres.



El pasillo de arriba estaba oscuro.

La luz del celular apenas alcanzaba.

Puertas cerradas.

Excepto una.

Al fondo.

Abierta.



El sonido venía de ahí.



—¿Quién está ahí? —gritó Marcos.

Silencio.



Entraron.

La habitación estaba vacía.

Excepto por un espejo grande… apoyado contra la pared.

Cubierto de polvo.



—No hay nadie —dijo Diego, aliviado.

—Entonces ¿qué fue el ruido? —preguntó Sofía.

Nadie respondió.



Y entonces…

el espejo.



—¿Eso estaba así? —susurró Laura.



El reflejo no coincidía.



Ellos estaban ahí.

Los cinco.

Pero en el espejo…

había seis.



Nadie habló.

Nadie se movió.



El sexto… estaba detrás de ellos.

Pero cuando voltearon…

no había nadie.



El grito de Sofía rompió todo.



Bajaron corriendo.

Tropezando.

Respirando mal.



—Nos vamos —dijo Laura—. Ya.



Pero la puerta…

no abrió.



—¿Qué? —dijo Diego, jalando con fuerza.

—¡No abre!



El portón tampoco.



—Esto no es normal —dijo Sofía, temblando.



Y entonces…

el celular de Marcos vibró.



Un mensaje.



De un número desconocido.



“Ya están adentro.”



—¿Qué carajos? —dijo Diego.



Otro mensaje.



“Ahora no pueden salir.”



El ambiente cambió.

Ya no era solo miedo.

Era certeza.



No estaban solos.



—Esto es una broma —dijo Marcos.

Pero su voz lo traicionó.



—¿Tu tío? —preguntó Laura.



Silencio.



—No tengo ningún tío aquí —respondió finalmente.



Error número cuatro.



El golpe vino desde el sótano.

Fuerte.

Violento.

Como si algo estuviera intentando salir.



—No bajamos —dijo Sofía.



Pero la puerta…

se abrió sola.



Oscuridad absoluta.



Y un sonido.

Respiración.



No humana.



—Ciérrala —susurró Laura.



Demasiado tarde.



Algo subió.



No lo vieron completo.

Solo partes.

Una sombra.

Moviéndose rápido.

Demasiado rápido.



Diego fue el primero.



Un tirón.

Un grito.



Y desapareció.



—¡DIEGO! —gritó Sofía.



No hubo respuesta.



Solo… silencio.



El celular de Marcos vibró otra vez.



“4.”



—Nos está contando —dijo Laura, con la voz rota.



Corrieron.

Sin rumbo.



El pasillo parecía más largo.

Las puertas… diferentes.



—¡Esto no es la misma casa! —gritó Sofía.



Y no lo era.



Una puerta se abrió.



No era una habitación.



Era un departamento.



Moderno.

Iluminado.

Silencioso.



—¿Qué…? —susurró Laura.



Entraron.



La puerta se cerró detrás.



—Esto no tiene sentido —dijo Marcos.



Pero en la mesa…

había fotos.



De ellos.



En la casona.



Tomadas desde ángulos imposibles.



—Nos están viendo —dijo Sofía.



Una televisión se encendió sola.



La pantalla mostró…

la casona.



Y dentro…

ellos.



Pero no los actuales.



Otros.



Asustados.

Corriendo.



—Eso… ya pasó —susurró Laura.



Y entonces lo entendieron.



No estaban escapando.



Estaban repitiendo.



El celular vibró.



“3.”



Un golpe detrás.



Sofía gritó.



La arrastraron.



Desapareció.



—¡NO! —gritó Marcos.



“2.”



Laura lo miró.



—No saldremos —dijo.



—Tiene que haber una forma.



—Ya la hubo.



Silencio.



El reflejo en la televisión cambió.



Mostró a Marcos… solo.



“1.”



Laura dio un paso atrás.



Y sonrió.



—Siempre fuimos cinco —dijo.



—¿Qué?



—Pero nunca preguntaste quién era el sexto.



Sus ojos… no eran los mismos.



Y entonces…

desapareció.



Marcos quedó solo.



El celular vibró.



“0.”



Oscuridad.



Días después…

un anuncio en línea apareció.



“Se renta casa amplia. Ideal para reuniones. Zona tranquila.”



Fotos nuevas.



Bonita.

Vacía.



Y en una de ellas…

si mirabas bien…



había seis siluetas.

05/05/2026

El problema no empezó con una mentira.

Empezó con una mirada.



Valeria tenía 32 años y una vida que, en papel, parecía ordenada.

Trabajo estable.
Un departamento pequeño pero suyo.
Rutina clara.

Y Daniel.

Daniel, 37 años, seguro, inteligente, de esos hombres que no hablan mucho… pero cuando lo hacen, te hacen sentir elegida.

Llevaban diez años juntos.

Diez años de cenas tranquilas.
De besos conocidos.
De caricias que ya no sorprendían… pero calmaban.

Valeria lo quería.

Pero había algo que ya no estaba.

Fuego.



Todo cambió el día que apareció Camila.

26 años.
Nueva en la oficina.
Segura de sí misma de una forma que no pedía permiso.

No era solo bonita.

Era peligrosa.

De esas mujeres que saben exactamente el efecto que causan… y lo usan.

Valeria lo notó desde el primer día.

Y también notó algo peor:

Cómo Daniel la miró cuando la conoció.

Fue un segundo.

Pero suficiente.



—¿Te parece atractiva? —preguntó Valeria esa noche, sin rodeos.

Daniel dudó.

Error.

—Es… llamativa.

Otra palabra.
Pero el mismo golpe.



Desde ese día, algo empezó a tensarse.

Pequeños detalles.

Daniel mencionando a Camila más de lo normal.
Camila riéndose demasiado cerca.
Valeria sintiendo, por primera vez en años, inseguridad.

Y enojo.

Porque no era solo celos.

Era una sensación incómoda…

de estar perdiendo algo que ni siquiera sabía si quería seguir teniendo.



Una noche, todo explotó.

Fiesta de la empresa.

Luces bajas.
Música lenta.
Alcohol suficiente para bajar defensas.

Valeria llegó tarde.

Y los vio.

Daniel y Camila.

No estaban haciendo nada “incorrecto”.

Pero estaban demasiado cerca.

Hablando bajo.
Sonriendo como si compartieran un secreto.

El mundo no se rompió.

Se tensó.



—¿La estás viendo? —dijo Valeria más tarde, ya a solas.

—No.

—No te creo.

Silencio.

—No ha pasado nada.

—Pero quieres que pase.

Daniel la miró.

Y esta vez… no lo negó.



El golpe fue limpio.

Pero no la destruyó.

La despertó.



Esa noche no hubo reconciliación.

Hubo distancia.

Pero también algo más…

una tensión distinta.

Una mezcla de rabia, orgullo… y deseo.

Porque por primera vez en mucho tiempo, Valeria no lo estaba dando por seguro.

Y Daniel lo sintió.



Días después, Valeria tomó una decisión.

No iba a competir con Camila.

No iba a rogar.

Iba a recordarle a Daniel quién era ella.



Esa noche, cuando él llegó, la encontró diferente.

No era ropa provocativa.

Era actitud.

Seguridad.

Silencio.

Valeria no lo confrontó.

No preguntó.

Solo se acercó.

Despacio.

Lo miró como no lo hacía desde hace meses.

Con intención.

Con hambre contenida.

Y cuando lo besó… no fue costumbre.

Fue elección.



Daniel respondió.

No con palabras.

Con urgencia.

Con esa intensidad que aparece cuando algo estuvo a punto de perderse.

Las manos ya no eran automáticas.

Eran conscientes.

Cada roce tenía tensión acumulada.

Cada acercamiento… una especie de desafío.

No era solo deseo.

Era territorio.

Era reconexión.

Era recordar por qué estaban ahí.



Pero la historia no terminaba ahí.

Porque Camila no desapareció.

Al contrario.

Se volvió más directa.



—No estás feliz —le dijo a Daniel un día, sin rodeos.

—No te metas.

—Solo digo… que podrías estarlo.



Y por un momento…

Daniel dudó.



Valeria lo supo antes de que él dijera nada.

No por pruebas.

Por instinto.



Esa noche, no gritó.

No reclamó.

Solo habló claro.

—Si te vas… vete bien.

Pero no te quedes a medias.



Daniel la miró.

Y entendió algo que no había querido ver:

Camila era intensidad.

Pero Valeria… era historia, conexión… y algo más profundo.



Al día siguiente, Daniel tomó distancia.

No fue fácil.

Camila no insistió.

Solo sonrió… como quien sabe que dejó una marca.



Pasaron semanas.

Luego meses.



Valeria y Daniel no volvieron a ser los mismos.

Pero tampoco se rompieron.

Se reconstruyeron.

Con más verdad.
Con más deseo.
Y sin dar nada por hecho.



Una noche, mientras estaban juntos, sin prisa, sin tensión…

Valeria sonrió.

—Al final… casi te pierdo.

Daniel negó, acercándose más.

—No.

Casi me pierdo yo.



Y esta vez…

no hubo dudas.

Solo elección.

La de quedarse.

De verdad.

04/05/2026

El día que la llamaron del banco, ya no le quedaba nada por romper… excepto ella.

—Último aviso —dijo la voz al otro lado del teléfono—. Si no paga hoy, procederemos.

Colgó sin responder.

Claudia, 38 años, bonita de esas que ya no se miran al espejo, con ojeras que no se quitan ni con descanso, se quedó sentada en la orilla de la cama. Las manos le temblaban, no de miedo… de cansancio.

Cansancio de trabajar sin parar.
Cansancio de deberle a todos.
Cansancio de volver a la misma casa donde nadie le preguntaba cómo estaba.

Vivía con sus padres.
La querían, sí.
Pero el amor en esa casa era silencio, platos servidos y puertas cerradas.

—Ya llegué —dijo esa noche, como siempre.

—La comida está en la estufa —respondió su madre, sin mirarla.

Nada nuevo.

Pero ese día… algo se rompió distinto.

No lloró.
No gritó.
Solo abrió una libreta vieja que tenía guardada desde hacía años.

Ahí estaban sus letras.

Historias cortas. Ideas. Sueños que escribió cuando todavía creía que podía hacer algo más que sobrevivir.

Leyó una.
Luego otra.

Y por primera vez en mucho tiempo… sintió algo.

No era felicidad.
Era una chispa.

Esa noche no durmió.
Escribió.

Al día siguiente, llegó tarde al trabajo.
Y por primera vez… no pidió disculpas.

En la comida, en lugar de ver el celular, escribió.
En el camión, escribió.
En la noche… escribió más.

No tenía plan.
No tenía dinero.
Pero tenía algo que había olvidado: ganas.

Subió su primera historia a internet sin decirle a nadie.

Cero expectativas.

Tres días después… un comentario.

“Sentí que escribiste mi vida.”

Luego otro.
Y otro.

Una semana después, cien personas la estaban leyendo.

Un mes después… mil.

No era dinero todavía.
Pero era aire.

Se inscribió a una convocatoria de relatos.
Sin avisar.
Sin esperar.

Perdió.

Pero no dejó de escribir.

Siguió.

Un día, llegó un mensaje.

Una editorial pequeña quería publicar su historia.

Pensó que era broma.

No lo era.

El primer pago no cubría ni la mitad de una deuda…
pero era suyo.

Por algo que amaba.

Esa noche llegó a casa.

—Ya llegué —dijo.

—La comida está en la estufa —respondió su madre.

Claudia sonrió… pero no subió a su cuarto.

Se quedó ahí.

—Voy a publicar un libro —dijo, con voz firme.

Silencio.

Su padre la miró por primera vez en mucho tiempo.

—¿En serio?

Asintió.

Su madre no dijo nada… pero se acercó.

Y le acomodó el cabello detrás de la oreja.

Un gesto pequeño.
Pero nuevo.

Ese fue el inicio.

No se volvió rica de un día para otro.
No desaparecieron las deudas mágicamente.

Pero cambió algo más importante:

Dejó de sentirse atrapada.

Un año después, ya no trabajaba donde odiaba.
Tenía menos deudas… y más vida.

Y una tarde, mientras firmaba su primer libro en una pequeña feria, una mujer se acercó llorando.

—Tu historia me hizo no rendirme.

Claudia sonrió.

Por dentro… ya no estaba cansada.

Estaba viva.

Y por primera vez en años… feliz.

04/05/2026

“Quiero leer más… pero no tengo tiempo y termino viendo el celular.”
Haz esto hoy:
Regla 10–10–10
10 minutos al despertar
10 minutos antes de dormir
10 páginas mínimo al día
Sin negociar.
Deja el libro en tu almohada.
No en la mochila. No en la mesa.
En tu almohada.
Así no hay excusa.
Pon un separador visible en la página donde vas.
Y cuando cierres el libro, escribe una sola idea que te haya servido.
Una.
No más.
En una semana habrás leído 70 páginas
y tendrás 7 ideas claras que sí vas a recordar.
¿Sigues diciendo que no tienes tiempo… o prefieres aceptar que no es prioridad?

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