Fernando Solar, Luthier

Fernando Solar, Luthier Construccion, venta y reparaciones de violines, violas, violonchelos y Arcos.

18/10/2022

La madera de Pernambuco (Paubrasilia Echinata o Caesalpinia Echinata), también conocida como “Pau-brasil”, es la única madera utilizada desde finales del s XVIII para la construcción de los arcos de alta gama usados por músicos de cuerda de todo el mundo. Se trata de una especie endémica de...

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02/10/2020

Seguimos con los artículos de lutheria...

6.3 CONSTRUCCIÓN AL ESTILO CREMONENSE TRADICIONAL DE 1700

TERCERA PARTE

Hemos descrito en los capítulos precedentes las laboriosas operaciones que nos permiten aspirar a construir un instrumento semejante a los que hicieron los grandes maestros italianos de Cremona del siglo XVIII. Sobre todo en lo que se refiere a su resultado sonoro y su tipo de timbre, tan apreciado. Ahora tenemos que protegerlo para evitar que su uso y el paso del tiempo deterioren con rapidez la madera desnuda, muy sensible a cualquier agente externo, y para ello existen infinidad de recursos según los fines y destinos que vaya a tener cada uno de ellos. En nuestro caso, empleamos barniz.
Nosotros diseñaremos un tipo muy específico de barniz, puesto que no sólo va a cumplir una función de protección, sino que, además, va a participar en un sistema muy complejo de unas delgadas maderas en vibración.
Como es fácil de comprender, llegado este punto no nos podemos permitir el hecho que un barniz inadecuado altere o arruine las excelentes cualidades sonoras que tanto trabajo nos ha costado conseguir con esas operaciones tan minuciosas y tan precisas que nos ha exigido construir la caja armónica. Intentaremos conseguir aplicar un barniz que proteja, embellezca y cumpla con esa indispensable condición. Nuevamente tenemos que volver la vista hacia lo que hicieron los clásicos italianos hace siglos. Las condiciones que le vamos a exigir a ese barniz serán que sea transparente, ligeramente coloreado, delgado, ligero, elástico y bello. No es tarea fácil.
En materia de barnices hay infinidad de enciclopedias escritas. Miles de estudios y de formulaciones químicas. Las fórmulas que se han ido creando cubren con amplitud las necesidades de cualquier elemento de madera para preservarle de su deterioro por el uso y el paso del tiempo. Pero la inmensa mayoría de todos esos barnices son inadecuados para nuestros fines. En la industria actual hay componentes magníficos y modernos que si no fuera porque pueden alterar las cualidades sonoras serían perfectos para proteger nuestros instrumentos. Por encima de la protección en si misma tenemos que pensar en el sonido. Podemos afirmar que admitimos el uso de barnices más delicados, sensibles al desgaste por el uso y de problemático mantenimiento, con tal que sean aptos para el buen funcionamiento vibratorio de las tapas. En líneas generales, las fórmulas de los cásicos vuelven a cobrar protagonismo.

Un barniz, básicamente, se compone de un disolvente, en el que diluimos unas resinas, junto con algunos componentes adicionales, y que serán las que aporten las cualidades de protección y funcionamiento adecuadas. Es simple pero, a la vez, muy complejo. Los que nosotros emplearemos se pueden dividir en tres grupos, en atención al disolvente empelado. Los barnices al alcohol, los barnices grasos, disueltos en esencia de trementina y los barnices al aceite. Y las resinas que nos van a exigir nuestras particulares condiciones serán blandas y ligeras.
Al disolver una resina pierde su estructura molecular. Al ser aplicada en forma de película de barniz se inicia el proceso de “secado”. En realidad se produce en dos fases. El secado, propiamente dicho, que consiste en la evaporación de los componentes volátiles de los disolventes, y una segunda fase, de una duración bastante más larga, en la que las resinas vuelven a enlazarse molecularmente, para recuperar su estructura inicial. Esa fase no es perceptible por nuestros ojos, y puede durar bastantes años, hasta que el barniz vuelve a tener consistencia. Hay tratados, escritos por sesudos historiadores que le conceden varias decenas de años a los barnices que emplearon los clásicos italianos del 1700 hasta completar este proceso. Se habla de 40 ó 50 años, incluso más. Esta puede ser la explicación de la gran pérdida de barniz, por desgaste, en los instrumentos de los grandes maestros, probablemente producida en esos periodos iniciales de uso.
De todas las resinas usadas en la historia de la lutheria, podríamos destacar tres, que han sido y son utilizadas mayoritariamente. Estas son la sandáraca, la almáciga y la goma laca. Es el momento de hacer algo de historia.
Los barnices, tal y como los entendemos, son antiquísimos. Algunas de las resinas mencionadas ya se utilizaban en el antiguo Egipto. Hablamos del año 4.000 A. C. Ejemplo de ello es la sandáraca. Es una resina natural, procedente de árboles como el enebro, que ya fue empleada en sarcófagos y pinturas coloreadas en diferentes utensilios por los egipcios. La almáciga, resina procedente de árboles mediterráneos, como el lentisco, ya tiene referencias en el año 400 A.C. y se utilizaba en cosmética y como limpiador dental. Es una resina muy blanda y sensible al calor y al masticarla, se ablanda y actúa como aromatizante, por lo que se le reconoce con el sobrenombre de “mastic”. La goma laca, procedente de la India, tiene referencias en el 3.000 A.C., y procede del exudado de ciertos gusanos de selvas tropicales. Las cualidades de cada una de ellas son muy diferentes y sus disolventes, también. La almáciga es soluble en esencia de trementina, sustancia procedente de la destilación de la resina de los pinos, y la sandáraca y la goma laca son solubles en alcohol. Hay tratados de formulación química de barnices desde el siglo IX, en los que se mencionan estas resinas en infinidad de combinaciones. Pero no todavía con gran profusión en instrumentos musicales, que hasta el siglo XIV no cobran especial protagonismo. Tengamos en cuenta que la introducción del arco en Europa se produjo en el siglo X, procedente del lejano Oriente. Pero, con el nacimiento del violín, en el siglo XVI, y su gran aceptación en los ambientes musicales de la clase social alta para sus veladas palaciegas, se produce un gran protagonismo de los barnices, tanto por su indudable belleza como por sus especiales cualidades en materia de sonoridad. Y de ello enseguida se dan cuenta los grandes maestros luthiers, principalmente los de la familia Amati, que ya le dedican una especial atención. Hay referencias anteriores, como por ejemplo la goma laca, que aparece con fuerza en Venecia, hacia el siglo XIII, para extenderse rápidamente por toda Italia. Interesante es un tratado escrito por Cennino Cennini, en el año 1390, en el que propone una fórmula para barnizar laudes. Le puso por título El Libro del Arte, y en uno de sus capítulos se hace referencia a una preparación que le llama Barnices para Luthiers. Desde los primitivos Amati hasta los maravillosos cremonenses del siglo XVIII se han utilizado barnices de parecidas composiciones. Ello era debido, según los historiadores y estudiosos de la materia, que los luthiers no eran químicos. No fabricaban los barnices que aplicaban. Eran comprados a los drogueros y alquimistas de la época. Por lo menos en lo que se refiere al barniz base. Luego, es posible que cada uno lo modificara con algún compuesto de su elección para obtener algún color en particular o alguna cualidad adicional. Cuando se ha hablado tantas veces que “el secreto” de los violines de Antonio Stradivarius residía en la especial fórmula de su barniz no es más que una leyenda sin gran fundamento, ya que se supone que él compraba también el barniz a los drogueros y luego lo modificaba a su gusto. En la actualidad sigue habiendo muchas propuestas para enunciar la composición del barniz del gran maestro. Muchos estudios. Muchos análisis. Con poderosos medios analíticos. Pero realmente esos análisis solo nos pueden aportar la composición molecular de un barniz que tiene tres siglos. Nuestra experiencia, basada en la construcción de muchos instrumentos, y de la comprobación del resultado estético y sonoro que resulta, hace que nos decantemos por emplear una fórmula que según un químico francés del siglo XIX, llamado Mailand, fue el que usaron en Cremona los grandes maestros. Se trata de un barniz graso, que emplea la almáciga como resina principal, a la que se añade una proporción de otra resina blanda, el Dammar, que tiene una propiedad muy apreciada, como es su transparencia, con un índice de refracción muy parecido al vidrio. Disueltas en esencia de trementina y con la incorporación de algo de aceite de lino para proporcionarle una dureza que esas resinas no tienen. Luego, como siempre, coloreado al gusto con pigmentos o con alguna otra resina natural y otros productos que le ayuden a su duración o belleza y transparencia. Es muy sencillo, pero complejo en su elaboración. En nuestro caso, que nos inclinamos por emplear este barniz base, consideramos que la sandáraca tiene unas propiedades que conviene aprovechar y la incluimos en nuestra formulación. El inconveniente es que la almáciga se disuelve en esencia de trementina y la sandáraca en alcohol. Teóricamente son incompatibles. Para resolver este inconveniente se utiliza un proceso, muy conocido en los ensayos químicos, que es emulsionar dos soluciones, una de almáciga y dammar en esencia junto con otra de sandáraca disuelta en alcohol, con incorporación de la cantidad de aceite (normalmente de lino) necesaria para completar su composición. Esta mezcla se realiza en caliente y el disolvente más volátil, el alcohol, se evapora rápidamente, quedando una emulsión con la almáciga disuelta en esencia, junto con el aceite, y la sandáraca incorporada a la mezcla. Un enfriamiento rápido evita que se disocie la mezcla preparada. Emplearemos pigmentos o resinas de coloreadas para aportar el color que deseamos y algunas sustancias adicionales, como la resina Dammar, que añaden transparencia, elasticidad, y, sobre todo dureza, porque este barniz, de excelente comportamiento para no enturbiar las necesidades vibratorias de las tapas de los instrumentos es blando. Bueno, pero blando. El aceite le confiere dureza pero a costa de presentar un inconveniente: es secado se produce muy lentamente. Ya era un problema que padecían los antiguos luthiers cremonenses. Se sabe que era frecuente exponer a los rayos del sol a los instrumentos recién barnizados para acelerar su secado inicial. En la actualidad disponemos de excelentes productos, que se pueden incorporar sin temor a modificar las cualidades de nuestro buen barniz y que propician un secado más rápido. En cualquier caso, y para mantener unas proporciones razonables de secante debemos aceptar la idea de que empleando este tipo de barnices tendremos que esperar un periodo de secado de cierta longitud. Incluso se están empleando cámaras de secado a base de iluminación con lámparas especiales para lograr este efecto. El peligro de este sistema es que algunas resinas naturales reaccionan ante determinados rayos de luz, incluyendo los procedentes del sol, y degradan sus colores. Nosotros pensamos que el tiempo es nuestro mejor aliado, y la paciencia nuestra mejor virtud. Así, en nuestro caso, y dependiendo siempre del ambiente, emplearemos entre 10 ó 12 meses para completar este proceso.
Somos conscientes de las dificultades que nos presenta la utilización de un barniz que consideramos que es el mejor para obtener el sonido pretendido. Es complejo en su preparación. Es rebelde en su aplicación por lo que requiere mucha destreza para distribuirlo de manera uniforme, ya que no admite repasos y debe quedar bien a la primera. Y emplearemos tres o cuatro capas finas que iremos distribuyendo de manera que consigamos los efectos estéticos deseados.
Y otra de sus dificultades aparece cuando damos por terminado el proceso de secado y montamos el instrumento para comenzar a ser usado. Aunque parece seco, el barniz todavía permanece bastante blando. Sabemos que durante unos meses se deben extremar las precauciones en su uso para evitar un desgaste prematuro. Este inconveniente lo asumimos y lo debe asumir también el que lo estrena. Entendemos perfectamente la reticencia que pueden tener los músicos a comprar instrumento nuevo cuando el barniz es de este tipo.
Naturalmente, este inconveniente va cediendo con el paso de los primeros meses y van apareciendo las cualidades que nos han decidido a emplearlos. En poco tiempo, a veces un año o dos, tendremos un instrumento con un aspecto magnifico y de una importante sonoridad. El cliente es el que decide si merece la pena pasar por estos delicados momentos para terminar disfrutando de un magnífico instrumento.
Las alternativas a este tipo de barnizado son empleadas con mucha frecuencia por infinidad de luthiers. Uno de ellos, muy popular, es el que utiliza la goma laca. Su fácil aplicación, su magnífico aspecto cuando está recién aplicado y su rapidez en el secado son muy tentadores para cualquier luthier. Su principal inconveniente surge cuando empieza a envejecer. Su fragilidad y su poca resistencia al uso terminan por arruinar unos principios muy prometedores. Por eso, cada vez menos constructores optan por emplearlo. Por el contrario, es muy útil en las reparaciones ya que admite muy bien la pigmentación y su rapidez en el secado permite avanzar en el proceso sin grandes esperas. Siempre y cuando se emplee en zonas muy pequeñas, especialmente para maquillajes y retoques en reparaciones de poca envergadura. Si caemos en la tentación de reponer las zonas desgastadas de un buen barniz antiguo empleando goma laca, pronto nos arrepentiremos de haberlo hecho.
El barnizado con barnices al aceite, que se emplea como disolvente, tienen bastante aceptación por muchos luthiers. Incluso ciertas teorías modernas apuestan por afirmar que este era el preferido por Stradivarius. Es un barniz que se aplica más fácilmente que el de esencia y alcanza muy buenos acabados, pero, en nuestra opinión, el natural endurecimiento del aceite conduce a una capa excesivamente dura y no tan beneficiosa para el sonido. Junto a estos barnices descritos, que son los más clásicos, conviven muchos otros, de cierta calidad estética y suficiente buen comportamiento en lo que se refiere a la sonoridad, pero, ni en uno ni el otro aspecto, llegan a igualar las cualidades de los barnices tradicionales. Sobre todo los de esencia.
Parece que hemos llegado al final del camino obteniendo un barniz excelente para nuestro instrumento. Sabemos que va a funcionar bien y que lo va a embellecer. Pero también sabemos que si depositamos este barniz sobre la superficie limpia de la madera, que es muy absorbente, es fácil que nos encontremos con la desagradable situación que penetra en exceso en ella, modificando por completo su estructura leñosa, arruinando todo nuestro trabajo anterior. Es imprescindible aislar la superficie con alguna sustancia que lo evite. Vulgarmente se llama tapaporos. Es sobradamente conocida la necesidad de utilizarlo antes de barnizar cualquier objeto. En nuestro caso tenemos que encontrar esa sustancia que apliquemos sobre la virgen superficie de nuestro instrumento y que no penetre alterando sus cualidades. A lo largo de la historia se han empleado los más diversos compuestos que cumplan esta función. Dispares y, a veces, carentes de toda lógica. Incluso con efectos contraproducentes. Por similitud con los lienzos utilizados en pintura se han aplicado muchos de los utilizados en la preparación de las telas. Y no siempre acertados. Muchos luthiers, incluidos algunos de las mejores escuelas italianas antiguas, han pensado que sólo se trata de un mero tinte destinado a darle un aspecto envejecido y poco más. No es lo que se necesita. Porque ha quedado demostrado que los grandes maestros también lo aplicaban en el interior. El objetivo era otro. Posiblemente, en los comienzos de los experimentos realizados por los cremonenses, se buscaba una protección de la madera contra los agentes atmosféricos y la propia agresión de los insectos. Quizá ese fue el inicio. Impermeabilizar y hacer de fungicida. Sin penetración en el seno de la madera. Las ceras naturales de alta densidad parecían aptas para ello. Normalmente disueltas en alcohol. De todas ellas, destaca por su eficacia el propóleo. Se trata de una sustancia elaborada por las abejas que la utilizan como sellador de las celdas de las colmenas, que impermeabiliza y endurece. Además es un producto antiséptico y que pude incluso ser ingerido en proporciones adecuadas para dolencias de tipo infecciosas. Esta sustancia, debidamente preparada en combinación con alguna otra, se emplea para esa función impermeabilizante de las superficies de las tapas. Por dentro y por fuera. Así tenemos una preparación adecuada para recibir al barniz. Nosotros le llamamos imprimación. Los italianos le llamaron bernice bianca.
Con este proceso tan especial del barnizado hemos concluido la construcción de nuestro instrumento. Y, pretendemos haberlo hecho y descrito de modo semejante a como lo hicieron los grandes maestros italianos cremonenses. Nuestra propia experiencia, avalada por más de medio millar de instrumentos construidos, entre los tres luthiers que formamos la saga familiar, nos permite acariciar la idea que hacemos lo correcto. Los buenos resultados que estamos obteniendo en la actualidad corroboran este pensamiento. Y ya son bastantes los músicos profesionales que confían en nosotros y que aceptan tocar en ellos.

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30/09/2020

La firma Fernando Solar atenderá al público exclusivamente con cita previa de lunes a viernes.

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Empezamos la semana publicando la segunda parte del capítulo 6 de los Artículos de Lutheria.6.2 CONSTRUCCIÓN AL  ESTILO ...
01/06/2020

Empezamos la semana publicando la segunda parte del capítulo 6 de los Artículos de Lutheria.

6.2 CONSTRUCCIÓN AL ESTILO CLÁSICO CREMONENSE DE 1700

SEGUNDA PARTE

Los bloques de madera que se van a transformar en la tapa superior y la tapa posterior de nuestro instrumento tienen un grosor considerable. Deben permitirnos dar la forma deseada a las bóvedas de dichas tapas. Normalmente cada una de ellas se hace de dos piezas simétricas. A veces se hace el fondo de una sola pieza, persiguiendo una presunta belleza, pero, técnicamente, es mejor que sean de dos piezas. El bloque inicial se divide por la mitad, en sentido longitudinal, para unir las dos partes por su zona más gruesa, asegurando así que vamos a tener suficiente altura en su parte central, que es donde las bóvedas serán más elevadas. Luego diseñaremos el contorno de sus líneas. En nuestro método, ello queda definido por los aros, o costados, que va a ser el primer trabajo que realizaremos. Su forma, su diseño, perfectamente estudiado en sus proporciones, es un capítulo vital pues nos dará la forma del contorno de las tapas, y por tanto la de sus superficies de vibración. Estas proporciones han sido objeto de bastantes modificaciones a lo largo del tiempo. Los primitivos Amati eran violines muy estilizados, algo estrechos en su parte central. Así eran los modelos en los que fue instruido Antonio Stradivarius, durante su estancia en el taller de Nicolás Amati. En torno a 1700 introdujo nuevas formas, que ya había estado investigando y practicando en la década anterior, dando lugar a modelos más robustos. Más tarde, Guarnerius del Gesu volvió a introducir sus propios cambios hacia un modelo más corto y de formas más redondeadas.
El que nosotros empleamos en la actualidad también es el resultado de nuestra propia evolución. Digamos que tratamos de reunir en un nuevo modelo, de una manera óptima, los dos formatos de los grandes maestros. Después de tener construidos los aros, perfectamente ensamblados y listos para ser encolados a las tapas, su perfil nos marca el de la tapa posterior, que recortaremos de manera muy aproximada. Se inicia, a continuación, un trabajo rudo de tallista, desbastando gran cantidad de madera, tanto de la parte externa como de la interior. El contorno y estructura definitivos vendrán más tarde.
Ya dijimos que la tapa posterior, o fondo, es un elemento de gran importancia. Debe soportar una gran carga procedente de las cuerdas tensadas y debe vibrar fácilmente para acompañar en su vibración a la tapa superior. El magistral diseño de esos instrumentos combina las cualidades particulares de esta tapa, construida con madera de abeto, y la posterior, hecha de arce, para complementarse.
La tapa superior es muy ligera. Le falta masa para crear unas notas graves de suficiente potencia. El fondo viene a solucionar este problema. El arce, madera dura, de una densidad considerable, es especialmente apta para ello. Pero para que cumpla su cometido debemos construirlo de una manera especial. Consiste en dotarle de una zona bastante gruesa en su parte central. Una zona que actúe como maza de inercia. En los violines esta medida oscila entre los 4,5 y 4,8 milímetros. Se distribuye en forma de almendra, con su máximo grueso en el centro, disminuyendo progresivamente su espesor hacia los bordes hasta los 2,5 milímetros, que ya facilitan perfectamente su funcionamiento. Es un trabajo muy delicado y que debe quedar muy equilibrado. No nos olvidemos que la misión que va a cumplir es la de acompañar en su vibración a la tapa superior. En este punto debemos reseñar un aspecto importante. En la construcción de un instrumento debemos pensar siempre de forma armónica. Debemos tener presente que cuando esté terminado deberá funcionar en armonía con el resto de instrumentos que le acompañen. La caja armónica deberá ser ajustada también en armonía, en lo que se refiere a la afinación de sus dos tapas. Y buscaremos también armonía cuando todavía no están encoladas a los aros. Es una secuencia con un final perfectamente determinado que hay que ir desarrollando y controlando durante sus diferentes fases. Esto significa que en la construcción individual de cada tapa ya tenemos que ir midiendo sus tonos fundamentales para dirigirlos hacia una afinación determinada. Nosotros pensamos que aquellos grandes maestros, que no poseían unos métodos de medida tan sofisticados como los que podemos utilizar en la actualidad, sabían perfectamente el objetivo que perseguían cuando trabajaban en los espesores de las tapas. Sus rústicos calibres, de escasísima precisión, no les permitían más que simples medidas de aproximación. El resultado final se hacía de “oído”, templando cada tabla hasta el tono deseado. Esa herramienta, su oído, sí que podemos afirmar que no ha sido mejorada por las técnicas actuales. Por lo tanto, tenemos que ir controlando los gruesos del fondo hasta alcanzar el tono deseado, que será el punto de partida para alcanzar la afinación correcta cuando tengamos el instrumento terminado, único dato de referencia que podemos medir en los antiguos.
Es imprescindible para ello tener un completo cuadro de mediciones de los instrumentos construidos anteriormente para ir ajustando estos parámetros iniciales al resultado final. Tonos y espesores en perfecta armonía. Después de este minucioso trabajo para construir el fondo procederemos al encolado con los aros, quedando ya definitivamente definido el contorno de nuestro violín, O viola o violonchelo.
Ahora construiremos la tapa superior. Es el componente más importante de la caja de resonancia. Es la membrana que vibrará activada por las cuerdas y será responsable de las cualidades del sonido. Trabajaremos en el perfil de su contorno de la misma manera que lo hicimos con el fondo. Como ya lo tenemos encolado a los aros, su diseño ya es el definitivo, por lo que podemos recortar la tapa superior con una aproximación muy precisa.
Igual que decíamos que el fondo tenía una misión de soporte, y que debe tener facilidad para la vibración, la tapa superior actúa de una manera muy diferente. No sólo vibra en su nota fundamental, la más grave, sino que además crea unos módulos de vibración a lo largo y ancho de su superficie para producir una enorme gama de armónicos que enriquecerán el sonido. Pero, en sí misma, tiene poca capacidad de generar frecuencias graves con suficiente potencia, ya que se trata de una delgada y ligera tabla de madera de abeto. Las geniales soluciones que ya propusieron nuestros antepasados consiguen paliar estas carencias.
Es más que evidente que si construimos una membrana de madera de abeto de menos de 3 milímetros de espesor y le aplicamos una fuerza de varias decenas de kilos producida por las cuerdas tensadas, el desastre está garantizado. Esa tapa no aguantará y se hundirá. Hay que dotarle de resistencia sin privarle de la sutil capacidad de vibración que necesita. La solución viene en dos direcciones: la instalación de la barra armónica y el sustento de un puntal apoyado en el fondo. La barra armónica, es una resistente viga de madera de abeto, con un tallado muy específico, que se sitúa en la zona izquierda de la tapa, que llamamos zona de graves, en sentido longitudinal. Con ello reforzamos esta zona y garantizamos su resistencia al mismo tiempo que ayudamos en su vibración a la tapa en su nota fundamental. Por otro lado, y en la zona que llamamos de agudos, se instala ese puntal, situado entre tapa y fondo, que permitirá que esa zona quede reforzada y que ayude en la producción de armónicos agudos, sin olvidarnos que, como está apoyada en el fondo, conseguirá que ambas tapas vibren al unísono en su nota fundamental. A ese puntal le llamamos alma. Y, muy importante, en esa comunicación directa entre tapa y fondo, la masa que requería la tapa superior es aportada por el fondo, con aquella estructura tan especial del engrosamiento en su zona central. Como vemos el sistema es genial y eficaz. Hemos conseguido un binomio tapa-fondo capaz de generar amplia gama de armónicos agudos, importante potencia en sus notas graves, y ponerlas en concordancia a través del alma para que vibren al unísono. Ahora veremos cómo construir esa tapa para que funcione adecuadamente.
Sabemos que la forma del instrumento es alargada. Ya explicamos en su momento que esta forma es motivada por la propia estructura de la fibra de la madera, con sus anillos de crecimiento dispuestos en posición longitudinal. Y las tapas funcionan como auténticas membranas. Si las construimos con tal mentalidad su tendencia será a producir sonidos con predominio de frecuencias graves. Ahora nos faltan agudos. Y eso lo conseguiremos con membranas más pequeñas. Ya lo vieron los grandes maestros italianos. Al fondo, la tapa posterior, no podemos modificarle su estructura. Tiene que ser construido en forma parecida a las bóvedas del techo de las catedrales. Tenemos que otorgarle la máxima resistencia con el menor grosor. Es en la tapa superior donde debemos aplicar el ingenio para conseguir nuestro propósito. Hace varios siglos que aquellos geniales luthiers lo consiguieron. Consiste en crear, dentro de la estructura de la tapa, dos membranas más pequeñas, que sean capaces de generar armónicos agudos, unidas de manera que funcionen como una sola de mayor superficie. Todo ello ayudado por la barra armónica y su unión a través del alma con el fondo, que además le aporta masa. Este es el esquema que perseguimos. ¿Cómo lo logramos? En este momento aparece la forma del 8. Dos membranas lo configuran. Es un sistema complejo y nada fácil de interpretar. Pero aquellos maravillosos instrumentos italianos ya nos mostraron el camino. Básicamente, el diseño es como hemos descrito. Aunque, luego, en su formato definitivo, debemos introducir varias condicionantes. Construiremos la tapa superior como la unión de dos membranas, una más pequeña, que llamamos superior, y otra de mayores dimensiones que llamamos inferior. Unidas tangencialmente. Los centros de cada una de ellas se elevan sobre el plano horizontal, con una zona casi recta en su punto de contacto y que configuran esa línea tan característica que se observa cuando miramos a la tapa lateralmente. Con este ingenioso diseño se logran varios efectos. El primero y fundamental es que se generan armónicos en la zona medio-alta de frecuencia que enriquecen el sonido. El segundo efecto es que le confiere resistencia en contra de la natural tendencia que tiene para combarse por causa de la fuerza de palanca ejercida por la tensión de las cuerdas en el mango, en su punto de anclaje en la parte superior de la caja armónica. Y un tercer efecto, que es meramente geométrico, que es la necesidad de elevar las cuerdas sobre el plano horizontal para permitir ser tocadas por el arco, que necesita espacio para sus evoluciones. Los espesores que se aplican a esta delgada tabla de abeto son prácticamente uniformes y se sitúan por debajo de los 3 milímetros en los violines. Con un peso en torno a los 75 gramos. Todo un prodigio del ingenio. Naturalmente, en su construcción, también tenemos que controlar su ajuste tonal. Antes y después de instalar la barra armónica, para conseguir que su afinación final sea casi igual que la del fondo, cuando esté también terminado. Se requiere una alta precisión en los cálculos para obtener estos resultados con los espesores adecuados.
En la tapa superior, además, vamos a situar unos orificios que van a permitir “respirar” las ondas internas de la caja de resonancia. Le llamamos efes, por su similitud con dicha letra, y son muy reconocibles y características en estos instrumentos. Las ondas internas se acoplarán y suplementarán a las ondas externas, si las dimensiones están bien calculadas. En este punto cobra especial importancia la altura de los aros. Por ello deben tener una estrecha relación con la altura de las bóvedas, y con el carácter del instrumento al que pertenezcan. No se la utiliza misma relación para los violines, violas o violonchelos.
Después de este laborioso proceso hemos culminado la construcción de la caja armónica. Pero no hemos alcanzado todavía su punto final, al que llegaremos después de otra serie de manipulaciones. La primera de ellas es el fileteado. El método clásico cremonense, y que nosotros empleamos, instala el filete en este momento. Explicaremos, más adelante, sus razones. El filete es una fina tira compuesta, normalmente, de tres delgadas chapas de madera, que tienen, entre las tres, un ancho de unos 1,3 milímetros y que se van a insertar en un surco o canal de unos 2,5-3,0 mm. de profundidad que se practica cerca de los bordes de ambas tapas. Esas tres maderas suelen ser oscuras las dos exteriores y más clara la central, y confieren a la estética de estos instrumentos un aspecto muy elegante y muy característico. El filete cumple, aparte de constituir un elemento decorativo, algunas funciones técnicas de gran importancia. La primera de ellas es reforzar el propio borde de las tapas, sobre todo en las zonas superior e inferior, donde la madera esta recortada “a testa”, que la hace ser muy sensible a los cambios de humedad y temperatura, lo que puede producir rajaduras por mermas. La fuerte resistencia del filete en sentido longitudinal, al ser colocado perpendicular a la fibra, le hace cumplir ese cometido. La segunda función, fundamental para el óptimo acabado armónico tonal de la caja armónica, es que ayuda a la vibración de las tapas, que están encoladas a los aros, lo que les provoca cierta rigidez en esa zona. El filete actúa a modo de bisagra, rompiendo parte de esa rigidez, facilitando, por tanto, esa vibración. Por ello es importante la elección de las maderas que utilizaremos para su confección. Normalmente emplearemos maderas duras para las dos tiras exteriores y otra más blanda, más flexible, para la central. Hay mucha variedad en la elección de las diferentes maderas que emplea cada luthier. Incluso hay tendencias generalizadas por escuelas. En nuestro caso pensamos que la fórmula idónea es emplear madera de ébano, de color negro y alta resistencia a la tracción, para las exteriores, y álamo blanco, mucho más flexible, para la central. Y decimos que va a constituir un elemento muy importante en el ajuste tonal final de la caja armónica porque en las operaciones posteriores a su instalación, que describiremos enseguida, podremos hacer una modulación del tono de las tapas, que nos llevará al que consideraremos definitivo y que será el que otorgue las cualidades que pretendemos al sonido de nuestro instrumento. Por ello, la instalación del filete después de cerrar la caja armónica se nos antoja ser proceso fundamental en la secuencia del ajuste armónico tonal, y así lo hicieron los grandes constructores cremonenses del 1700. Incluyendo al propio Antonio Stradivarius. La técnica, muy extendida en la actualidad, de filetear las tapas, dando un acabado definitivo a los espesores antes de encolarlas a los aros, nos priva de esta posibilidad y de conseguir ese riguroso control del tono.
Después de haber instalado el filete tenemos que darle un acabado estético adecuado. Hay que rebajarlo y trabajar ligeramente en su zona de influencia de las propias tapas. Esto va a alterar de una manera sutil sus espesores. Y en esta operación es donde aplicamos toda nuestra atención para modificar los tonos a los valores que deseamos para conseguir la armonía perfecta tonal entre tapa y fondo. Se puede decir que este punto representa el ser o no ser de un maravilloso sonido. Es una operación leve y de alta precisión indispensable para conseguir nuestros objetivos. La relación que establecemos entre los tonos finales de la tapa y el fondo son muy estrictos. En los violines se buscan unos parámetros, en las violas otros y en los violonchelos los suyos. Forma parte del carácter y el timbre de cada uno de ellos. Ahora sólo falta terminar con estilo y pulcritud los bordes, redondeándolos de manera graciosa y depositando en este acabado nuestra más pulcra y perfecta impronta personal.
Hemos concluido las operaciones que han dado como resultado una caja armónica perfecta para la emisión del sonido deseado y con un acabado bello y elegante. Ahora le instalaremos el mango. Elemento que nos hace falta para la sujeción de las cuerdas en la parte opuesta al puente, que situaremos apoyado sobre la tapa superior. Construiremos el mango con madera de arce, buscando una sólida estructura, y le tallaremos una bonita cabeza en su extremo superior. Normalmente, rematada por las clásicas volutas. Es un trabajo artístico, no exento de precisión, pero que al no tener influencia en el sonido nos libera de la extremada exigencia técnica que nos planteaba la construcción de la caja armónica. En este momento nos volvemos escultores. En su diseño y proporciones volvemos a sacar a relucir nuestras capacidades estéticas. Es un trabajo muy personal y muy identificativo de cada luthier. Aunque casi siempre basándonos en los modelos clásicos. Ya hemos dicho que la talla de la cabeza no influye en el sonido. Pero no es totalmente ajeno. El mango debe ser rígido, para no introducir vibraciones extrañas a la caja en su punto de anclaje a la misma, y la cabeza no debe ser pesada para no ser fatigoso el soportar demasiado peso sobre el brazo para quien lo tiene que sostener tocando largos espacios de tiempo. Pero sí es muy importante el ángulo de elevación sobre la tapa superior que le proporcionemos al instalarlo. Por no extendernos demasiado, mencionar que los instrumentos antiguos montaban ángulos de elevación de mayor valor que los actuales. Hay una medida importante a considerar que es el ángulo que forman las cuerdas cuando se apoyan sobre el borde del puente. De ese ángulo va depender la intensidad de la componente vertical de la fuerza ejercida sobre la caja armónica. Y cada estilo de construcción requiere un ángulo determinado. Por generalizar, diremos que estilos que emplean bóvedas más planas requieren ángulos más suaves, menos tensión sobre la tapa, y los modelos al estilo de los italianos clásicos precisan ángulos algo más pronunciados.
Hasta aquí hemos tratado de explicar, básicamente, cuáles fueron los métodos de construcción que supuestamente emplearon los grandes maestros italianos de 1700. Nosotros hemos elegido seguir sus pasos. Sabemos que hay otros métodos, algo más sencillos de interpretar y de construir, que surgieron por evolución de aquellos, y que dan buenos resultados. Pero el timbre tan “italiano” que buscamos, y que poseen los grandes instrumentos, de Stradivarius y Guarnerius, junto que otros que siguieron sus enseñanzas, solo lo podremos obtener si empleamos estos métodos descritos.
En el siguiente capítulo hablaremos del barniz. Es una parte tan importante y tan determinante que merece dedicarle una extensa descripción en exclusiva.

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